Narrada por don Rubén Fernández · Entrevista de marzo de 2026
Esta es una de las historias que don Rubén Fernández cuenta con más disfrute, con esa risa contenida de quien sabe que lo que viene es bueno. El protagonista es el padre Carlos Garavito, párroco de Villapinzón en una época que los mayores recuerdan bien, y su contrincante involuntario fue nada menos que la Cervecería Bavaria.
El problema era sencillo pero fastidioso: el atrio de la iglesia no tenía baldosa. Era tierra pelada. Cada vez que llovía, la gente que entraba a misa llevaba el barro pegado a los zapatos y lo regaba por todo el templo. El padre Garavito quería ponerle piso, pero no tenía con qué.
Entonces tuvo una idea. Viajó a Bogotá, fue directamente a la fábrica de Bavaria y pidió una reunión con los directivos. Allí planteó su solicitud: necesitaba que la cervecería le colaborara con la baldosa para el atrio de la iglesia.
La respuesta fue contundente:
"No, señor cura, qué pena, pero para eso no hay presupuesto. No se puede. Definitivamente no se puede."
— Directivos de Bavaria, según don Rubén Fernández
El padre Garavito se quedó quieto un momento. Dijo: "Listo. Bueno, gracias". Y se vino para Villapinzón.
El siguiente domingo, al terminar la misa, pidió un espacio antes de que la gente se fuera. Y entonces, con toda la calma del mundo, le dijo a su feligresía lo siguiente:
"A partir de ahora, el que tome cerveza marca Bavaria, eso es un pecado."
— Padre Carlos Garavito, según don Rubén Fernández
El efecto fue inmediato y devastador para Bavaria. Don Rubén lo describe así:
"Se acabó la gente de Bavaria aquí en Villapinzón, porque el cura manejaba a todo. Todos tomaban Andina. Todas las ventas de Andina se dispararon."
— Don Rubén Fernández
Las ventas de Bavaria colapsaron en el municipio. La cervecería, que vendía mucho en Villapinzón, lo sintió de inmediato. Tanto, que no tardaron en mandar a un supervisor a hablar con el cura. El hombre llegó al pueblo, buscó al padre Garavito y le dijo que aquello no podía ser, que su producto ya no se vendía, que por favor reconsiderara.
El padre escuchó, asintió, y le respondió:
"Yo les dije a ustedes que no me ayudaron. Pues ahora yo necesito que usted me dé la baldosa para el atrio de la iglesia y otras cosas. Y si no, pues usted dirá."
— Padre Carlos Garavito, según don Rubén Fernández
El supervisor no tuvo más opciones. "Listo, concedido", dijo. Bavaria puso la baldosa, la mano de obra, todo lo que el cura había pedido, más otras cosas que aprovechó de pedir en ese momento. El gasto para la fábrica se incrementó, pero les tocaba.
Una vez que el atrio quedó perfecto, el padre Garavito volvió a subir al púlpito. Con cara de arrepentido, dijo a sus feligreses:
"Qué pena, por un error que yo cometí... Que Dios me perdone. Pero no, ya pueden seguir tomando. No tomen Andina, eso es malo. Tomen cerveza marca Bavaria."
— Padre Carlos Garavito, según don Rubén Fernández
Don Rubén termina la historia con una carcajada y una frase que lo resume todo:
"Ese aplauso se le debe a la cervecería Bavaria. Y al cura que tuvo la genial idea de hacer eso."
— Don Rubén Fernández
Narrada por don Rubén Fernández · Fuente original: Vicente Vega, anciano fallecido a los 95 años
Don Rubén Fernández tiene la historia del reloj anotada en una agenda. Se la contó Vicente Vega, un anciano que murió a los noventa y cinco años y que en 1978 le relataba historias con la precisión de quien las había vivido. "Yo tengo los apuntes", dice don Rubén, y uno le cree.
La historia comienza con un español que pasaba por Villapinzón en su vehículo. No venía a quedarse ni tenía negocios en el pueblo. Pero al ver la iglesia, quedó impresionado. Se detuvo, habló con el cura de ese entonces, y tomó una decisión:
"Aquí le falta un reloj. "Yo lo voy a donar."
— El español, según don Rubén Fernández
Y donó el reloj. No cualquier reloj: era un reloj de importación francesa, traído desde París, de muy buena factura. Fue instalado en la torre de la iglesia y allí estuvo durante muchos años, marcando las horas del pueblo, siendo parte del paisaje de Villapinzón.
Hasta que llegó al cargo de cura párroco el padre Jaime Salgado. Y entonces ocurrió lo que don Rubén narra con una mezcla de indignación y resignación:
"Bajaron ese reloj, lo vendieron y colocaron uno plástico. Es una tontería hacer eso. Eso es una reliquia histórica, ese reloj. Y no, lo bajaron y colocaron uno plástico."
— Don Rubén Fernández
Cuando el entrevistador le pregunta si no habrá algún registro fotográfico del reloj original, alguna foto antigua donde aparezca, don Rubén responde con una sola frase:
"No, porque ya se lo llevaron."
— Don Rubén Fernández
El reloj de París desapareció de Villapinzón sin dejar rastro documentado. Hoy, en su lugar, hay un reloj de plástico La historia solo sobrevive en los apuntes de don Rubén, copiados de la memoria de Vicente Vega hace más de cuarenta años.
Narrada por don Rubén Fernández · Entrevista de marzo de 2026
Hay una obra de estilo grecorromano, con columnas de piedra tallada en Barichara, escondida en la vereda de Guanguita. Poca gente la conoce. Pero don Rubén Fernández sabe exactamente cómo llegó allá, y por qué no está en el corazón de Villapinzón, donde debería estar.
La idea era del doctor Fabio Sánchez Barrero, una de las figuras más visionarias que ha dado el municipio. Fabio había estado de cónsul en Francia, había andado por todo el mundo, y quería dejarle algo verdaderamente hermoso a su pueblo. Algo único, algo que marcará a Villapinzón en el mapa cultural de Cundinamarca.
Su proyecto era ambicioso: construir en el centro cívico del pueblo, donde estaba la antigua plazuela, un Partenón de estilo grecorromano. En el centro de todo quedaría la obra; alrededor, un lago; y cruzando el lago, un puente colgante. Un espacio público que habría sido de los más originales del departamento.
Fabio llevó el proyecto al concejo municipal. Y el concejo dijo que no.
"Que no, porque el pueblo se enfriaba, que no sé qué, que no sé cuánto."
— Don Rubén Fernández, reproduciendo los argumentos del concejo
Que el pueblo se enfriaba. Ese fue el argumento. Don Rubén lo cuenta y hace una pausa. Fabio Sánchez se decepcionó profundamente. Pero no tiró el proyecto a la basura: tomó la idea, tomó la plata, y la llevó para Guanguita.
Allá construyó el Partenón. Su sueño era convertirlo en un centro de convenciones para todo Cundinamarca, algo elegante, algo que atrajera visitantes de toda la región. La piedra fue tallada en Barichara. Es una obra única en el departamento.
"Si esa obra la hubieran elaborado aquí donde pensaba Fabio, eso hubiera sido un sitio turístico muy bonito, pero no, no se pudo. La negligencia de los concejales de ese entonces. Es que Fabio tenía un sentido futurista."
— Don Rubén Fernández
El Partenón de Guanguita existe. Está ahí, en piedra, con sus columnas talladas a mano. Pero la mayoría de los villapinzonenses no lo conoce, y los visitantes que llegan al municipio casi nunca se enteran de que existe. Pudo haber sido el corazón del pueblo. Terminó siendo un secreto bien guardado en una vereda.
Narrada por don Rubén Fernández · Entrevista de marzo de 2026
Mucha gente se ha preguntado si en el mausoleo de Villapinzón está de verdad el general Próspero Pinzón. Don Rubén Fernández tiene la respuesta, y de paso tiene la historia completa de cómo llegaron sus restos al municipio. Una historia que él califica, con razón, como "jocosa".
El artífice de todo fue el doctor Fabio Sánchez Barrero. Con motivo del bicentenario de 1976, Fabio se empeñó en traer al pueblo los restos del general que le había dado su nombre. El plan era claro: ir al Cementerio Central de Bogotá, donde estaba sepultado Próspero Pinzón, recuperar sus restos y traerlos a Villapinzón para hacerle un mausoleo digno.
Dicho y hecho. Viajó una comisión a Bogotá: Fabio Sánchez Barrero, Rufino González, y varios más. Llegaron al Cementerio Central en la mañana, dispuestos a cumplir la misión. Y empezó la búsqueda.
Pasaron las diez. Las once. El mediodía. Las dos de la tarde. Las tres. Nada. No encontraban el cadáver del general. El Cementerio Central es grande, los registros de esa época no eran precisos, y la tarea se estaba volviendo desesperante.
Fue entonces cuando Rufino González, ya cansado, ya hartísimo, le mandó razón a Fabio con una propuesta que don Rubén cuenta entre risas:
"Dígale a Fabio: 'Nah, estoy mamado con esta vaina. Me lleva un esqueleto de cualquiera y ya le escribo Próspero Pinzón'. Así quedamos bien."
— Rufino González, según don Rubén Fernández
Fabio reaccionó de inmediato:
"No, ¿cómo se te ocurre, caray? No, no."
— Fabio Sánchez Barrero, según don Rubén Fernández
Y siguieron buscando. Como a las tres y media de la tarde, alguien observó algo en los restos de uno de los cadáveres que habían revisado. Era una chamarra. Una chamarra militar. Y con eso bastó:
"Es militar."
— Miembro de la comisión, según don Rubén Fernández
Verificaron. Era el verdadero cadáver de Próspero Pinzón. Seis horas y media de búsqueda, una propuesta de trampa rechazada con energía, y al final el hallazgo real. Los restos fueron traídos a Villapinzón, y Fabio Sánchez mandó construir el mausoleo que hoy existe.
Don Rubén lo confirma sin dudar cuando le preguntan si de verdad está Próspero Pinzón en ese mausoleo:
"Sí, él es Próspero Pinzón. Confirmadísimo."
— Don Rubén Fernández
Gastronomía tradicional de Villapinzón · Testimonios recopilados en marzo de 2026
Antes de que llegara la papa, antes de los supermercados, antes del domicilio, la gente de Villapinzón comía lo que la tierra daba. Punto. Sin importaciones, sin cadenas de frío, sin marca. Lo que había era lo que se cocinaba, y lo que se cocinaba era, según todos los que lo vivieron, buenísimo. Esto no es nostalgia vacía. Los testimonios que recopilamos en marzo de 2026 con los mayores del municipio son concretos, específicos, llenos de nombres de ingredientes y técnicas que hoy la mayoría de villapinzonenses no reconocería. Eso ya es, de por sí, una pérdida.
Cuando los mayores de Villapinzón hablan de la comida de su infancia, lo primero que nombran no es la papa. Eso sorprende. La papa es hoy tan central en la cocina de la región que parece imposible que haya habido una época sin ella. Pero Ana Gómez, de la vereda Chinquira, lo dice sin rodeos:
"Antes casi dicen que no se veía la papa. Ellos no conocieron la papa. Ellos eran nabos, ibias, rúas. Y la mazamorra..."
— Ana Gómez, vereda Chinquira
Rúas, ibias, cubios, nabos, habas, alverja, maíz, trigo. Esa era la base. Todo venía de la finca, todo se sembraba cerca. La papa llegó después, y las primeras que se conocieron en la zona se llamaban las Londres: papitas rojitas, chatas, sembradas solo con abono de ganado.
Si uno le pregunta a alguien de Villapinzón qué plato representa al municipio, probablemente diga la fritanga. Pero si uno le pregunta a los mayores qué comían de niños, la respuesta casi siempre es cuchuco. No el cuchuco que se vende hoy, sino los de cebada, de maíz, de trigo. Sopas densas, hechas con lo que hubiera.
"Los cuchucos, las alberjas con pata de res, con cabeza de chivo... Mi mamá Marcelina Penagos tenía un restaurante y llegaban todos, los de Suatama, los de abajo, los curtiembres, y venían por su alverja con espinazo."
— Fabiola Cortés, Chivolá
También estaba la harina de siete granos, una mezcla de cereales molidos que se preparaba en colada dulce o como sopa de hueso. Blanca María Arandia Pinzón la recuerda como uno de los mejores alimentos para los niños. Hoy nadie la hace.
El molino local producía dos tipos de harina: una blanca y una más oscura, de segunda molienda. Las amas de casa mezclaban las dos y salían unas arepas más oscuras, más rústicas, que todos recuerdan con afecto. Las arepas negritas o morenitas, les decían. Con queso y mantequilla encima.
"Había una harina que era blanca y otra más oscurita. La de segunda, que ya salía morenita. Esas arepas quedaban... échales harto queso, mantequilla, y eso quedaban deliciosas."
— Amparo Abril
El desayuno de vereda era maíz tostado con guarapo dulce. No guarapo fermentado: guarapo joven, tibio todavía, servido en tutuma junto al maíz recién tostado. Era comida y bebida al mismo tiempo, y quien lo probó dice que era delicioso.
La fritanga de Villapinzón no cayó del cielo. Tiene nombre y apellido: una señora llamada Hermila y un señor de apellido Contreras, que hace décadas empezaron en un toldo en la plaza de mercado. De ahí viene todo.
Florinda Fernández de Vicencio lleva 45 años vendiendo fritanga. Aprendió desde los ocho años, ayudando a hacer la rellena y la longaniza en un arco de alambre. El menú clásico que ella y Purificación Pinzón de Peña describen no ha cambiado mucho: papa, rellena, longaniza, costilla o hueso, pezuña o queso de cabeza, chicharrón.
"Lo que más piden: la papa, la rellena, la longaniza, la costilla o el hueso, la pezuña o el queso de cabeza y el chicharrón. Eso que no falte."
— Purificación Pinzón de Peña
La changua con huevo y papas fritas picadas, chiquito. Los envueltos de maíz pelado con chicharrón. Las truchas y las mirlas que los niños cazaban en el río y preparaban en casa rebozadas en huevo batido. La alverja seca gruesa, que era la reina del mercado dominical. La sopa de arroz con menudo. Fabiola Cortés lo dice sin vuelta: la changua de antes ya no existe, ya se perdió. Algunos platos siguen, pero transformados. Los envueltos se hacen con areparina en lugar del maíz pelado a mano. La tradición sobrevive, pero no es exactamente lo mismo.
"La changua que hacían con huevo, y hacían friticas y le picaban chiquito. Eso era una delicia para nosotros. Ya eso no existe, ya se perdió."
— Fabiola Cortés, Chivolá
Lo que está en juego no es solo una receta. Es toda una forma de relacionarse con la tierra, con los ingredientes, con el tiempo. Una sopa de hueso de siete granos tarda. La arracacha bandera —amarillita, con raíces moradas— hay que saber cultivarla. Las hojas de rabanmá hay que pelarlas con ceniza. Ese conocimiento se muere con las personas que lo saben, y nadie lo está escribiendo. Hasta ahora.
La historia de la industria artesanal del ladrillo · Testimonios de Purificación Pinzón de Peña y Florinda Fernández.
Antes de que las casas de Villapinzón se construyeran con bloques de cemento y varillas de hierro, había quienes sabían hacer el ladrillo desde cero. Con sus manos, con sus pies, con leña y con tiempo. Esas personas trabajaban en los chircales, y sus historias merecen un lugar en la memoria del municipio.
Un chircal era una fábrica artesanal de ladrillo y teja de barro. No tenía maquinaria. Su proceso era completamente manual, dependía del conocimiento técnico de quien lo operaba, de la calidad del barro disponible y de la paciencia para esperar los tiempos del fuego. Doña Purificación Pinzón de Peña y doña Florinda Fernández de Vicencio participaron de niñas en estos trabajos y recuerdan el proceso con una precisión que no deja dudas: lo vivieron en cuerpo propio.
"A mí lo que me quedó es que mi papá trabajó en ese trabajo del chircal, y a nosotros, las dos mayores, nos tocó pisar el barro."
— Florinda Fernández de Vicencio
El proceso comenzaba con la preparación de las pocetas: excavaciones grandes en la tierra donde se depositaba el barro. Una vez allí, había que pisarlo. Literalmente: con los pies descalzos, durante horas, aplastando y mezclando hasta lograr la consistencia adecuada. Era un trabajo físicamente exigente que recaía muchas veces en los niños de las familias. Una vez que el barro estaba listo, se vertía en las gaveras, moldes de madera que definían el tamaño del ladrillo. Los ladrillos crudos se dejaban secar al aire libre y luego se cargaban en el horno, una estructura grande construida para resistir el fuego. Por debajo se le prendía fuego con leña y el proceso duraba veinte días continuos. Después había que esperar a que se enfriara antes de poder sacar el material.
Además del ladrillo, los chircales producían teja de barro para los techos. El proceso era idéntico en su esencia, pero con gavetas de diferente forma. El resultado era esa teja curva característica de las construcciones antiguas del altiplano cundinamarqués. También existía el adobe, técnicamente diferente: se hacía con barro mezclado con paja y se secaba al sol, sin pasar por el horno. Era más frágil pero igualmente efectivo para la construcción.
Según los testimonios recopilados, Villapinzón tuvo al menos cuatro chircales en distintas épocas y ubicaciones: uno en Chigualá, sobre el camino hacia Reatoba; otro en Casablanca; un tercero en la carretera hacia Turmequé, en el predio de los Orjuela; y el cuarto, quizás el más recordado, donde hoy está la gruta de la Virgen del Carmen en el barrio 20 de Julio, en el predio del finado Pedro Sánchez. El nombre El Chircal que algunos sectores de Villapinzón aún conservan en la memoria popular, tiene, pues, una historia concreta. No es un nombre arbitrario: es la huella de una industria artesanal que dio empleo a familias enteras y que construyó, literalmente, una parte de este municipio.
Los chircales de barro desaparecieron con la llegada de los materiales industriales y las vías de acceso que permitieron traer cemento y bloque desde otros municipios. Hoy apenas quedan rastros físicos, y la memoria de quienes los vivieron es el único registro que queda de cómo se hacía un ladrillo en Villapinzón.
Recopiladas de: Nelsa Aurora Duarte, Fabiola Cortés y Graciela Mondragón · Marzo de 2026
En Villapinzón, la fe siempre fue también literatura oral. Las oraciones que se rezaban antes de dormir, al despertar, en Semana Santa o frente a la muerte eran largas, elaboradas, poéticas. Textos completos, transmitidos de madres a hijos durante generaciones, que hoy solo sobreviven en la memoria de los mayores.
Las versiones de las oraciones que los mayores de Villapinzón aprendieron en su infancia son considerablemente más extensas que las que se enseñan hoy. Doña Nelsa Aurora Duarte, una de las principales voces recopiladas, señala con pesar que las versiones actuales le parecen cortísimas comparadas con las que ella aprendió de su mamá. Lo mismo ocurre con doña Fabiola Cortés, quien aprendió buena parte de su repertorio de su padre, Pacífico Cortés.
Una de las oraciones más completas y hermosas recopiladas es la oración de la noche que Fabiola Cortés recitó de memoria, aprendida de su padre. Abarca a la familia, a los enemigos y a los necesitados, y cierra con una reflexión sobre la muerte como un despertar en Dios:
"Dame, oh Dios, tu bendición antes de entregarme al sueño, y a todos los que yo amo. Cuida tú mientras yo duermo. Por mi madre, por mi padre, por mis hermanos, amigos y enemigos, te ruego que los guardes largos años en salud, fuerza y contento."
— Fabiola Cortés, aprendida de su padre Pacífico Cortés
Con el ritmo y la musicalidad de un poema tradicional, doña Fabiola recita esta oración especialmente en Semana Santa. Es una invitación al pecador a acercarse a Cristo crucificado, y su métrica sugiere que en algún momento fue cantada más que rezada.
"En aquel peñón dorado está Cristo crucificado, coronado está de espinas y una llaga en su costado. La sangre que derramó cayó en un cáliz sagrado. Venid, pecador, venid, que estaréis muerto y cansado."
— Fabiola Cortés
Esta oración matutina aparece en dos entrevistas distintas, lo que indica que fue de uso extendido en el municipio. Graciela Mondragón la conoce parcialmente; Fabiola Cortés la recita completa. Es una acción de gracias al amanecer que abarca a la patria, a la Iglesia y hasta a los enemigos, con una musicalidad que recuerda los himnos religiosos del siglo XIX.
Lo que une a todas estas oraciones es su naturaleza de literatura oral: textos elaborados, con estructura poética, vocabulario formal y una profundidad teológica que hoy sorprende. Fueron compuestas o adoptadas por comunidades campesinas que encontraron en ellas no solo expresión de fe, sino también belleza literaria. Su desaparición no es solo una pérdida religiosa: es también una pérdida cultural y literaria de primer orden.
Versión larga recopilada de doña Nelsa Aurora Duarte, quien la aprendió de su madre y se la enseñó a sus nietos. Es una versión extendida del Credo que incluye reflexiones morales y advertencias que la versión litúrgica actual no contiene.
Recopilada de doña Nelsa Aurora Duarte. Ella misma señala que las versiones actuales le parecen «muy cortiriticas» en comparación con la que aprendió de su madre. Esta versión larga incluye una acción de gracias por el día vivido y una petición para la noche.
Creo en Dios y en Dios espero, amo a Dios mi Redentor.
Amo a la Iglesia de Cristo, sin la cual no hay salvación.
Son verdades reveladas: que existe un Dios Creador,
que a los buenos dará el cielo y el infierno al pecador.
Es un Dios en tres personas iguales en perfección:
Padre, Hijo y Espíritu Santo, sin dejar el ser de Dios.
Y nació de madre virgen para nuestra redención,
predicó el Santo Evangelio y clavado en Cruz, murió para salvarnos a todos.
La Santa Iglesia fundó, la Iglesia esposa de Cristo,
es la fiel congregación de todo el pueblo cristiano con el Papa en santa unión.
El Pontífice de Roma, de San Pedro sucesor,
infalible en las verdades de su santa religión.
Por esta fe sacrosanta acogéis por buen favor,
derramar toda mi sangre y así dar gloria a mi Dios.
No te acuestes nunca en pecado, no sea que despiertes y seas condenado;
el demonio en la oreja te está diciendo:
«Deja misa y Rosario y sigue durmiendo».
Trabajar en las fiestas y no oír misa
es marchar al infierno más que de aprisa.
Si al cielo quieres ir, no dañes ni aborrezcas,
ni mal ejemplo des, ni debes maldecir.
Si al cielo quieres ir, detesta la impureza
del vicio con protesta; procura siempre huir.
Si al cielo quieres ir, a recibir la palma:
adiós, en cuerpo y alma, has de llamar y servir.
— Nelsa Aurora Duarte · aprendida de su madre
Ángel de Dios, bajo cuya custodia me puso el Señor con bondad infinita:
iluminadme, defendedme, regidme, gobernadme en esta noche.
Alabanzas y gracias damos al Santísimo
que nos han prestado la vida para amanecer
y que nos la vuelven a prestar para anochecer,
si nos conviniere para acabar y morir
en vuestro amor y Santo servicio hasta el fin de mi vida.
Amén.
— Nelsa Aurora Duarte · aprendida de su madre
Doña Fabiola Cortés recita esta oración especialmente durante la Semana Santa, tal como la aprendió de su padre. Tiene el ritmo y la musicalidad de un poema tradicional. Es una invitación al pecador a acercarse a Cristo crucificado.
En aquel peñón dorado
está Cristo crucificado,
coronado está de espinas
y una llaga en su costado.
La sangre que derramó
cayó en un cáliz sagrado.
Venid, pecador, venid,
que estaréis muerto y cansado.
Quien bebiera esta sangre
será justo y perdonado,
en esta vida dichoso
y en la otra bienaventurado.
— Fabiola Cortés · aprendida de su padre Pacífico Cortés
Recitada completa por doña Fabiola Cortés, quien la aprendió de su padre Pacífico Cortés. Es una oración vespertina que abarca a la familia, a los enemigos y a los necesitados, con un cierre que habla del «sueño último» —la muerte— como un despertar en Dios
Esta oración aparece en dos entrevistas distintas: Graciela Mondragón la conoce parcialmente y Fabiola Cortés la recita completa, lo que indica que fue de uso extendido en el municipio. Es una acción de gracias al amanecer que abarca a la patria, a la Iglesia, a los amigos y hasta a los enemigos.
Doña Fabiola Cortés recita esta oración especialmente durante la Semana Santa, tal como la aprendió de su padre. Tiene el ritmo y la musicalidad de un poema tradicional. Es una invitación al pecador a acercarse a Cristo crucificado.
Dame, oh Dios, tu bendición
antes de entregarme al sueño,
y a todos los que yo amo.
Cuida tú mientras yo duermo.
Por mi madre, por mi padre,
por mis hermanos, amigos y enemigos,
te ruego que los guardes
largos años en salud, fuerza y contento.
Dales consuelo a los tristes,
y remedio a los enfermos,
y pan al menesteroso,
y al huérfano: amparo y techo.
Que te bendigamos todos por tanto que te debemos,
y al dormir el sueño último
despertemos en tu seno.
Amén.
— Fabiola Cortés · aprendida de su padre Pacífico Cortés
Esclarece la aurora el bello cielo.
Otro día de vida, oh Dios, nos dais.
Gracias a ti, Creador del universo,
oh Padre nuestro, que en el cielo estáis.
Nuestras voces unimos al concierto
que el universo eleva en vuestro honor.
De la tierra, del cielo, el mar profundo,
oh tierno Padre, magnífico Hacedor.
Conservad vuestras almas sin pecado,
a vuestro cuerpo dad fuerza y salud,
a vuestra mente iluminad piadoso
con un rayo benéfico de luz.
Por nuestra amada patria os suplicamos,
por la Iglesia elevamos oración,
por nuestros padres, amigos y enemigos,
para que dichosos los hagáis, Señor.
En vuestro santo nombre comenzamos
este día de vida que nos dais.
Haced que lo acabemos santamente,
oh Padre nuestro, que en el cielo estáis.
— Fabiola Cortés · Aprendida de su padre · También conocida por Graciela Mondragón
Oh dulcísima y misericordiosísima Virgen de la Salud,
confiado en los méritos de tu Divino Hijo
y en tu maternal mediación
y en tu inmenso amor hacia nosotros, tus hijos pecadores,
te pedimos nos alcances de Dios
una fe robusta y una valiente caridad
para vencer las tentaciones,
para convencer con la fuerza de nuestro amor
a nuestros enemigos, malos vecinos, murmuradores y calumniadores,
devolviéndoles con bien el mal que nos quieren hacer.
Nos encomendamos a tu solicitud maternal
en los peligros de los viajes,
en los sufrimientos, en las enfermedades,
en la soledad, en las incomprensiones y en los apuros.
Que no nos falte, Madre,
el pan espiritual y corporal
y la alegría profunda de vivir
cumpliendo la misión que Dios nos encomendó.
Que nos sintamos Iglesia responsable
de la redención de todos los hombres,
y por los dolores que experimentaste
al recibir en tus brazos a tu Hijo exánime,
consíguenos que nuestra muerte sea la resurrección a la vida
que tú, Madre, ya posees por toda la eternidad.
Amén.
— Fabiola Cortés
Antes de la economía moderna, antes del dinero como lenguaje universal, Villapinzón funcionaba con otros códigos: la solidaridad, el oficio manual, la reciprocidad. Estos son algunos de los sistemas y tradiciones que sostuvieron al municipio durante generaciones.
Antes de las curtiembres, antes de la fritanga como negocio establecido, el oficio que más se repite en las memorias de las mujeres mayores de Villapinzón es el hilado de lana. Casi todas las mujeres entrevistadas lo mencionan como parte esencial de su infancia y su economía familiar. La lana se hilaba, se vendía, se mandaba a los telares para hacer ruanas, y las ruanas también se comercializaban. Era una cadena productiva completa que no requería más infraestructura que un malacate, habilidad manual y tiempo.
"Yo la lana la lavábamos. En ese tiempo se usaban las ruanas, las cobijas, todo era de lana. Para los matrimonios, el regalo que se llevaba era una cobija."
— Griselda Cruz
En las veredas de Villapinzón existía un sistema de trabajo colectivo que no usaba dinero. Lo llamaban de dos maneras: convite o abrazo prestado. La lógica era simple y profundamente comunitaria: si hoy te ayudo con mi trabajo, mañana tú me devuelves ese trabajo cuando lo necesite. Hasta diez personas trabajaban entre ellas sin que se moviera un solo peso. Los convites también se usaban para trabajos de infraestructura: arreglar caminos, construir escuelas, levantar la iglesia.
"No se pagaban jornales, sino el uno le ayudaba al otro y el otro le devolvía los jornales. Era abrazo prestado, que llamaban en ese tiempo."
—Blanca María Arandia Pinzón
Entre los emprendimientos industriales que Villapinzón tuvo en el siglo XX, la fábrica de alpargatas del finado Siervo Contreras ocupa un lugar especial. Estaba ubicada en lo que hoy es la casa de la familia Contreras. Allí se producían los alpargates de suela que calzaban a los villapinzonenses, y se daba trabajo a hombres y mujeres que sabían coser y cortar cuero. La capellada, que era la parte de encima del alpargata, se dibujaba con máquina de coser.
La primera vez que los niños de Villapinzón vieron televisión fue en la tienda de don Ramón Carrillo. Era el único televisor del pueblo, y para poder mirar la novela había que comprar un helado. Don Ramón era también el comerciante más completo del municipio: en su tienda se encontraba de todo, desde una aguja hasta abrigos que él decía haber traído de Europa. Estaba ubicada donde hoy es la casa de la familia Floriberto, en el sector de la antigua estación del tren.
Para las personas de las veredas, el tren no era un medio de transporte romántico: era la única conexión con el resto del mundo. El tiquete costaba diez centavos y había que estar en la estación antes de las nueve de la mañana. La estación fue también escenario de la vida religiosa: los trabajadores ferroviarios eran devotos de la Virgen del Carmen y la llevaban siempre consigo, convirtiendo la celebración de su fiesta en uno de los eventos más importantes del año.
Antes de que existiera el puesto de salud, los nacimientos de Villapinzón pasaban por las manos de las parteras. Doña Dorotea Arévalo, abuela de Fabiola Cortés, fue la partera del sector de Reatoba y La Quincha. Era también yerbatera y curandera, con una mochilita llena de hierbas con la que salvó más de una vida. Sus saberes murieron en gran parte con ella, aunque un pequeño fragmento sobrevive en la práctica de su nieta: el petacól, una hierba que cura heridas al molerla y aplicarla en polvo.
Narrado por don Rubén Fernández, historiador oral de Villapinzón
La iglesia parroquial de Villapinzón no es solo un templo religioso: es un monumento construido por la propia comunidad, testigo de siglos de historia, escándalos, milagros y pérdidas irreparables. Don Rubén Fernández, quien lleva décadas recopilando la historia del municipio, narra sus misterios.
La primera capilla de Villapinzón estuvo donde hoy está la estación de servicio Texaco, sobre la quebrada. Allí celebró la primera misa el padre Carrillo. La iglesia actual, de estilo barroco, fue dirigida por un ingeniero extranjero y es considerada una de las más hermosas del departamento. Su construcción fue un trabajo colectivo: los campesinos recibían una piedra con unas medidas específicas y, a punta de cincel y maceta, la pulían hasta conseguir las dimensiones que exigía el plano.
"A cada quien le daban una piedra con unas medidas y ellos a punta de cincel y maceta la pulían hasta conseguir las medidas adecuadas para el ingeniero."
— Don Rubén Fernández
Entre los misterios que rodean a la iglesia, uno de los más impresionantes es el de la torre izquierda. Un domingo a las doce del día, cuenta la tradición transmitida por el padre de don Rubén, ocurrió un temblor. La torre se movió, dio casi media vuelta y quedó en su sitio sin caerse. Como evidencia de ese momento, se le colocaron unos zunchos de acero muy gruesos en la parte superior para sostenerla. Esos zunchos siguen allí.
Durante años, la iglesia tuvo un reloj de importación francesa, donado por un español que quedó impresionado con el templo al pasar por el municipio. Estando de párroco el padre Jaime Salgado, el reloj fue bajado y vendido, y se reemplazó por uno plástico. Para don Rubén, fue una pérdida irreparable: se trataba de una reliquia histórica.
Más grave aún fue lo que ocurrió con la custodia original, una pieza de oro sólido con diamantes y esmeraldas. Alguien fabricó una réplica y la cambió. La sustitución fue descubierta por Enrique Rey durante una celebración religiosa. El escándalo fue mayúsculo, pero los responsables nunca fueron identificados.
El general Román Segura donó los santos tallados en madera que adornan el templo, pidiéndolos directamente desde España. Son piezas únicas. Don Rubén también recuerda haber conocido cuadros originales de Arcís Ceballos y de Bartolomé Esteban Murillo que adornaban la iglesia. Esos cuadros desaparecieron. Nadie sabe quién los cogió.
Una de las historias más celebradas de la historia involucra al padre Carlos Garavito y la cervecería Bavaria. El atrio de la iglesia no tenía baldosa y se llenaba de barro cada vez que llovía. El padre fue hasta Bogotá a pedir colaboración a Bavaria para ponerle piso, y le dijeron que no. De regreso, en la misa del domingo, declaró que tomar cerveza Bavaria era un pecado. Las ventas de Bavaria se desplomaron en Villapinzón. Bavaria mandó un supervisor. El cura negoció: baldosa, mano de obra y otras mejoras a cambio de retirar la prohibición. La empresa cedió. El atrio quedó perfecto.
Narrado por don Rubén Fernández · Datos de Vicente Vega, recopilados hace cuarenta y cinco años
Antes de que la cerveza llegara a los municipios del altiplano cundinamarqués, el guarapo era el alma de la vida social de Villapinzón. En torno a las guaraperías giraban los negocios, los amores, los compadrazgos y hasta las transacciones de tierra.
Una guarapería era mucho más que un establecimiento donde se vendía guarapo. Era el centro de la vida social de la vereda o del barrio. En las tardes, allí se reunían los conjuntos de música de cuerda a animar las tomatas. Allí nacían negocios, se hacían compadrazgos, surgían peleas y se cerraban transacciones. Don Rubén Fernández, cuya abuela tuvo una de las más famosas, recuerda que había quienes cambiaban pedazos de tierra por guarapo: alguien pedía fiado, luego más fiado, y cuando la deuda era impagable, el terreno pasaba de manos.
"Surgían peleas, hacían transacciones. Había gente que cambiaba la tierra por tomar guarapo."
— Don Rubén Fernández
Don Rubén conserva en una agenda los nombres de las guaraperías de Villapinzón, datos que le dio hace cuarenta y cinco años el anciano Vicente Vega. Son nombres llenos de carácter: la guarapería Teresa Fernández, conocida como la Ciento Tres, que era la de la abuela de don Rubén. La de Adelaida Lizarazo, llamada Puerto Colombia. La de Santo Río Garzón, El Bogotacito. La de Carmen Sánchez, La Marsellesa. Y la de Obdulia Herrero, El Recuerdo.
La miel para preparar el guarapo llegaba desde Chiquinquirá, transportada por un arriero llamado don Silvestre Casallas con quince mulas cargadas de zurrones. El zurrón era un artefacto de cuero cuadrado con una apertura que se sellaba con un pedazo de caña de azúcar para que no se derramara el líquido durante el viaje. Era un sistema de transporte que funcionó durante décadas.
Con la llegada de las grandes cervezas al mercado nacional, el guarapo se convirtió en competencia. El gobierno sacó una ley que lo prohibía, y apareció en Villapinzón un grupo llamado El Resguardo, que llegaba a las guaraperías y llevaba para la cárcel a quienes vendían o tomaban la bebida. El objetivo era claro: incrementar las ventas de cerveza. Quienes no podían dejar de tomarlo lo vendían en forma clandestina, pero la tradición fue decayendo poco a poco, hasta casi desaparecer.
Narrada por don Rubén Fernández · Entrevista de marzo de 2026
Don Rubén Fernández recuerda el bicentenario de Villapinzón con una precisión que no deja dudas: estaba ahí, lo vivió, y guarda cada detalle en esa memoria que ha sido su mayor archivo.
Era 1976. El alcalde de turno era Raúl Arévalo Fernández. Y el hombre que movió todas las fichas para que aquella celebración fuera histórica fue el doctor Fabio Sánchez Barrero, quien en ese momento ocupaba el cargo de secretario de Gobierno del gobernador de Cundinamarca, Miguel Santamaría Dávila.
Fabio tenía un as bajo la manga: era ahijado del doctor Julio César Turbay Ayala, quien en ese entonces era presidente de la República. Ambos pertenecían al Partido Liberal. Había amistad, había confianza, y Fabio aprovechó todo eso para invitar al presidente a Villapinzón.
Turbay Ayala aceptó. Y el día de la celebración, llegó al pueblo en helicóptero.
"La presencia del doctor Julio César Turbay Ayala trajo gente de todo la región aquí a Villapinzón. Hubo bastante gente."
— Don Rubén Fernández
La celebración fue, según don Rubén, una cosa muy elegante. Estaba la banda marcial de la Normal. Hubo parada militar con muchos soldados. Desfile de colegios. Invitados de todos los municipios vecinos. El parque estaba decorado. Villapinzón entera se lució.
Pero más allá del espectáculo del día, lo que importó fue lo que vino después. La visita presidencial trajo recursos. Con esa plata se construyó la fuente del parque. El pueblo empezó a despegar. El bicentenario no fue solo una fiesta: fue el punto de inflexión que cambió la fisonomía del municipio.
"Él trajo recursos, ya se construyó la fuente, ya el pueblo empezó a despegar. Eso fue un acontecimiento grande."
— Don Rubén Fernández
Vale la pena mencionar un dato adicional que don Rubén aclara en la entrevista: la decisión de descubrir la piedra de la iglesia, quitarle el pañete que la cubría y dejarla al natural, no ocurrió en el bicentenario sino después. Durante años, la iglesia estuvo cubierta por pañete y pintada de colores. Fue en otro momento cuando decidieron mostrar la piedra tal como es, y así ha permanecido hasta hoy.
Testimonios: Adultos mayores del Centro Día Añoranzas (2026).
Investigación Transmedia: Proyecto TecnoCultura Cundinamarquesa.
Bibliografía Complementaria: Garzón, G., Arévalo, S., Barrero, M. (2015). Villapinzón, cuna del río Bogotá. Imprenta Nacional de Colombia. Enlace al recurso CAR.
Notas:Todas estas oraciones fueron recitadas de memoria por sus portadoras durante las entrevistas realizadas entre el 9 y el 11 de marzo de 2026, en el marco del Proyecto Tecnocultura Cundinamarquesa. Las citas son fieles a lo que fue grabado. Los versos han sido separados y organizados visualmente para facilitar su lectura, respetando siempre el texto original. Algunas palabras pueden corresponder a variantes del habla oral regional.
Notas:Todas estas oraciones fueron recitadas de memoria por sus portadoras durante las entrevistas realizadas entre el 9 y el 11 de marzo de 2026, en el marco del Proyecto Tecnocultura Cundinamarquesa. Las citas son fieles a lo que fue grabado. Los versos han sido separados y organizados visualmente para facilitar su lectura, respetando siempre el texto original. Algunas palabras pueden corresponder a variantes del habla oral regional.