Hay temas que en Villapinzón uno no puede sacar a colación sin que la gente se altere. No con rabia exactamente, sino con esa mezcla de indignación y resignación que produce una herida que ya cicatrizó pero que todavía duele si uno la toca. La custodia es uno de esos temas. Y quien escuche la historia entenderá por qué.
Era de oro macizo. Eso no es una exageración ni un adorno del recuerdo: era de oro, literalmente, con esmeraldas engastadas, con rubíes, con piedras preciosas que la hacían brillar de una manera que la gente que la vio no puede describir sin detenerse. 'Era lo, la riqueza de Villapinzón', dijo alguien. Y no lo decía como frase hecha. Lo decía porque era verdad.
Pesaba aproximadamente seis arrobas. Eso son unos setenta y cinco kilos, más o menos. Una pieza de ese tamaño no la mueve cualquiera. De hecho, en el pueblo había un solo hombre que podía moverla con comodidad: Enrique Rey, al que llamaban el calateca. Era un hombre de una fuerza descomunal, y su capacidad de manejar esa custodia era parte de su identidad en el municipio. Cuando se sacaba para la exposición del Santísimo o para el Corpus Christi, Enrique Rey era indispensable. Sin él, la custodia no se movía.
Quien haya visto la que está ahora en la iglesia sabe que la historia tiene algo de verdad incómoda. La actual se dobla. Al hacerle fuerza, se suma. 'Eso es una lata', dice alguien que la ha manipulado muchas veces por ser cercano al servicio del Corpus Christi. El año pasado se torció y tocó pagar para que la enderezaran. La original, la de oro, no se movía ante nada. La diferencia no está solo en el valor material: está en el peso, en la solidez, en lo que uno siente cuando la sostiene.
La historia de cómo la perdimos tiene un protagonista central: el padre Carlos Garavito. Un sacerdote que durante años fue figura dominante en Villapinzón, que construyó el puesto de salud con las limosnas del rosario, que organizó los Rosarios de Aurora. Un hombre de enorme influencia. Y según los testimonios que se han transmitido de generación en generación, también fue cómplice del mayor robo que ha sufrido este municipio.
Llegó un hombre de Estados Unidos. Nadie sabe su nombre con certeza. Llegó como turista, como visitante casual, y se quedó. Durante dos años frecuentó la iglesia, se hizo rezandero, se ganó la confianza del padre Garavito y de la comunidad. Ese tiempo le bastó para entender lo que tenía entre manos: una pieza de valor incalculable, abandonada a su suerte en un pueblo del altiplano colombiano donde nadie tenía los medios para protegerla como merecía.
El pretexto fue simple: la custodia estaba sucia. Tenía polvo acumulado de años, decía el estadounidense. Necesitaba una limpieza profunda que aquí no podían hacerle. Había que llevarla a Estados Unidos, donde tenían los equipos y los especialistas para restaurarla adecuadamente. Y volvería, claro. Reluciente, mejor que nunca.
La llevaron. No volvió. Después de un tiempo llegó algo que tenía exactamente la misma forma, que era idéntica a la original en apariencia. Una réplica perfecta. Pero no era oro: era metal barato. No tenía esmeraldas: tenía imitaciones. Y cualquiera que la hubiera visto antes sabía la diferencia. 'Llegó exacta, exacta', dice alguien. 'Pero yo la he tocado. Eso no pesa nada. Eso es una lata'.
Una profesora de Villapinzón fue a México en algún momento —las fechas no están claras— y la vio. La custodia de Villapinzón, en México. En exhibición o en algún lugar donde las piezas de valor sacadas de sus contextos van a parar. La profesora la reconoció. Lo contó al regreso. Y el rumor —que quizás fue más que rumor— quedó circulando por el pueblo.
El padre Carlos Garavito pagó su parte. Fue enviado a trabajar en una selva, como una especie de condena religiosa. Cortando monte, bajo la supervisión de sus superiores, pagando una penitencia que era castigo sin ser prisión. Así lo decidió la Iglesia: no lo destituyeron del sacerdocio, pero lo alejaron, lo pusieron a trabajar con las manos, lo humillaron sin humillarlo del todo. Después de eso volvió. Fue a Tocancipá. Allí murió.
Lo que quedó es lo que tenemos: una custodia de metal que se tuerce, un hueco en la historia que nadie ha podido llenar, y la certeza —transmitida de padres a hijos a nietos— de que la riqueza más grande que tuvo Villapinzón no está aquí. Está en algún lugar del mundo donde alguien la mira sin saber lo que costó hacerla, sin saber cuántas limosnas de domingo y cuántas gallinas de vereda la construyeron, sin saber que fue el corazón sagrado de un pueblo del altiplano que un día confió en el hombre equivocado.
Artículo sintetizado y basado en relatos de miembros del centro Día Añoranzas 2026.
Nosotros crecimos mirando esas paredes de piedra como si siempre hubieran estado ahí, como si el tiempo no les hubiera pasado. Pero la historia de nuestra iglesia parroquial es más larga, más accidentada y más profundamente nuestra de lo que uno alcanza a imaginar desde el parque. Tiene capas, como tienen capas los años: una encima de la otra, algunas ya olvidadas.
Todo empieza lejos del centro que hoy conocemos. Mucho antes de que existiera este municipio con ese nombre, hubo una primera capilla en Barea Quipá, en lo que hoy llamamos Quincha. Era de adobe y de paja, de esas materias primas que uno encuentra en cualquier finca de la región. No era grande, no era elaborada. Pero en aquella época, que hubiera una parroquia no era un detalle secundario: era la condición misma para que un asentamiento pudiera ser reconocido como pueblo. Sin parroquia, sin nombre. Sin iglesia, sin historia oficial.
El problema era que en Quincha el pueblo no podía crecer. Por un lado estaba la Altamira, esa loma que cierra el horizonte. Por el otro, la quebrada de Quicha, el llamado dragón Botaya y el río Bogotá ponían barreras que no se podían cruzar a voluntad. El territorio era hermoso pero encajonado. Entonces los que dirigían el destino de esta comunidad tomaron una decisión que cambiaría todo: el traslado a La Merced, al sitio donde hoy queda el parque principal. También se había barajado ir para Soatama, dicen los más viejos. Pero algo —o alguien— quiso que nos quedáramos acá.
Con el traslado llegó la necesidad de una iglesia nueva, una que estuviera a la altura de lo que Villapinzón iba siendo. Y eso fue una empresa descomunal para gente que no tenía más herramientas que sus manos, sus yuntas de bueyes y una voluntad que hoy nos cuesta entender desde la comodidad.
Las piedras de esas paredes no cayeron del cielo. Cada una fue buscada en Las Peñitas, vereda Sonsa, allá donde hoy vive la familia cercana a Salatiel. Los abuelos de muchos de los que vivimos acá ayudaron a bajarla en carros de yunta, a veces con cinco yuntas de bueyes jalando un solo carro, porque el peso era brutal y los caminos no eran más que potreros sin desbastar. Tampoco había arquitectos de facultad ni grúas. Había fuerza colectiva, había fe y había un sentido de comunidad que hoy ya casi no existe.
El diseño del templo es obra de un señor de apellido Durán, el mismo que trazó los planos de la famosa Casa de las Maracas, esa casona colonial que fue durante generaciones la única de su tipo en el municipio y que terminó siendo desbaratada, lo cual hasta hoy duele. Dicen que la fachada entera se la llevaron para Villa de Leyva, donde sí hay cultura de conservar esas cosas. Aquí no supimos cuidarla.
Las puertas de la iglesia —esas puertas gruesas, macizas, que uno empuja y siente el tiempo— fueron traídas de Ubaté. No en camión porque camión no había. Las cargaron al hombro, por los potreros, cincuenta hombres que se turnaban el esfuerzo en un viaje que duró lo que tuvo que durar. Cada puerta pesa, dicen, lo que pesan varios hombres juntos. Que las hayan traído así, sin más que músculo y determinación, dice mucho de la gente que fundó esta tierra.
Por años, la iglesia estuvo pañetada y pintada. Tenía ángeles en los muros laterales, tenía dorados, tenía un púlpito de madera labrada y figuras que quienes las vieron las describen con una nostalgia que se les quiebra en la voz. 'Era mejor que ahora', dijo una señora que la conoció así. 'Eso era una hermosura'. No lo decía por decir. Lo decía con la certeza tranquila de alguien que vio algo que ya no existe.
Todo cambió a comienzos de los años setenta. El padre Carlos Salas llegó a la conclusión de que el templo era de piedra por dentro y que estábamos tapando una riqueza con pintura. Habló con el alcalde de entonces y entre los dos tomaron la decisión sin consultar a nadie más. Trajeron un batallón del ejército. Los soldados quitaron el pañete, desmontaron los ángeles, bajaron el púlpito con un cargador y una volqueta. Dejaron las paredes en piedra viva, tal como están hoy.
Hubo quienes se alegraron. Hubo quienes no perdonaron eso nunca. El día que el cargador y la volqueta entraron, cayó un aguacero tan violento que no pudieron salir hasta las seis de la tarde. 'Con la religión no se juega', dijo alguien cuyo padre operaba esa maquinaria. Quizás era solo coincidencia. O quizás era el templo mismo reclamando lo suyo.
Hoy, más de cincuenta años después, la iglesia de piedra es lo que somos. A quienes la recuerdan pintada les duele. A quienes solo la conocieron así, les parece siempre bella. Y los dos tienen razón. Porque lo que importa no es la pintura ni la piedra: es que nosotros, con bueyes y con hombros y con fe, la construimos. Y eso nadie nos lo puede borrar.
Artículo sintetizado y basado en relatos de miembros del centro Día Añoranzas 2026.
Hay cosas que no están escritas en ningún libro de historia pero que nosotros sabemos porque nuestros padres nos las contaron, y sus padres a ellos, y así hacia atrás hasta que la cadena se pierde en el tiempo. La construcción de la iglesia parroquial de Villapinzón es una de esas historias. No hubo crónica oficial. Hubo trabajo, sudor y la memoria de los que participaron.
Lo primero que hay que entender es de dónde salió la piedra. No la trajeron de ningún lado lejano ni la compraron en alguna ferretería. La sacaron de Las Peñitas, en la vereda Sonsa, por el sector donde hoy vive la familia de Salatiel más arriba. Allá, en esas peñas, están todavía las marcas de donde cortaron los bloques. Son cicatrices en la roca que nadie borra, testimonio mudo de lo que costó levantar esas paredes.
Bajar la piedra era una odisea. Los carros de yunta —esas plataformas de madera y fierros que jalaban los bueyes— iban cargados hasta donde la carga lo permitía. A veces les metían cinco yuntas de bueyes a un solo carro, porque el peso era tal que con menos no alcanzaba. Y eso por caminos que no eran caminos: eran potreros, rastrojos, lodazales cuando llovía, polvo cuando no. La comunidad entera participaba. No había forma de hacer eso solos.
Mi papá me contaba que a ellos los citaban por grupos. El padre Baracaldo —uno de los primeros sacerdotes en estar al frente de la obra— organizaba turnos. Llegaba un grupo, hacía su parte, y llegaba el siguiente. No era voluntario en el sentido de que uno pudiera negarse. Era una obligación moral, una deuda que se le debía a Dios y a la comunidad. Y nadie preguntaba cuándo terminaba.
La piedra era laja, un tipo de roca plana que se podía labrar y colocar con cierta precisión. Los campesinos —porque de eso se trataba, de campesinos que aprendieron a labrar piedra sobre la marcha— la rallaban, la ajustaban, la ponían una sobre otra con una paciencia que hoy no tenemos. El resultado lo vemos todavía parados frente a la iglesia: esa mampostería irregular que de lejos parece tosca y de cerca revela un trabajo enorme.
El diseño fue de un señor apellidado Durán, al que algunos describen como italiano o de ascendencia italiana. Era el mismo que diseñó la Casa de las Maracas, esa casona colonial de la que ya casi no queda nada. Que el mismo arquitecto haya hecho las dos cosas no es casualidad: en aquella época los maestros de obra eran pocos y trabajaban mucho.
Las puertas son otro capítulo aparte. En Villapinzón no había carpinterías capaces de fabricar unas puertas de ese tamaño y ese grosor. La única opción era Ubaté, que quedaba a horas de camino. Fueron cincuenta hombres, más o menos, los que fueron a traerlas. Las cargaron al hombro porque no había carretera que aguantara el peso de un carro cargado con eso. Pasaron por potreros, cruzaron cañadas, subieron y bajaron lomas. Cada puerta pesa lo que pesan varios hombres. Hoy, cuando uno las empuja para entrar a misa, probablemente ni piensa en eso.
La plata para la construcción no salió de ningún presupuesto oficial. Se recogía en los Rosarios de Aurora, en las procesiones, en las limosnas del domingo. El padre Carlos Garavito, que durante muchos años fue la figura religiosa más influyente del municipio, iba por todas las veredas recogiendo huevos, gallinas, lo que fuera. Todo se convertía en plata, y la plata en piedra y en cemento. Era una economía de la fe, básicamente.
El techo también es parte de la historia. Por mucho tiempo estuvo hecho de guaura, una madera local resistente pero frágil con el paso del tiempo. Los pedazos se zafaban. No era seguro. Cuando finalmente lo cambiaron, muchos lo celebraron. Ese sí fue un cambio que la gente apoyó sin discusión.
Lo que no tuvo apoyo unánime fue el despañetado de los años setenta. La iglesia pintada, con sus ángeles y sus dorados, era querida profundamente. Quitarla de un día para otro, sin preguntar, fue una herida que algunos llevan todavía. Pero ahí está la piedra, la misma piedra que bajaron nuestros abuelos de Las Peñitas, visible al fin, sin ningún pañete que la tape. Y en eso hay también algo de justicia histórica.
Construir esa iglesia fue la obra colectiva más grande que ha hecho este pueblo. No la hicieron ingenieros ni contratistas. La hicimos nosotros, con lo que teníamos, con lo que éramos. Y por eso, cada vez que uno la mira, no está mirando solo una iglesia. Está mirando el retrato de lo que fue capaz de hacer una comunidad cuando se pone de acuerdo.
Artículo sintetizado y basado en relatos de miembros del centro Día Añoranzas 2026.
Hoy el parque principal de Villapinzón es el centro de todo. Los niños juegan, los viejos se sientan, los vendedores ambulantes rodean la fuente y los domingos hay un movimiento que uno casi puede medir con las manos. Pero si uno le pregunta a quienes lo conocieron de antes, la imagen que describen es tan diferente que cuesta creer que sea el mismo lugar.
Antes de ser parque, era plaza. Plaza de tierra. Sin adoquines, sin bancas, sin jardines. Solo tierra apisonada que, cuando llovía, se convertía en un lodazal impresionante, y cuando hacía sol, levantaba nubes de polvo con el paso de los caballos y los burros. Era fea, dicen. Era un revuelto. Pero era nuestra, y en esa fealdad había una vida que el parque actual, con toda su pulcritud, ya no tiene de la misma manera.
En esa plaza pasaba todo lo que tenía que pasar en un pueblo. Era el mercado, el punto de encuentro, el escenario de las festividades, el lugar donde se hacían los negocios importantes y los chismes menores. Llegaban campesinos de todas las veredas con sus cargas a cuestas, con sus burros y sus caballos cargados de papa, de trigo, de quesos, de ollas de barro. No había sección de artesanías ni feria gastronómica organizada: era un caos con su propio orden secreto.
La alcaldía siempre estuvo en el mismo sitio, dicen los más viejos. Mejorada, reconstruida, pero siempre ahí. Frente a la iglesia, mirándola. Como si el poder civil y el poder espiritual necesitaran verse las caras constantemente.
En el centro de la plaza había, en algún momento, lo que la gente llamaba el panteón: una especie de monumento, una imagen, un punto de referencia que servía incluso como punto de cita. 'Vaya y me espera en el panteón', le decía uno al otro cuando quedaban de verse. No había teléfono. El panteón era la dirección.
También hubo plaza de toros. Frente al parque, en el sector donde hoy queda la fila del acueducto, se levantaban las varas que formaban la barrera. Era madera nomás, nada sofisticado. Una vez un toro se escapó de la barrera y cogió a la gente de la fritanga de frente, volcando todo y atropellando a cuanta persona se le cruzara. La madrina de alguien que todavía vive aquí vendía comida ese día y tuvo que salir corriendo. Doña Irene, le decían.
La transformación vino de la mano del presidente Turbay Ayala. Don Fabio Sánchez Barrero, que era secretario de gobierno, gestionó los recursos nacionales y los trajo para acá. La obra la inició don Raúl Aguerre y el alcalde Raúl Arévalo fue quien le dio el impulso final. El parque se construyó aproximadamente en 1978, y para el bicentenario —en 1976— ya estaba listo para ser inaugurado con la fuente luminosa que ese día estrenaron.
La fuente luminosa fue el gran símbolo de esa inauguración. El presidente vino, dijo su discurso, la gente se agolpó desde Chocontá y desde los corregimientos. Hubo tanta gente que la Defensa Civil tuvo trabajo todo el día atendiendo desmayados. Alguien que estaba en ese cuerpo ese día cuenta que no pudo ver casi nada del evento porque no paró de atender gente. Pero al presidente sí lo saludó.
Las palmeras que rodean el parque también tienen su historia. El jardinero Vidadito fue quien las sembró, según los que lo recuerdan. Chiquitas llegaron, y con los años se fueron alzando hasta ser lo que son hoy, esos puntos de referencia que uno ve desde lejos cuando regresa al pueblo después de un tiempo.
El padre Carlos Lanas, por su parte, trajo mamoncillo y otras frutas tropicales para adornar el parque para el bicentenario. Era una rareza acá, frutas de tierra caliente en este clima. Pero él quería que el parque floreciera de verdad, que tuviera vida más allá de la piedra y el cemento.
El parque de hoy no es el de antes. Es más ordenado, más limpio, más turístico en cierta forma. Pero el de antes tenía una dimensión que el cemento no puede reemplazar: era el lugar donde se reunía toda la vida del municipio, sin filtros, sin diseño, sin pretensiones. Solo gente llegando con lo que tenía para ofrecer o para comprar. Y en esa plaza de barro y de caballos, Villapinzón se hizo a sí mismo.
Artículo sintetizado y basado en relatos de miembros del centro Día Añoranzas 2026.
Había un día a la semana en que Villapinzón se transformaba. El parque principal —que en ese entonces no era parque sino plaza de tierra— dejaba de ser simplemente el espacio frente a la iglesia y se convertía en algo completamente distinto: en el mercado. Y ese mercado era, en serio, el centro del universo para esta región.
No llegaba solamente la gente del municipio. Llegaban campesinos de las veredas más alejadas que se habían levantado antes de las tres de la mañana para llegar a tiempo con su carga. Los burros y los caballos venían cargados de lo que hubiera en la finca: papa, trigo, cebada, quesos, huevos, gallinas, ollas de barro, telas, lo que fuera. No había supermercados ni tiendas de cadena. Todo lo que uno necesitaba para vivir llegaba por esa vía, en ese día, en ese lugar.
Lo curioso —y lo que uno no se imaginaria sin que alguien se lo contara— era que todo tenía su sitio. No era el desorden que parece desde afuera. Era un desorden con lógica propia. Frente a la iglesia vendían el trigo. Frente a donde quedaba la inspección de policía, la papa. En el centro, donde estaba la fuente, las ollas de barro, los chorotes, los platos de tiesto. Para otro lado, las ollas de aluminio que apenas estaban llegando al pueblo. Y en las casetas alrededor: la fritanga, la cerveza, la ropa, la comida caliente.
La losa —o sea, los platos y las vasijas de cerámica— tenía su esquina. La ropa tenía la suya. Los quesos y los huevos llegaban mezclados en los canastos de chusque, esos canastos tejidos que muchos venían de Soatama a vender. 'Se nos destripaban los quesos con esos canastos', recuerda alguien riendo todavía. Y era cierto: el queso fresco más el canasto de viaje más las horas a lomo de burro hacían una combinación impredecible.
Los niños teníamos un papel en todo eso. Mientras los papás se iban a hacer los negocios o a tomar su aguardiente —que también era parte indispensable del mercado—, a nosotros nos dejaban sentados sobre los bultos a cuidar la mercancía. Nos daban una chupeta. Hacía un frío terrible, uno quedaba engarrotado ahí sentado, y la misión era simple: no se mueva, no deje que le roben nada. Era aburrido y era incómodo, pero uno lo hacía porque así era.
Había una señora que vendía fritanga que todos recuerdan, aunque ya pocos se acuerdan de su nombre. La fritanga auténtica, dicen. Del tipo que uno no encuentra hoy en ningún restaurante, por más que digan que es tradicional. Había también vendedoras de comida que hacían sus mesitas de parrilla y ofrecían lo que habían preparado desde la madrugada.
Una anécdota que quedó grabada en la memoria colectiva es la de los dos burros que se les fue la mano con la velocidad. Iban cargados de ollas de tiesto, las típicas ollas de barro cocido que se usaban para cocinar. Se desbocaron y salieron corriendo encima de todos los puestos, rompiendo ollas a diestra y siniestra. El dueño tuvo que pagar todo. 'Y pagué después', decía alguien que lo vivió. 'Dios mío'. El mercado era así: entre la solemnidad de los negocios y el caos que podía desatarse en cualquier momento.
La lana también se vendía ahí. Venían mujeres a comprar lana para hilar, que era una actividad doméstica central en esa época. Cada familia tenía sus ovejas, pero a veces la producción propia no alcanzaba y había que comprar más. La lana, la papa, el trigo, el queso: esa era la economía real del municipio.
Con el tiempo, a medida que el parque fue siendo parque y la plaza fue siendo historia, el mercado se fue desplazando. Primero dejó de estar en el centro, luego se fue organizando en otros espacios, hasta que alrededor del año 2001 se trasladó definitivamente a la nueva plazuela construida para ese fin. Pero los que vivieron el mercado en el parque no lo comparan con nada. Dicen que lo de ahora es más ordenado, sí. Pero que le falta algo. Que le falta el olor, el ruido, el peso de los bultos sobre las piernas, el frío de las tres de la mañana llegando con la carga.
Esa plaza fue la escuela de economía más real que tuvo este pueblo. Ahí se aprendió a negociar, a medir, a valorar lo que costaba producir algo. Y también a convivir: con el vecino que llegaba de la vereda de arriba, con el comerciante que venía de Bogotá a comprar al por mayor, con el niño que cuidaba los bultos mientras los adultos se tomaban el tinto. Todo eso fue el mercado del parque principal. Todo eso somos nosotros.
Hay una frase que se repite cada vez que alguien de cierta edad recuerda el Rosario de Aurora en Villapinzón. No la dicen con orgullo exactamente. La dicen con una mezcla de risa y de cansancio que solo tiene sentido si uno estuvo ahí: 'Lo que sufrimos, Dios mío'. Y tenían razón. La fe de antes no era cómoda. Era física, era exigente, era a veces dolorosa. Y aun así, la gente iba.
El Rosario de Aurora fue durante décadas la práctica religiosa más característica del municipio. Lo impulsó el padre Carlos Garavito, un sacerdote que marcó una época entera. La misa era a las cuatro de la madrugada. Pero antes de la misa había que rezar el rosario por las calles. Y antes de eso, había que llegar. Desde las veredas más lejanas salían grupos a las tres de la mañana, a veces antes. Llegaban rezando, citándose unos a otros en el camino, esperando a los vecinos en los cruces.
Venían descalzos. No era descuido ni pobreza necesariamente: era costumbre, era penitencia, era la forma en que la devoción se hacía concreta en el cuerpo. Se lavaban los pies en el río antes de entrar al pueblo. En la puerta de la iglesia se ponían las alpargatas de fique, que guardaban solo para ese momento sagrado. Al salir, se las quitaban de nuevo y volvían descalzos al camino. Una señora de la vereda Tibita recuerda que llegaba con los dedos sangrando, con ampollas en las plantas, caminando por las piedras en la oscuridad. 'Por eso odio el rosario', dijo, y soltó una carcajada que lo decía todo.
Tres veces por semana era la frecuencia en algunos periodos. No era voluntario: era obligatorio. 'El demonio le dice al oído: no salgas, no vayas a misa y sigue durmiendo', les advertía el padre Garavito. Esa frase la repiten todavía con gracia y con escalofríos mezclados. El miedo al diablo funcionaba mejor que ningún despertador.
Un señor llamado Severo —nombre que parece sacado de una novela— tocaba el tacho desde un altón desde muy temprano, un sonido que se esparcía por el pueblo y las veredas convocando a todos. Y la gente salía de la cama. Los grupos de San Pablo se reunían en el camino rezando los misterios, pasándose el micrófono entre ellos de misterio en misterio, esperando a los que venían detrás.
La Semana Santa era capítulo aparte. Las cruces que se cargaban para el Viernes Santo eran cruces de verdad, no de decoración. Las cortaban el Miércoles Santo, las trozaban para el tamaño del cargador, y al Viernes ya debían estar listas. Algunas pesaban lo que pesan doscientas libras. Moverlas era trabajo de dos o tres personas. Cargarlas sola era casi imposible, y aun así había gente que lo hacía.
El destino era el Altamira. Esa loma que se ve desde el pueblo, que cierra el horizonte hacia el norte. Hasta allá subían en procesión, cada quien con su cruz, con una corona de rosas que les dejaba surcos de sangre en la frente. En el camino los demás les daban fuetazos, porque la penitencia no era solo de quien cargaba: era compartida. El padre Canuto —uno de los sacerdotes de esa época— llegaba al Altamira, se arrodillaba y se daba golpes con el cordón de su vestidura. A él también le tocaba.
Hubo un accidente que nadie olvida. Una noche de Rosario de Aurora, un camión no respetó la procesión. Atropelló a la gente. Hubo muertos, heridos, personas que cayeron al río. La comunidad quedó sacudida. Fue más o menos en los años cincuenta, cuando el pueblo comenzaba a adaptarse a un nuevo tipo de tráfico que todavía no entendía bien cómo coexistir con las tradiciones de a pie.
El Corpus Christi también era un evento mayor. Se levantaban arcos de frailejón y laurel alrededor del parque. En cada esquina había una ermita decorada con flores y hierbas del campo. La procesión recorría el parque completo con el santísimo bajo palio. El laurel que quedaba bendecido era arrancado por todos para llevarlo a casa: guardado bajo el empaje del techo, lo usaban para quemar poquito cuando venía una borrasca o una tormenta. El fuego del laurel bendecido alejaba el mal tiempo. Así creíamos.
Hoy esas prácticas han cambiado mucho. El Rosario de Aurora ya no convoca a nadie antes del amanecer. La Semana Santa se vive de otra manera, más tranquila, más individual. Los que la vivieron de antes no hacen juicio: solo describen. 'Era linda la vida de antes', dijo alguien. Y después se quedó callada un momento, mirando el vacío, como tratando de encontrar en el aire algo que ya no está.
Desde el pueblo, si uno levanta la vista hacia el norte, ahí está. La loma de la Altamira, con su cima que en los días claros se recorta limpia contra el cielo. No es la montaña más alta de la región ni la más majestuosa. Pero para los villapinzoneros de cierta generación, esa loma tiene una dimensión que ninguna foto puede capturar. Tiene una dimensión espiritual, física y dolorosa a la vez.
La Altamira fue durante generaciones el destino obligado del Viernes Santo. No obligado como una sugerencia: obligado como una penitencia real, con cruces al hombro, con coronas de espinas en la frente y con el cuerpo en deuda con Dios. Los que participaban lo hacían desde las veredas más lejanas. Se levantaban antes de que amaneciera, cortaban sus palos el Miércoles Santo, armaban las cruces, y para el viernes ya estaban listos.
Las cruces que se cargaban no eran de mentira. Eran de madera gruesa, del monte, cortadas a medida del cargador pero con el peso que tiene la madera real. Algunas llegaban a pesar lo que pesan doscientas libras. Había personas que no las podían ni mover entre dos. Y aun así, esas mismas personas las cargaban solas loma arriba, porque la penitencia no tenía sentido si no costaba.
En el camino hacia la cima, la práctica era darse fuetazos mutuamente. Los que acompañaban la procesión le daban al que cargaba, y este lo aceptaba como parte de lo que debía hacer ese día. No era crueldad. Era liturgia corporal, una forma de hacer visible el dolor que en el relato de la Pasión permanece invisible para quien solo lo oye. Un señor que fue de niño recuerda que tenía como cinco años y llevaba su cruz pequeña, agachadito, cuando el hombre que iba delante de él se irguió de repente y la cruz le pegó en la cara. 'Si me quito un ojo poqui', dice todavía riéndose, aunque en ese momento debe haberle dolido muchísimo.
El padre Canuto era uno de los sacerdotes que lideraba esa jornada. Llegaba al Altamira, se arrodillaba en el potrero que hay arriba y se daba golpes con el cordón de su vestidura. El padre también hacía penitencia. Eso a la gente le importaba: que el sacerdote no pedía lo que él mismo no estaba dispuesto a hacer.
Don Quiterio Cortés, uno de los personajes que los más viejos recuerdan con afecto y con risa, era famoso por llegar al Altamira y darle juete al curita. No metafóricamente: literalmente le daba con el cinturón. Y el padre se dejaba, porque ese era el espíritu de ese día. En Viernes Santo, las jerarquías se disolvían un poco. Todos éramos iguales ante el dolor del Calvario.
El general Román Segura es otro nombre que aparece en la memoria del Altamira. Era un hombre del pueblo, de presencia imponente, a quien le gustaba participar en las procesiones y que según dicen tenía una devoción particular por ese lugar. Algunos le atribuyen también una conexión con la imagen de la Virgen que hoy está en la cima.
Esa imagen. La Virgen del Milagro —que algunos llaman Virgen de los Milagros y otros no saben exactamente cuál es— llegó al Altamira en algún momento que ya nadie ubica con precisión. Nadie recuerda exactamente en qué año fue. 'Siempre la villa cruz era pa'llá y en esa época no había imagen', dice alguien. Antes había solo la cruz, el cielo y el frío. La virgen llegó después, pesada, traída en yunta de bueyes y en una rastra de palos porque a pie era imposible.
Los del Colegio La Normal también subían al Altamira, pero en otro contexto. Caminatas estudiantiles, excursiones que formaban parte del calendario escolar. Para ellos no era necesariamente penitencia: era aventura. Las mismas lomas, los mismos caminos, pero vividos de una manera completamente distinta.
Hoy el Altamira sigue ahí, como siempre. La virgen está en la cima. Los caminos ya no tienen el mismo tráfico de antes. Las procesiones de Semana Santa se hacen de otra forma. Pero quienes subieron esa loma con una cruz al hombro y sangre en la frente no la olvidan. No pueden. El Altamira los formó de una manera que ninguna escuela ni ningún sermón podría haber hecho. Los formó desde el cuerpo, desde el dolor voluntario, desde la convicción de que algo tan difícil de subir tenía que valer algo.
Hubo un tiempo en que el tren era lo más emocionante que pasaba por aquí. Y no es una exageración. Para los niños de varias generaciones, ese sonido del silbato a lo lejos, seguido por la máquina negra y humeante que aparecía doblando desde el lado de Chocontá, era un espectáculo que no tenía competencia. Muchos habrán sido enviados a la escuela esa mañana y muchos habrán terminado en la estación, mirando llegar el tren, con el pretexto del retiro que nunca hicieron.
Villapinzón tuvo dos estaciones. La del centro del pueblo, que era la principal, y la de La Nevera, en el sector de Chinquira. La Nevera tenía nombre de lo que era: un lugar de frío extremo, de esos fríos que meten los huesos y no los sueltan. Ahí paraba el tren también, y el señor Hinau Clemente Arenas tenía su tienda al lado, donde la gente esperaba tomando cerveza o guarapo mientras la máquina cargaba agua o descargaba mercancía.
El horario era religioso. A las diez y media u once de la mañana pasaba por La Nevera. A las ocho de la mañana ya había parado allá según algunos. En la estación central, lo que hoy serían las diez y cuarto más o menos. Marco Páez era el hombre que daba vía a los trenes, el que miraba el reloj y decidía quién podía pasar y en qué orden. Sin él, los trenes se habrían chocado. Con él, todo fluía.
El tren traía de todo. Casca para curtir los cueros, que era una de las industrias más importantes del municipio. Carga para las panaderías, mercancías para los almacenes. Y se llevaba lo que el municipio producía: papa, quesos, huevos, carnes. Era el puente entre Villapinzón y Bogotá, entre la economía campesina del altiplano y los mercados de la capital.
Además del tren de carga estaba el autoferro. Menos conocido, más elegante. Era como un bus de primera clase sobre rieles: más pequeño, más rápido, con asientos cómodos. El que tenía plata viajaba en autoferro. El que no tenía tanta plata viajaba en el tren de carga encima de los bultos, aguantando el bamboleo y el polvo, pero llegando.
Uno podía viajar a Chiquinquirá, a Lenguasaque, o hacia Bogotá pasando por Chocontá, Suesca, Sesquilé, Chansipá, Tocancipá, La Mana, La Caro, San Antonio y Usaquén. Las hijas del ferroviario se aprendieron esas estaciones de memoria, porque su padre trabajaba en el ferrocarril y a veces viajaban con él. Eran como una canción: Villapinzón, Chocontá, Suesca. Dos horas hasta La Caro. Toda una tarde para llegar a Bogotá.
La Jinana Rosa cobraba cinco centavos por amarrar un caballo en el corral que había junto a la estación de La Nevera. Ahí dejaba la gente sus bestias cuando llegaban a despachar mercancía o a esperar el tren. Cinco centavos era una moneda pequeña, pero los centavos se acumulaban. Era la economía informal que rodea a todo transporte en todos los tiempos.
Las mujeres del pueblo aprovechaban la llegada del tren para vender. Salían con bandejas de papa salada, jeta, bofe cocido. Vendían pan en canastos. Era el movimiento del mercado trasladado a la estación: los pasajeros bajaban con hambre o con ganas de llevar algo, y las vendedoras estaban listas. La mamá de una entrevistada fue una de ellas. Su papá era guardacosas del ferrocarril. Era una familia del tren.
Hubo un primer hotel en el pueblo que nació precisamente de ese movimiento de viajeros: el Hotel España, que quedaba donde después estuvieron las 'taracas'. Los campesinos que venían de veredas lejanas y no podían devolverse el mismo día necesitaban dónde dormir. También en el parque, en el edificio donde hoy queda la casa del parque, daban hospedaje. Era la economía del viaje.
El tren desapareció. Las vías fueron levantadas. Quien va hoy por el lado de Lenguazaque no encuentra rastro de carrilera. Solo el recuerdo de los que viajaron, de los que pusieron mechas en la línea para escuchar la explosión cuando pasaba la máquina, de los que casi se voló del vagón por asomarse demasiado. La estación del tren fue la puerta por donde Villapinzón se comunicó con el resto del mundo durante décadas. Cuando esa puerta se cerró, algo se perdió. No todo se puede reemplazar con carretera.
Hay una imagen que no se borra: la de alguien saliendo de Suatama a la una de la mañana, descalzo, con el barro frío entre los dedos de los pies, arreando unas vacas o unas ovejas por los caminos oscuros del altiplano para llegar a las seis de la mañana a la plazuela del ganado de Villapinzón. Si el negocio salía bien, regresaba con plata. Si no salía, regresaba arreando de nuevo el mismo animal que había traído. Y hay que caminar de vuelta también.
La plazuela del ganado quedaba donde hoy está el centro lúdico. Era de tierra —todo era de tierra en esa época— y cuando llovía era un pantano de proporciones impresionantes. La gente se bloqueaba entre el barro, los animales también, y el negocio seguía igual, porque no había alternativa. O llovía o no llovía: el domingo era el domingo y el ganado había que venderlo.
El espacio estaba organizado, a su manera. Había cuadritos diferenciados para cada tipo de animal. Los novillos en un sector, las vacas de leche en otro, el ganado de borro más allá, los terneros en su espacio. Cada comprador y cada vendedor sabía dónde ir según lo que buscaba. No había señales ni carteles. Era conocimiento acumulado de años de ir todos los domingos al mismo sitio.
A las cuatro de la mañana ya había movimiento. Los primeros en llegar eran los que venían de más lejos. A esa hora, cuando el resto del pueblo dormía, ya había tinto caliente, ya había aguardiente, ya había negociaciones en voz baja entre gente que había madrugado para estar ahí. El tinto y el aguardiente no eran accesorios del mercado: eran parte integral. El negocio se cerraba muchas veces con un trago.
Las señoronas del pueblo —así las llamaban— salían temprano a comprar lo que llegaba de las fincas. Huevos, gallinas, animales pequeños. Y miraban a los campesinos que llegaban con los pies empantanados y los llamaban 'patiembarradas', 'patirrajadas'. A espaldas, claro. O a veces no tanto. Pero lo que los campesinos traían, eso sí lo querían. Lo compraban sin dudar.
El terreno de la plazuela era de don Rafael Rubiano. Él era el dueño de todo ese potrero, de lo que hoy es el centro lúdico y de lo que después se volvió espacio de otros proyectos municipales. Eventualmente vendió ese terreno al municipio, y fue el municipio el que le dio el uso de plazuela de ganado.
Antes de la plazuela de ganado, ese mismo terreno había sido un vivero municipal. Ahí cultivaban plantas, árboles, lo que se sembraba en los parques y los jardines del municipio. Ese vivero vivió sus años de esplendor y luego lo trasladaron a Las Pilas, donde también murió de a poco. Los terrenos que pasan de función en función van dejando capas de historia que no siempre se ven pero que siempre están.
La Plaza de toros también tenía relación con el espacio del ganado. No en el mismo sitio, pero sí en la misma zona. Las corridas se hacían con barreras de madera, varas enclavadas en la tierra, nada sofisticado. Un toro escapó una vez de esa barrera y cogió a la gente de la fritanga: volcó mesas, atropelló gente, sembró el pánico. La madrina de alguien que todavía vive aquí vendía comida ese día. Nadie olvidó ese domingo.
El traslado de la plazuela a su nueva ubicación ocurrió alrededor del año 2001, en la alcaldía de Rodolfo. Fue un cambio que la comunidad recibió con ambivalencia: había quien lo celebraba porque la nueva plazuela era más organizada, más techada, con mejores condiciones. Y había quien lo sentía como una ruptura con algo que había funcionado por décadas sin que nadie se lo pidiera.
La plazuela del ganado fue el lugar donde la economía pecuaria de esta región encontró su escenario. No era bonita. No era cómoda. Era barro, era madrugada, era olor a animal y a aguardiente. Pero era real. Era la prueba de que este pueblo siempre supo ganarse la vida con lo que tenía, a las cuatro de la mañana, con los pies descalzos y la voluntad de llegar.
Hay cosas que uno no espera que pasen en un pueblo como Villapinzón. Un presidente de la república inaugurando el parque principal es una de ellas. Pero pasó. En 1976, cuando el municipio cumplió doscientos años de fundación, el presidente Turbay Ayala llegó hasta acá. Y con él llegó también algo que no se esperaba: los restos del general Próspero Pinzón.
La historia del bicentenario empieza mucho antes de ese día. El gestor que hizo posible que los recursos nacionales llegaran al municipio fue don Fabio Sánchez Barrero, secretario de gobierno en esa época, hombre de confianza política que supo aprovechar el momento. Habló con quien tenía que hablar, gestionó lo que había que gestionar y trajo la plata para la construcción del parque. El alcalde Raúl Arévalo le dio el impulso final.
El parque se construyó aproximadamente en 1978, aunque la inauguración oficial con el presidente fue en el contexto del bicentenario. El general Landazábal colaboró con la brigada militar que participó en la construcción. Esos soldados que llegaron al pueblo hicieron más de una cosa: trabajaron en la obra y también despertaron el interés romántico de más de una muchacha de Villapinzón. 'Cuando traían el uniforme', dice alguien riéndose, 'todas las señoritas'. Así era.
La fuente luminosa fue el gran símbolo de esa inauguración. Ese día la estrenaron. Funcionaba con luces de colores que se reflejaban en el agua, algo que en ese entonces era casi un espectáculo tecnológico para un pueblo del altiplano. Turbay Ayala llegó, hizo su discurso, la fuente encendió sus luces y Villapinzón tuvo, por unas horas, la atención del país.
Vino gente de Chocontá, de los corregimientos, de todos los municipios vecinos. Era un día histórico y la gente lo sabía. Tanto que la Defensa Civil tuvo trabajo todo el día atendiendo a los que se desmayaban por el calor y la aglomeración. Una señora que hacía parte de ese cuerpo recuerda que no pudo ver casi nada del evento porque no paró de atender gente. 'Al presidente sí lo saludé', dice. 'Pero de resto, todo era atender a los que se enfermaban'.
Los restos de Próspero Pinzón eran el otro gran tema de ese día. El general había muerto en la batalla de Pantano Redondo en 1900, una de las últimas y más importantes batallas de la Guerra de los Mil Días. Lo habían enterrado en el Cementerio Central de Bogotá en un estado de anonimato que dolía: sin mausoleo, sin identificación, perdido entre cientos de tumbas.
Buscarlo costó días. El padre del que cuenta la historia era uno de los encargados de la búsqueda, junto con don Fabio Sánchez. Buscaron y buscaron. Llegó un momento en que alguien sugirió, entre la desesperación y el humor negro: 'Coja unos huesos y llévelos, igual ahí pasan'. La idea fue rechazada con escándalo. Finalmente, lo identificaron por el uniforme de general con que lo habían enterrado. Ese detalle —que lo enterraron de militar— fue lo que permitió encontrarlo.
Trajeron los restos a Villapinzón. Les hicieron un mausoleo a la entrada del cementerio, que aún está allí. La avenida principal también cambió de nombre ese día: se le puso Próspero Pinzón, y se pavimentó al mismo tiempo. Era un reconocimiento tardío pero solemne al hombre que había defendido esta tierra en la guerra.
El padre Carlos Lanas quiso que el parque floreciera de verdad para ese bicentenario. Trajo mamoncillo y otras frutas de tierra caliente, que en este clima son rareza. Las sembró en el parque como ornamento, como símbolo de que este municipio podía tener lo que quisiera, aunque tuviera que traerlo de lejos.
Doscientos años de historia celebrados en un día. Hoy, cincuenta años después, Villapinzón celebra su 250 aniversario y la pregunta sigue siendo la misma: ¿sabemos lo que somos? ¿Sabemos de dónde venimos? El bicentenario fue un intento de responder eso con una fuente luminosa y los huesos de un general. Esta vez, quizás, la respuesta la estamos construyendo de otra manera: con las voces de los que todavía recuerdan.
No todo lo que pasa en un pueblo queda en los periódicos. Muchas veces la historia real circula de boca en boca, de generación en generación, hasta que se mezcla con la leyenda y ya no se puede separar del todo lo que fue real de lo que fue imaginado. El accidente de la avioneta en Villapinzón es una de esas historias. Tiene testigos indirectos, tiene detalles contradictorios, tiene elementos que suenan a leyenda. Pero pasó.
La avioneta cayó. Eso es lo que está claro. El resto tiene versiones. Algunos dicen que fue en el Carrizal, hacia Soatama, por el lado de la Cuchilla. Otros hablan de las Lomas de Piñuelas, en el sector de El Ortigal, por San Pedro o Casa Blanca. El municipio es grande, los cerros son muchos, y la memoria geografía de los testigos no siempre coincide. Pero todos hablan del mismo accidente.
Fue aproximadamente en 1955. No hay registro oficial que alguien haya podido mostrar, pero la edad de los que lo recuerdan o lo oyeron directamente de sus padres apunta a esa fecha. Era un tiempo en que los aviones eran todavía algo novedoso en estos cielos, algo que se miraba con más asombro que familiaridad. Ver uno caer debió haber sido algo que sacudía el alma.
El primero en llegar al sitio fue Anselmo Fernández. Según varios testimonios, fue el primero en arribar a donde estaba la avioneta. Lo que encontró era desolador: muertos, restos del aparato, el silencio de un accidente que acababa de suceder. Algunas versiones dicen que alguien —en ese momento de confusión y de horror— aprovechó para tomar un motor del avión. Lo escondió y lo trajo de vuelta al pueblo. Nadie supo más.
Los muertos los bajaron en camillas improvisadas con palos, como se traían los muertos desde las veredas en esa época: dos varas largas y una tela o una estera en el medio. Esa imagen —los hombres bajando el cerro con los fallecidos en esas camillas rústicas— es la que quedó más grabada en quienes lo oyeron contar.
Hubo una sobreviviente. Una muchacha, una niña según algunas versiones. Que era la única que sobrevivió entre todos los que iban en el aparato. Y la versión que más circula dice que sobrevivió porque se invocó a la Virgen en el momento del impacto, se agarró de una mata de arrayan que había en la ladera y la mata detuvo su caída. Esa mata de arrayan existió durante unos veinte años después del accidente como testigo silencioso del milagro. La gente que pasaba por ahí la señalaba.
Había tigres en esa zona. Tigres de verdad —lo que hoy llamaríamos pumas o jaguares dependiendo del tamaño— que habitaban esa cuchilla y que hacían imposible que la gente se acercara libremente. Dicen que después del accidente, cuando la gente quiso ir a ver o a rescatar más restos, los tigres los sacaron corriendo. Eso también contribuyó a que el lugar quedara sin ser revisado a fondo. La naturaleza puso su propia barrera.
Con el tiempo, ese lugar adquirió otro tipo de presencia. Dicen que llegó un moján —un ser sobrenatural de las montañas— llamado el Titacuy, que se alimentaba de las cenizas de las hogueras que hacía la gente que iba a cortar leña. Se acercaba de noche a lamberse las brasas. Era su alimento. Y desde ahí, dicen, el Titacuy fue a parar a la laguna del Valle. No hay forma de verificar esto. Pero hay personas que lo cuentan con la misma certeza con que cuentan las fechas del bicentenario.
El accidente de la avioneta dejó también la pregunta de quiénes iban adentro. Nadie que haya sobrevivido lo pudo contar. La muchacha que se salvó —si es que era tan pequeña como dicen algunos— quizás no sabía a quiénes acompañaba. La identidad del piloto nunca quedó clara en la memoria colectiva. Eran forasteros, extranjeros al paisaje de Villapinzón.
Esa avioneta que cayó en el cerro se convirtió en símbolo de algo difícil de nombrar. Del azar. De la fragilidad de los que vienen desde afuera. De la fuerza de los que quedan. Nosotros estábamos abajo, en el pueblo, viviendo nuestra vida ordinaria, cuando algo del cielo cayó entre los cerros y cambió para siempre la historia de ese pedazo de tierra. No hay placa que lo recuerde. Solo las voces de los que lo oyeron contar.
En 1959 llegaron unos extranjeros codiciosos a la laguna donde nace el río Funza Bogotá. En el lago más grande le echaron un aparato y se les fue 50 metros y no toparon asiento, así que por el lado donde nace el río Muincha en Turmequé, allá fue donde comenzaron a hacer un túnel para descargar la laguna mediante un boquete para estancar la laguna y para un túnel que tiene 50 m metros de allá para acá que atravesó para llegar a la laguna y para destacar la parada, ocuparla supuestamente para encontrar el oro que han detectado con ese aparato.
Otra historia donde estaban haciendo este túnel, una familia que habitaba hasta el año antepasado, el finado Austin Orjuela; él sí se enteró de la judía que le estaban haciendo la laguna y él decía que él sí sabía que estaban haciendo un túnel a la laguna para sondearla y desocuparla, pero como esa laguna es subterránea, dicen que no tiene fondo. Cuando fueron los geólogos en la presidencia de Juan Manuel Santos a estudiar por qué tanta agua de este páramo cuando inundó la sábana.
Don Vidal narro que viajo con los geólogos y en tres partes de la laguna en las cuales estaban saliendo bastante agua a una buena altura narra lo siguiente: y dimos la vuelta hasta la calavera, y si nos fuimos para arriba desde el mirador con los geólogos, todo lo que ellos dieron salió, pero la fecha que el informó al alcalde y concejales que el 26 de mayo esa laguna va a saturar, pero los geólogos indicaron que iba a pasar algo similar a armero y podrían desaparecer Villapinzón, Chocontá y Turmequé, ellos me preguntaron si cerca nacimiento al nacimiento, habían termales así que les indique el de agua caliente, el de Chinquira, los termales de Chocontá y el de los volcanes de Macheta, indicaron que posiblemente la laguna haría una erupción volcánica y resulte pasa de que el 13 de mayo yo estaba leyendo un libro de sagrado libro era las 7:30 de la noche, pega la estampida la laguna, empieza temblar la tierra ya que todos los años la laguna ruge o brama entre abril y mayo ese sonido de la laguna es similar a como cuando buja un toro y ese sonido dura entre unos 10 o 15 segundos y cuando hace eso está laguna allá donde nace el río, Bogotá hay revienta y se hace una herida pero las algas tapan.
Una vez unos periodistas de un canal nacional haciendo una entrevista a don Vidal se encontraban al borde de la laguna y eran las aproximadamente las 7:00 de la mañana, estaba entre nuboso, ese día cuando pagó la estampida la laguna pego ese tortazo, en ese momento don Salatiel Barrero y don Diego se asustaron y ahí mismo agarraron y empezaron a correr, pero los periodistas muy tranquilos, ahí nos dimos cuenta y quedó grabado cuando reventó y bramó la laguna. Se pudo ver que salió agua a 20 metros de altura ellos grabaron todo eso. (Narrada por Vidal Gonzales - Transcrita por Gabriel Fernández Monroy)
Narrada por Rubén Darío Fernández
Este sobrenombre se lo colocó don Silvino Fernández por el simple hecho de andar continuamente en compañía de un registrador de apellido Moncaleano, con quien entabló una gran amistad, ya que mantenían los mismos gustos y en las tiendas siempre estaban de acuerdo para tomar del pelo a la gente. Eran tan parecidos en su forma de ser, que cuando los veía don Silvino caminando por la calle les decía: «Allá van los Moncaleanos».
Moncaleano fue expendedor de carne, labor que realizó por más de veinte años en el matadero municipal. Rematador de la plaza de mercado por más de veinticinco años, comerciante y agricultor. Fue muy humanitario con las personas humildes del pueblo. Se destacó por ser un gran historiador, cualidad que adquirió por ser un constante lector.
Por su gran manera de ser llegó a ganarse el aprecio y la amistad de las gentes de Villapinzón y la de algunos jóvenes de la época, ya que veían en él a un líder frentero y gracioso que llegaba muy fácil a ellos. Humberto Cárdenas, un joven amigo de aquel tiempo, hace muy pocos años afirmaba: «Con el Moncaleano nunca vivimos tristes», y el señor Antonio Gil, luego del sepelio de ese hombre que todos recuerdan en el pueblo por ser bromista, decía: «El entierro del Monca no fue un mar de lágrimas, sino al recordarlo —en el último sorbo—, fue un mar de risas». En homenaje a la memoria de Moncaleano —mi padre—, y por todos los buenos ratos que brindó a sus amigos, voy a compartir algunas de sus anécdotas, para recordar a ese hombre que sin duda, todos conocían por ser especial en el pueblo.
Narrada por Rubén Darío Fernández.
Cierto día, a las nueve de la mañana, se encontraba Moncaleano frente a su expendio de carne del matadero municipal, en compañía de los expendedores de las otras famas. Un amigo muy allegado a él, a quien apodaban ‘Cañamazo’, al ver que Moncaleano se encontraba muy pensativo, se acercó y le preguntó:
—¿En quién está pensando?
—En el cura Garavito
— contestó Moncaleano.
El cura Carlos Garavito era el párroco de Villapinzón por ese tiempo. Una persona a quien todos le tenían mucho respeto, y que tenía por costumbre, pasar a determinadas horas por frente del matadero.
—¿Y por qué pensando en el cura? ¿Acaso los pecados lo tienen inquieto?
—Es que al padre le quiero hacer una broma
—respondió Moncaleano, y añadió
—:No pregunte, y más bien, vaya al almacén de don Siervo y me compra veinte metros de nylon bien delgado, y le demuestro a todos acá en el matadero, que hasta al más santo le gustan los billetes. Al poco rato llegó Cañamazo con el nylon. Moncaleano reunió a todos los expendedores de carne del matadero y les advirtió que se mantuvieran en sus negocios, porque ese día, cuando pasara el cura, le pensaba hacer una broma.
Don Benito García —como se dice— puso el grito en el cielo.
—¡Cómo va a ser Monquita! Eso es un pecado. Y dicen que si uno se burla de los santos curas, le cae una maldición.
—Eso es puro cuento—, contestó en tono enérgico Moncaleano, y explicó—: Si lo que yo quiero es demostrarles, que hasta a los enviados de Dios los tientan la materialidad y el capitalismo, y eso nos va a servir para probar además, que lo más preciado que nos dio el creador después de la existencia, fue la libertad o el libre albedrío. Y cierren las puertas que no demora el cura, debe estar ya saliendo de la iglesia.
Moncaleano desenrolló el nylon y en una de sus puntas amarró un hermoso billete de cien pesos, que en ese tiempo, era el de más alta denominación. Se dirigió hasta la mitad de la vía frente a su negocio y lo colocó en el piso, con una pequeña piedra para que el viento no se lo llevara. La otra punta la llevó a su negocio, y dejando la puerta entreabierta, mantuvo su mirada hacia el costado norte de la vía, por donde en poco tiempo aparecería la figura seria y escrupulosa del cura.
Cuando Moncaleano divisó al cura pasando por el frente de la casa de don Alcides Fernández, les indicó a todos que se quedaran quietos y callados. Cada vez se acercaba más, y cuando llegó al frente del matadero, el padre cerró la biblia que iba leyendo al ver el billete, y se agachó a recogerlo. El billete se fue yendo como llevado por el viento, al menos eso pensaba el cura. Hasta que llegó al frente de la fama de Moncaleano, quien abrió de par en par la puerta y soltó una carcajada. También en ese momento salieron las carcajadas de las demás puertas del matadero, que se encontraban entreabiertas
El cura, airado, como todo hombre de Dios fue muy paciente, y en medio de la pausa que le costó hacer para tomar un poco de aire, no llegó a desencajarse. Después que le pasaron los colores de quien quiere que la tierra se lo trague, solo reparó al decir:
—Cuando el diablo no tiene más qué hacer, con su cola se entretiene.
Desde ese día, el padre Garavito en los sermones, constantemente replicaba a viva voz como era su costumbre, haciendo temblar los festones, que el matadero municipal era la puerta del infierno y de las perdiciones, y tan solo por la chanza, desde el día del billete, por la cuadra de los carniceros no volvería a aparecerse.
Historia Narrada por Rubén Darío Fernández.
En ese tiempo existía una gran rivalidad política en Villapinzón. El pueblo estaba repartido entre los candidatos a la presidencia; Laureano Gómez y Ospina Pérez. Don Rafael Rubiano, reconocido líder político de Villapinzón, junto con un nutrido grupo de personas del campo eran acérrimos seguidores del doctor Ospina Pérez, personaje que fue invitado en los primeros días del mes de febrero de 1949 a la casa de don Rafael.
Por su parte Moncaleano y un grupo de sus amigos eran fieles seguidores del doctor Laureano Gómez, candidato por el partido conservador para el periodo de 1950 a 1954. Moncaleano, molesto por la visita a Villapinzón del doctor Ospina Pérez, citó a sus amigos en la mañana del día de la visita, a la tienda de don Siervo Contreras, la cual se encontraba ubicada unos veinte metros arriba de la casa de don Rafael Rubiano, donde se llevaría a cabo la convención.
Moncaleano le propuso a don Siervo Contreras, en medio de los vivas para el doctor Laureano Gómez, que emborracharan a Cañamazo y lo mandaran a la reunión para que gritara «¡Un viva por Laureano Gómez y un abajo el viejo Ospina Pérez!».
Después de emborracharlo, y cuando la reunión donde don Rafael Rubiano estaba comenzando, Moncaleano le dijo a Cañamazo:
—Usted es uno de mis mejores amigos y nunca le tiemblan los pantalones. Valla a la reunión que están haciendo para el viejo Ospina Pérez, y cuando esté por comenzar el discurso, se quita la gorra y grita bien fuerte «¡Que viva mi doctor Laureano Gómez, abajo el viejo Ospina Pérez!», y apenas termine, sale como alma que lleva el diablo, porque le pueden pegar si se queda. Aquí donde don Siervo lo esperamos, y le damos todo el aguardiente que quiera.
En el recorrido, Cañamazo iba repitiendo continuamente lo que debía decir para que no se le olvidara. Al llegar a la reunión ya se encontraba en el discurso el doctor Ospina Pérez. En ese momento Cañamazo sorprendió a los presentes gritando a viva voz: «¡Arriba el doctor Laureano Gómez…», hizo una pausa, porque de la borrachera olvidó el resto del mensaje, y volviendo a mirar para donde don Siervo Contreras, preguntó a grito entero a Moncaleano que se encontraba parado en la puerta: «¿Cómo es que se llama el viejo?»
Lo que parecía que iba a ser una gran ofensa, se convirtió en carcajadas de todos los asistentes, quienes se dieron cuenta que el autor intelectual del saboteo, había sido José del Carmen Fernández, alias ‘Monca’.
Historia Narrada por Rubén Darío Fernández
Transcurrían en Villapinzón los años 1956 y 1957, bajo el mandato del presidente militar Rojas Pinilla. En el municipio y en todo el país se vivía un ambiente muy tenso por los abusos de autoridad que se cometían, sobre todo, por parte de la policía.
En Villapinzón, había un grupo encabezado por Moncaleano y su hermano Ovidio Fernández, respaldado por los hermanos Ángel María y Alcides Torres, Alcides Fernández, Ovidio Rubiano, el loco Rafael Quintero y otros que estaban inconformes con la policía por los continuos atropellos que se cometían contra la ciudadanía en el pueblo.
Cierto domingo, como de costumbre, se encontraban tomando cerveza en la tienda de la señora Loreto en la plaza de mercado al frente de la iglesia, cuando de pronto un grupo de policías irrumpieron en el lugar con el fin de practicar una requisa. Cuando estaban requisando a Moncaleano, él les dijo:
—Cuidado con la plata, no es que se la vallan a robar.
Los policías se enfurecieron y se armó una gran batalla, y según cuenta don Luis Segura quien se encontraba presente, los desafortunados agentes llevaron la peor parte. Después de un buen rato, aparecieron los refuerzos de la policía, quienes después de realizar varios disparos lograron controlar la situación.
Los detenidos fueron esposados y conducidos al comando de policía de Chocontá. Allí fueron golpeados y encerrados en pantaloncillos en un frío calabozo que los presos llamaban ‘la Sucursal del Cielo’. Al siguiente día los sacaron al patio y un sargento de apellido Moya, al que todos los presos le temían, con voz de mando y con rabia les dijo:
—Conque ustedes son los que le pegan a la policía y fomentan el desorden en Villapinzón, y a propósito, ¿cuál de ustedes es el que anda diciendo que yo, el sargento Moya, soy un hijo de mala madre y un mal nacido?
Moncaleano, aturdido en ese momento por la trasnochada, el guayabo, la paliza y el frío, no escuchó bien lo que el sargento preguntaba.
Confundido, dio un paso adelante y dijo:
—Fui yo mi sargento.
Cuentan que en ese momento a los compañeros de Moncaleano se les vino el mundo encima, sin embargo, el sargento le pregunto cuál era su nombre y él le contesto:
—José del Carmen Fernández, para servirle mi sargento. El sargento, impresionado por el valor de Moncaleano, le hizo otra pregunta:
—¿Cuál es su ideología política? A lo cual, Moncaleano, contestó:
—Godo a morir mi sargento.
El sargento sonrió, pues también era fanático conservador, y en tono fuerte, le dijo a sus subalternos:
—Se dan de cuenta partida de inútiles, lo que hace un conservador, que no le tiemblan los pantalones para decir la verdad. A este hombre lo sueltan y a los demás los regresan al calabozo por irrespetar la memoria de mi santa madrecita.
Del archivo personal de Raúl Arévalo Fernández.
Hace cincuenta y siete años, por iniciativa de don Raúl Arévalo Fernández quien se desempeñaba en ese tiempo como personero municipal, se fundó en Villapinzón el único club social que ha existido en este pueblo. La idea de organizar dicho club, nació en la tienda de don Víctor García o Victorio como se le conocía, mientras se realizaba un asado que preparó en su panadería doña Tulia López, al cual asistieron: el alcalde Felipe García, el secretario José E. Lozano, el Juez y su secretario, el tesorero, el registrador del estado civil, el médico del puesto de salud, el personero, quien lo ofreció, y algunos otros invitados. Ese día acordaron reunirse el lunes siguiente, día en que se formalizó la 260 Relatos de Villapinzón fundación del club y se nombró su junta directiva, que quedó conformada de la siguiente manera: Presidente Rafael Gutiérrez Acosta, Vicepresidente Samuel Peña, Tesorero Néstor de Jesús Arévalo, Secretario Raúl Arévalo Fernández.
Fue denominado Club Social Avirama, como reconocimiento a la composición realizada por el maestro Luis Antonio Escobar Segura, titulada Ballet Avirama y que fuera inspirada en la leyenda de la Cacica Gaitana y el conquistador Diego de Almagro.
Del club hacían parte un gran número de personas destacadas de ese entonces, y llegó a contar con sesenta y cinco socios, entre ellos, quienes ya se mencionaron y además: Hernando Sánchez Báez, el profesor Luis Vargas Otálora, Rafael Gutiérrez Acosta, Juan de J. Rojas, Jorge E. Segura, Ignacio Jiménez, José Pacífico Forero, Luis Segura, Luis Contreras, Teódulo Fernández, Bernardo Garzón, José Domingo Farfán, José Adonias Torres, Roberto y Luis Barragán Fernández, Alfonso Segura, Carlos Farfán Arévalo, Carlos Aurelio Infante, José Eusebio Otálora, Mario Farfán, Jaime Fajardo, Ángel María Granados, Didacio Segura, el Maestro Luis Antonio Escobar, José del Carmen Escobar, Pablo y Marco Tulio Fernández, José Marceliano Segura, y el Teniente Julio César Segura, entre otros.
Cómo no recordar en todos los años de su existencia, las novenas de navidad en el primer piso de la casa del señor José Nicodemus Camelo, en donde se contaba con una mesa de billar, una mesa de ping pong y dos canchas de tejo. Recordar las fiestas de disfraces, la fiesta del veintitrés de diciembre, cada aniversario del club y las diferentes actividades culturales que se organizaban por su junta directiva, los socios y los alféreces. No era simplemente un espacio para las juergas, sino además, para las familias que allí se reunían, cada vez que su junta directiva extendía las invitaciones con protocolo de estado y la debida etiqueta. De estas reuniones, el profesor Isidro Zambrano de manera agradable realizó una composición denominada “Elegía Pantofaga”, que describe de manera rítmica y clara lo que acontecía los días lunes en el Club Avirama.
Narrada por Hernán Garzón Sánchez.
Corrían los primeros años de la década de 1930. En Villapinzón la producción de trigo era más importante que la producción de papa. Hasta entonces, la trilla era una tarea bastante dispendiosa, que a través de su historia siempre se realizó de la misma manera: haciendo trotar las bestias sobre las espigas de trigo para que dejaran 256 Relatos de Villapinzón caer el grano. El espacio donde se trillaba se llamaba la era. Un lugar generalmente encerrado entre palos como una corraleja, en el que se afirmaba el piso con greda seca bien pisada, y sobre esta se acomodaban suficientes espigas con grano, después de haber sido cegadas y amontonadas en los tajos durante la cosecha
Sobre el trigo se arreaban varias bestias trotando en el mismo sentido, y lentamente, mientras las espigas se iban quedando sin granos, el tamo se iba sacando con horquetas por debajo de los palos de la era, al mismo tiempo que se iban sacando a descansar las bestias con rezago. En la tarde se hacía la remolida, que consistía en devolver a la era lo poco que había quedado con grano, y luego el grano se aventaba con palas de madera para que el viento se llevara los chiqueros.
En 1930 llegó a Villapinzón la primera trilladora movida por una caldera. La industria alemana producía estas máquinas que utilizaban como combustible el mismo tamo, que además, se utilizaba para el techo de las ranchas.
Esta trilladora fue importada por don Rogelio, y por ser la única que había en la región, se trillaba en esta máquina casi todo el trigo que se producía en Villapinzón. En los libros de cuentas de don Rogelio, están registrados los nombres de los cultivadores de trigo de ese tiempo, más de cuatrocientos, y se puede presumir por el orden de este documento y por los nombres que allí se relacionan, que se hacían turnos por veredas para llevar la trilladora, Aparecen por los mismos días nombres de personas de un solo sector, y de esa manera se iba dando la vuelta al municipio por las veredas. Se relacionan los que trillaban ciento sesenta cargas como los que trillaban cinco, y entre los que más trillaban, estaban don Antonio María Gómez, don Martín Cuevas y don Clímaco Naranjo de Ventaquemada.
Era extraño ver aquella enorme caldera con un gran chasis de metal y de madera, tirada por barias yuntas atravesando los campos, no solo los de Villapinzón, sino además los del Crucero, Chiquinquirá, Soacha y San Lázaro. Detrás de la caldera iba la trilladora, y detrás de esta, otra carreta en forma de vagón encerrado en lámina, donde se cargaban los repuestos, las grasas y la herramienta.
Hacían recorridos de varios días para cumplir los contratos. Por estas montañas iba pasando don Rogelio, el audaz cacharrero con las carretas de la parva, dejando el trazo de la pesada caldera como los trasteos de gitanos, que llamaban con su bullicio la atención trastornando los poblados, y después se alejaban dejando su resonar nostálgico.
Narrada por Hernán Garzón Sánchez.
Por esos tiempos se había concluido la construcción del templo. Dos personas en Villapinzón, padre e hijo: don Cirilo Garzón y don Rogelio Garzón Segura, decidieron crear la ‘Empresa Eléctrica de Villapinzón’, organización de origen privado que prestó el servicio al municipio por primera vez y por muchos años, ya que antes de la creación de esta empresa, no se contaba con alumbrado de energía eléctrica y en el pueblo no había más luz en las noches que la de los cabos de las velas.
Don Rogelio fue un hombre de espíritu vanguardista, no solamente creó en Villapinzón la primera planta eléctrica, también importó de Alemania la primera trilladora a vapor, y en la vereda del Salitre tenía una herrería donde reparaba sus máquinas. Compartía estas labores con el gusto de ser agricultor y un buen criador de yeguas y de caballos.
La planta eléctrica tenía su boca toma un poco más arriba de las obras de captación del actual acueducto municipal. De allí se conducían las aguas a la planta, la cual quedaba ubicada en la vereda de la Quincha, al frente de los predios que hoy en día son de don Ernesto Marín. Funcionó durante muchos años, primero con una turbina Pelton hidráulica, y después con un motor diesel. Llegó a tener 220 bombillos que iluminaban la iglesia, la alcaldía, algunas calles del pueblo y unas cuantas casas. Esta planta eléctrica dejó de prestar sus servicios en 1930, cuando por diferencias políticas con don Rogelio, el municipio creó una planta pública, y él se vio obligado a vender el motor diesel a don Silvino Fernández. Aún quedan vestigios de la empresa, como la toma que iba a la planta y algunas piedras acomodadas donde se captaba el agua, pero también han quedado los libros de las actas y de las cuentas, de donde se extracta esta información.
Como un dato curioso, debió ser muy dispendioso cobrar el servicio de energía de la iglesia, porque según los libros de don Rogelio, de los trece bombillos que allí se encontraban ubicados, había que cobrar el servicio por cada bombillo de manera separada a los alféreces de cada festividad, y aparece relacionado textualmente en el libro de caja: Fiesta de San Roque un bombillo, Sagrado Corazón un bombillo, Natividad de Martínez un bombillo, San José un bombillo, Evarista Segura un bombillo, Fiesta del Carmen un bombillo, San Antonio un bombillo, Al Santísimo dos bombillos, San Juan un bombillo, Siervo Saboyá un bombillo, Daniel Cruz un bombillo. Al pie de este listado se lee una nota que señala: “Los tres últimos no han pagado”, incluyendo a San Juan.
Narrada por Hernán Garzón Sánchez
Pobre Lázaro, el herrero del pueblo en ese tiempo. Fue sometido hasta el punto, que debía cargar las piedras para hacer una muralla que le cerrara el paso a los promeseros en las lomas de occidente. Lugar de la cordillera por donde pasa el sendero hacia el santuario de Chiquinquirá. Por orden del diablo, Lázaro debía impedir que los peregrinos cumplieran sus promesas, o que hicieran sacrificios para recibir indulgencias. Indulgencias que, por claras razones, menguarían los intereses del demonio.
Cuando Lázaro no encontró cristiano alguno para embaucar en las juntas del mal, el diablo lo comprometió en esa tarea. Le dijo que debía llevar las piedras desde el otro lado del pueblo hasta el lugar donde se construiría la muralla. Lázaro le reclamó al diablo por la distancia del trayecto, que le agravaría una dolencia que padecía en los huesos. Que más bien le parecía un castigo por los inconvenientes habidos, y que, de no ser así, le permitiera buscar otra cantera por el lado del Perico o de las carboneras.
—No es un castigo —contestó el diablo—. Las cosas más se aprecian cuando se hacen con esfuerzo, pero hay que hacerlas además con marrulla para lograr el entuerto.
—Entonces, si no es un castigo, será otro de sus misterios —respondió Lázaro, y agregó—: pero no Villapinzón, cuna del río Bogotá 247 será uno de peso, pues si le cerramos el paso a los promeseros por Guangüita, pasarán por El Salitre o por Tibita, y quedaremos usted y yo como el ternero. Y después de tantos esfuerzos, no será una obra que en verdad valga la pena. Nos tildarán de malgastadores como si fuéramos del gobierno, y no verán la muralla como una obra que entre el bien y el mal sirva de fundamento, sino como una obra civil que no va a servir ni para que levanten la pata los perros. Compararán sus obras, que solo son obstáculos y entuertos como usted dijo, con obras de Dios como la creación y la misma existencia de nuestros semejantes
—No has comprendido por estar pensando que solamente es un misterio. Tiene otro sentido pasar las gigantescas piedras desde el otro lado del pueblo— contestó el diablo en tono airado—. Si las pasamos, así sea en medio de las tinieblas por la plaza de Hatoviejo, se van a escuchar los comentarios, pues por más sueño que todos tengan, algún desvelado por las rendijas se enterará y correrá el rumor que ha sido una fuerza maligna la que realizó esa tarea. Ya que si no lo comentan de esa manera, podrían decir que fueron las fuerzas de la naturaleza, y aún más, si te ven llevando las piedras, sabrán que es mi obra por lo que han estado murmurando de nuestros encuentros. Concluirán que me disgustan los promeseros y por el miedo que me han tenido desde que vieron la luz, no pasarán por Guangüita ni por los senderos de las otras veredas. Yo te ayudo con las fuerzas que te faltan, pero las cargas a cuestas, y después de la media noche, las arrastras al pasar por la plaza para dejar testimonio en el suelo
Luego de un breve silencio, el diablo añadió: —Respecto a la creación de tus semejantes a la cual te estabas refiriendo: son una casualidad de la evolución. Con mis años cumplidos he sido testigo de eso, pues desde el mismo momento en que ustedes fueron primates, me llamaron la atención y empecé a hacerles el juego.
—Disculpe su merced que le diga, pero como que no estuvo atento, porque si fuera por casualidad, cachos y rabo como a su persona nos habrían salido, o plumas o cascos, orejas largas y peludas, o cualquier peculiaridad de las que comparten otros seres vivos a los que les corre la sangre y que a diferencia de nosotros, no se ven tan favorecidos. Y si fuera por la evolución, al menos uno de esos animales, tan solo uno, compartiría nuestro cerebro y se expresaría con palabras, prepararía sus alimentos, usaría pantalones y cargaría plata entre los bolsillos para pagar los impuestos, así tuviese pezuñas, rabo y orejas como los jumentos.
Pero, por qué casualidad compartimos con miles de seres todos nuestros órganos y sentidos, menos la razón. Pues porque estaba atento el que nos creó. Pendiente de sus manojos. De no haber sido así, al menos otra especie más—concluyó Lázaro—, hubiese tenido conciencia por la pura casualidad no más de la evolución.
¡Herrero mal nacido!—contestó el diablo enfurecido—, ahora te voy a buscar una piedra de buen peso que por castigo a tu insolencia tendrás que cargar, y las demás serán del mismo tonelaje así se resquebraje tu cadera. Ya no estoy dispuesto a hacer acuerdos contigo por quejumbroso. Solo han sido mañas y resabios lo que aprendiste de esos que se van al infierno conmigo, esos que siempre ponen una disculpa de por medio para quedar conformes o para sentirse sin tropiezo: si la mujer los dejó, fue porque se equivocaron en conocerla, pero no por sinvergüenzas. Si les cayó mal la chicha, fue porque antes de tomársela bebieron agua de panela o aromática de hierbabuena. Y si en asuntos de naguas cometieron una imprudencia, no fue porque se emborracharon con los jarros de guarapo, que además, por ser de agua cruda, les soltaron los intestinos, y más luego comentan que fue que se descuajaron haciendo fuerza. Tú aprendiste las mismas mañas porque inventas tu mal de huesos para no cargar un casquijo de piedra. ¿Luego, ahorita, a quién estás defendiendo? Si habíamos quedado en que éramos del mismo lado y me cuestionas como si de tu origen yo no supiera. Pues si cargando estos calicantos no se te rompen los huesos y no cambias de parecer sobre la existencia, te los rompo yo mismo a leñazos cuando termines el muro de piedra.
Lázaro cargó la primera piedra hasta las orillas de la quebrada de la Quincha y allí la dejó abandonada por culpa de sus dolencias. El diablo le cerró el paso llegando al pueblo y le dijo que regresara a continuar con la tarea. Pero el hombre le inventó otra disculpa: que en el pueblo se oponían a que pasara con la dichosa carga por ser godos la mayoría, hasta el curita, que en los sermones decía, que a los godos los protegía la providencia por ser más cercanos a la iglesia. Que si por el contrario, la mayoría fueran de otro pensamiento político, hasta ayudarían a llevar las piedras a cuestas. Que no solamente él tenía que cargarlas sin ayuda, sino que además tenía que contrariar a los parroquianos, a muchos de los cuales apreciaba por los encargos que le hacían en la herrería.
—Cerrarle el paso a los promeseros no tiene ningún sentido—dijo Lázaro—, porque son promeseros la mitad del tiempo y la otra mitad son labriegos. Solamente del pueblo salen en la Semana Santa más de mil personas. Hasta con los niños caminando pasan la cordillera, suben hasta el Perico, de allí pasan a las carboneras y van a dar a la laguna de Fúquene, así les haga sol o les llueva. Entonces, el muro simplemente va a ser un monumento para que se burlen de su persona, y como le dije, para que mejoren las indulgencias.
Con esos argumentos Lázaro logró que el diablo desistiera, y a la orilla de la quebrada de la Quincha—como un monumento a la mala alianza de esos dos y para que se recuesten las parejas—, todavía está la enorme piedra. Pero la suerte del hombre después de esa noche…, ni se alivió ni para nada fue buena.
Testimonios: Adultos mayores del Centro Día Añoranzas (2026).
Investigación Transmedia: Proyecto TecnoCultura Cundinamarquesa.
Bibliografía Complementaria: Garzón, G., Arévalo, S., Barrero, M. (2015). Villapinzón, cuna del río Bogotá. Imprenta Nacional de Colombia. Enlace al recurso CAR.
Notas:Todas estas oraciones fueron recitadas de memoria por sus portadoras durante las entrevistas realizadas entre el 9 y el 11 de marzo de 2026, en el marco del Proyecto Tecnocultura Cundinamarquesa. Las citas son fieles a lo que fue grabado. Los versos han sido separados y organizados visualmente para facilitar su lectura, respetando siempre el texto original. Algunas palabras pueden corresponder a variantes del habla oral regional.