¿Cuál es la historia de Villapinzón? El territorio que hoy ocupa Villapinzón estuvo habitado por comunidades muiscas que dependían del cacique de Turmequé, quien a su vez se subordinaba al cacique de Tunja (Garzón et al., 2010). Los registros parroquiales documentan que Francisco de Vargas Figueroa fundó formalmente el poblado que más adelante se convertiría en Villapinzón (Correa, 1927).
Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador español nacido en Córdoba en 1509 y fallecido en Mariquita en 1579, lideró la expedición que conquistó el territorio del actual Colombia. A él se le atribuye el descubrimiento de Turmequé, caserío chibcha muisca anterior a 1536, del cual formaba parte el área que hoy conocemos como Villapinzón (Garzon et al., 2010).
Gonzalo Jiménez de Quesada fue un conquistador español que lideró la expedición que dio lugar a la conquista del territorio del actual Colombia. Nació en Córdoba, España, en 1509 y falleció en 1579 en Mariquita, Colombia. Se le atañe el descubrimiento de Turmequé el cual era un caserío anterior a la conquista, cuya fundación se remonta a antes de 1536 por indígenas Chibchas Muiscas, en pueblo del cual hacia parte Villapinzón.
El origen de las tierras que abarca el municipio se ha vuelto incierto a lo largo de los siglos. Los historiadores reconocen dos versiones. Según Correa (1927), el juez y visitador Miguel Díaz de Armendariz, quien llegó al Nuevo Mundo en 1542 y a Santafé en 1547, otorgó títulos a Juan de Torres y Cristóbal de Salcedo en 1548 y 1549 respectivamente, por propiedades situadas entre Turmequé y Chocontá, donde se fundaría Hatoviejo 224 años después.
Pablo Sánchez, autor de una monografía inédita sobre el municipio citada por varios historiadores, coincide parcialmente con Correa. Sánchez afirma que Juan de Torres Contreras, señor de Turmeque y encomendero de Tunja, recibió títulos de Armendariz en 1548 sobre terrenos entre Turmeque y Lenguazaque, al igual que Cristóbal de Salcedo. Sin embargo, Sánchez discrepa en que estos terrenos sean los que actualmente ocupa el municipio (citado en Correa, 1927).
En la versión de Sánchez, el primer encomendero de la región fue Esteban de Albarracín, a quien se asignó en 1548 una encomienda entre Villapinzón y Ventaquemada. Las tierras conservan el nombre 'Albarracín' en su memoria, según cita el historiador Enrique Velandia (citado en Garzón et al., 2010).
La primera referencia documental conocida del municipio es una carta enviada en 1755 por el virrey de Santafé, José Solís Folch de Cardona, al visitador de tierras Andrés Verdugo y Oquendo (Correa, 1927). Esta carta evidencia la existencia durante el siglo XVIII de un asentamiento humano llamado Hatoviejo. En aquel entonces, estos asentamientos se denominaban 'sitios' o 'estancias', aunque actualmente los llamaríamos 'caseríos'.
El documento registra: 'Acuso recibo de las 8 cartas o consultas que usted me ha enviado [...] sobre la utilidad y conveniencia de erigir una nueva parroquia en el sitio de Hato-Viejo, feligresía de Turmeque, agregando parte de la feligresía del pueblo de Chocontá' (Archivo General de la Nación, 1755, citado en Correa, 1927, p. 8).
Esto revela tres aspectos fundamentales: hace 260 años Hatoviejo ya era reconocido como 'sitio'; sus habitantes pertenecían a la parroquia de Turmeque como feligreses y vecinos; y el asentamiento adquiría importancia suficiente para que el visitador recomendara al virrey elevarlo a parroquia (Garzon et al., 2010). Estos eran los inicios de Villapinzón: una comunidad que aún no era independiente, cuyas pocas casas no bastaban para considerarse pueblo, pero que ya tenía nombre, características propias y coordenadas particulares.
Virrey de Santafé, José Solís Folch de Cardona, quien recibe la carta de confirmación de un caserío en el siglo XVIII llamado Hatoviejo.
Ramón C. Correa (1986 - 1991) , ilustre escritor e historiados de la época, referencia el estatus de Hatoviejo a parroquia.
Ramón C. Correa descubrió en el Archivo Histórico de Tunja un documento legal elaborado en 1764 por el alcalde de Turmequé. El documento inicia: 'En el sitio de Hatoviejo, feligresía del pueblo de Turmeque, el primero de octubre de este año de mil setecientos sesenta y cuatro, ante mí, Juan José de Vargas Figueroa, alcalde de este partido de Turmeque...' (Correa, 1927, p. 10).
Esta frase revela que la recomendación realizada nueve años antes por el visitador de tierras para elevar Hatoviejo a parroquia, a pesar del respaldo virreinal, no se ejecutó. Sin embargo, en el sitio continuaron desarrollándose 'actos judiciales y materiales de cierta importancia' (Garzón et al., 2010, p. 23).
Según el historiador Roberto Velandia, ese mismo año de 1764, el hijo del alcalde de Turmeque, don Francisco de Vargas Figueroa —quien más adelante sería reconocido como fundador de Hatoviejo— ordenó la construcción de una capilla 'en las orillas de la quebrada La Quincha, en el sitio La Quinta, en el camino hacia Tunja" Alrededor de esta capilla, bajo su patrocinio, comenzó a formarse un caserío, ubicado a cuatro cuadras de la iglesia parroquial actual, hacia el sur' (citado en Garzón et al., 2010, p. 24).
En el siglo XX, en Villapinzón se afirmaba que Hatoviejo fue establecido como parroquia por el Tribunal Eclesiástico el 1 de diciembre de 1773. Sin embargo, no se ha encontrado documentación que respalde esta afirmación (Correa, 1927). Ramón C. Correa señala que no existen registros en el Archivo Histórico de Tunja que testifiquen la declaración formal de Hatoviejo como parroquia.
Pablo Sánchez realizó una búsqueda infructuosa durante la década de 1930 para encontrar evidencia de la fecha de fundación de su pueblo natal. Se comunicó con la Curia Primada en Bogotá solicitando copias de los documentos relacionados con la erección de la parroquia de Hatoviejo. El archivero certificó que no encontró registro alguno sobre la creación de la parroquia en los legajos y libros antiguos (citado en Correa, 1927, pp. 6-8). El archivo parroquial de Ramiriquí también fue revisado sin éxito.
No hay pruebas de que Hatoviejo fuera erigido como parroquia en 1773, o es posible que la documentación haya desaparecido. La primera hipótesis parece más plausible, ya que Correa (1927, p. 13) cita otro documento del Archivo Histórico de Tunja que menciona a Hatoviejo como 'sitio' en marzo de 1774.
Primera parroquia en Villapinzón, ubicada frente al molino San Antonio.
Archivo Nacional de Boyacá; allí reposa gran cantidad de información histórica relacionada con el municipio.
Entre marzo de 1774 y octubre de 1775, Hatoviejo logró convertirse en parroquia. Correa (1927, p. 17) cita un documento del Archivo Histórico de Tunja que confirma: "En Aposentos de mi morada de Chiquirá, vecindario de la parroquia de Santa Bárbara de Hatoviejo; en diez y siete de octubre de mil setecientos setenta y cinco, ante mí, don Juan Rafael Beltrán Pinzón, alcalde de la Santa Hermandad de la ciudad de Tunja...'.
Para octubre de 1775, Hatoviejo había obtenido el estatus de parroquia y su nombre se había modificado a Santa Bárbara de Hatoviejo, adquiriendo sentido prestigioso y distinguido (Garzón et al., 2010).
Entre marzo de 1774 y octubre de 1775, Hatoviejo logró convertirse en parroquia. Correa (1927, p. 17) cita un documento del Archivo Histórico de Tunja que confirma: "En Aposentos de mi morada de Chiquirá, vecindario de la parroquia de Santa Bárbara de Hatoviejo; en diez y siete de octubre de mil setecientos setenta y cinco, ante mí, don Juan Rafael Beltrán Pinzón, alcalde de la Santa Hermandad de la ciudad de Tunja...'.
Para octubre de 1775, Hatoviejo había obtenido el estatus de parroquia y su nombre se había modificado a Santa Bárbara de Hatoviejo, adquiriendo sentido prestigioso y distinguido (Garzón et al., 2010).
En este mismo año, Estados Unidos firma la declaración de independencia.
Rebelión de los comuneros 16 de marzo de 1981 , cuya protesta contra un aumento desmedido de impuestos fue un catalizador para el estallido de la Rebelión De Los Comuneros de 1781. heroína “Heraldo" Femenino de la Libertad"
Corría el año 1781 cuando un grito de libertad recorrió todo el Nuevo Reino de Granada. En Socorro, Santander, la heroína criolla Manuela Beltrán había encendido la mecha de un levantamiento armado que pasaría a la historia como la Rebelión de los Comuneros. Y aunque Hatoviejo era apenas una pequeña parroquia perdida entre montañas, sus habitantes no se quedaron callados.
El alcalde del momento, don Luis de Cárdenas, era un hombre de convicciones firmes. El 8 de abril de ese año tomó la pluma y escribió una carta que hoy es un tesoro histórico. En ella, expresaba con claridad el apoyo de su pueblo al alzamiento comunero e informaba a los líderes de la revuelta que 220 vecinos del municipio estaban “prontos con sus armas blancas a pasar a sostener y auxiliar el alzamiento que han tenido los vecinos de San Gil y el Socorro y parroquias contiguas…” (Correa, 1927, p. 30). Era una declaración valiente: más de doscientos hombres dispuestos a arriesgar sus vidas por la causa de la libertad.
La carta no era solo palabras. Don Luis incluyó una lista completa con los nombres de todos aquellos dispuestos a unirse al movimiento. Eran campesinos, artesanos, pequeños comerciantes —gente común con un coraje extraordinario. El 27 de mayo, bajo las órdenes del capitán Antonio Hernández, ese destacamento de Hatoviejo emprendió la marcha hacia Zipaquirá, donde se unió a un ejército impresionante de 20,000 hombres armados que conformaban las fuerzas comuneras (Garzón et al., 2010, p. 42).
Allí, en los alrededores de Zipaquirá, permanecieron acantonados participando en lo que la historia recuerda como “las negociaciones y las capitulaciones de Zipaquirá”. No fue una victoria militar total, pero fue un momento en que el pueblo se hizo escuchar, y Hatoviejo estuvo presente (Correa, 1927).
Un año después de la revuelta comunera, la vida en Hatoviejo continuaba su curso. Pero 1782 nos dejó algo invaluable: documentos parroquiales que confirman definitivamente quién fue el fundador del pueblo. Los párrocos de aquella época tenían la costumbre de llevar registros meticulosos de nacimientos, matrimonios y defunciones. Y fue precisamente en esas actas de defunción donde quedó escrita para siempre la verdad sobre los Vargas Figueroa. El 18 de diciembre de 1782, el párroco Diego Franqui registró la muerte de don Juan José de Vargas Figueroa, identificándolo como “padre del fundador” del pueblo (Garzón et al., 2010, p. 38). Diez años más tarde, el 6 de febrero de 1792, llegó el turno del propio fundador. El párroco Antonio Ignacio Fermín Niño y Roxas escribió la partida de defunción de don Francisco de Vargas Figueroa, refiriéndose a él explícitamente como “el fundador de la parroquia” (Correa, 1927, p. 28).
Y para cerrar el círculo, en 1809, el párroco Antonio Ignacio Cárdenas registró la muerte de doña María Ignacia de Alzate de Vargas, mencionándola como “esposa del fundador de la parroquia” (Garzón et al., 2010, p. 39). Estos tres documentos, escritos por diferentes párrocos en diferentes épocas, se convirtieron en la prueba irrefutable de que don Francisco de Vargas Figueroa fue quien fundó Hatoviejo y tuvo un papel fundamental en el establecimiento de la parroquia.
En 1787 se describía al rio Funzha. como grande y caudaloso del Nuevo Reino de Granada en la provincia de Bogotá.
En 1787, cuando alguien hablaba del río Funzha —como se escribía entonces—, lo describía con admiración como uno de los ríos “grande y caudaloso del Nuevo Reino de Granada en la provincia de Bogotá” (Garzón et al., 2010, p. 65). Ese río que nacía en el páramo de Guachaneque, en tierras de Hatoviejo, ya era reconocido por su importancia, aunque nadie imaginaba entonces que siglos después sería uno de los más contaminados del país. En aquellos tiempos, sus aguas cristalinas bajaban puras de la montaña.
Curiosamente, ese mismo año de 1787 ocurrió algo extraño con Hatoviejo en los registros oficiales. El Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales o América, elaborado por Antonio de Alcedo, aparentemente suprimió la entrada de Hatoviejo. ¿Por qué? Nadie lo sabe con certeza.
El científico Francisco José de Caldas, en una carta de 1812, menciona esta misteriosa omisión sin poder explicarla del todo (Correa, 1927, p. 35).
Caldas, en su correspondencia, describe Hatoviejo como un lugar “cerca de la parroquia de Santa Bárbara, a la derecha del camino hacia Cundinamarca”, con “algunas casas cubiertas de paja, agrupadas de manera ordenada y con una iglesia decente” (citado en Garzón et al., 2010, p. 52). También aporta un dato poblacional: según un censo de 1811, el pueblo tenía 2,259 habitantes —nada despreciable para aquella época.
Para 1804, los documentos judiciales dejaban claro que Hatoviejo pertenecía al partido de Turmequé, dentro de la Provincia de Tunja. Esto quedó registrado cuando doña Rosa y doña Manuela Rubiano, vecinas de Santafé, vendieron una hacienda llamada “La Joya” ubicada en “la feligresía de la parroquia de Ato Viejo, perteneciente a la Provincia de Tunja” (Archivo General de la Nación, 1804, Folio 864, citado en Correa, 1927, p. 38).
Pero ese año también trajo algo extraordinario: el paso del barón Alexander von Humboldt por el camino de Hatoviejo. Este naturalista, geógrafo y explorador alemán —considerado uno de los científicos más importantes de su época— realizaba su famosa travesía científica por el Nuevo Reino de Granada. El camino principal de Santafé hacia los Llanos pasaba por Tunja, y en esa ruta se encontraba la Parroquia de Santa Bárbara de Hatoviejo (Garzón et al., 2010, p. 58).
Von Humboldt, con su característica precisión, calculó que se necesitaban aproximadamente 27 horas y 24 minutos para recorrer las 27.5 leguas que abarcaba el camino Santafé-Tunja (Jiménez, 1989, p. 122, citado en Garzón et al., 2010). Imaginemos lo que significaba viajar en aquellos tiempos: más de un día entero a lomo de mula, soportando el frío del páramo, cruzando quebradas, durmiendo en posadas improvisadas. Cada viaje era una aventura.
Alexander von Humboldt (1769-1859) fue un naturalista, geógrafo y explorador alemán que realizó importantes contribuciones en varios campos de la ciencia.
Los años siguientes a 1810 fueron caóticos en toda Nueva Granada. La independencia se había declarado en Santafé, pero el país estaba dividido. Al norte de la capital, los federalistas de Tunja, comandados por Antonio Baraya, asediaban el territorio centralista de Cundinamarca. Al sur, grupos de españoles y sus partidarios luchaban por retomar el poder.
El presidente Antonio Nariño, intentando mantener informada a la población de Santafé, comenzó a publicar en 1812 el “Boletín de Noticias del Día”, una especie de periódico de guerra que circulaba con las últimas novedades políticas y militares. Y Hatoviejo, por su ubicación estratégica en el camino a Tunja, apareció varias veces en esas páginas (Garzón et al., 2010, p. 48).
En el Boletín número 27, del 7 de octubre de 1812, se reportaba que las fuerzas federalistas habían establecido un destacamento en “Ato-Viejo” con órdenes estrictas de Antonio Baraya de “registrar y averiguar a todas las personas que intentaran pasar” (citado en Correa, 1927, p. 42). Era un punto de control militar. Incluso había una orden curiosa y un tanto discriminatoria: no se permitía el paso a “las mujeres de las Pelonas de Santafé”, pues se creía que Nariño las utilizaba para seducir a los soldados enemigos.
Un mes después, el Boletín número 35 traía el testimonio de un miliciano llamado Domingo Díaz que regresaba de Tunja. El pobre hombre declaró que le habían confiscado sus cargas de sal en el destacamento de Hatoviejo, y reportó que las tropas se preparaban para atacar Santafé (Garzón et al., 2010, p. 49).
El 22 de noviembre de 1812, el Boletín número 36 publicó una comunicación del comandante Lorenzo Ley, quien desde Zipaquirá informaba al General de las Armas sobre los movimientos de Baraya. Cuatro días después, el Boletín número 38 trajo noticias dramáticas: las fuerzas de Cundinamarca habían atacado el destacamento federalista en Hatoviejo. El comunicado, enviado por Eugenio de Elorga, describía el enfrentamiento, la toma del cuartel, la captura de diez prisioneros y algunas bajas (Correa, 1927, p. 43-44).
Hatoviejo, ese pueblo que solo quería vivir en paz, se había convertido involuntariamente en un campo de batalla.
General de las Armas de Cundinamarca José de Leyva.
El 15 de febrero de 1814, desde Tunja, el señor Juan José de Vargas escribió una carta a Nicolás Mesa, un vecino de Tibaná. La misiva tenía un propósito importante: Vargas había recibido la comisión de tomar el Juramento de Independencia en varios pueblos, incluyendo Ventaquemada, Boyacá, Hatoviejo, Turmequé, Úmbita y Tibaná. Pero había un problema: Vargas había sufrido un accidente —una patada de caballo— que le impedía cumplir la tarea (Garzón et al., 2010, p. 51).
Le pidió a Mesa que lo reemplazara, y este aceptó el 2 de marzo. Como resultado, se generó un expediente histórico con las dos cartas y las listas de firmantes en cada pueblo. En Hatoviejo, 277 vecinos firmaron el Juramento de Independencia. La lista ocupaba cuatro folios completos, y entre todas esas firmas estaba la de Nicolás de Mesa, quien había cumplido fielmente su misión (Correa, 1927, p. 47).
Según el reglamento del 10 de mayo de 1814, Hatoviejo formaba parte del departamento de Occidente de la República de Tunja, junto con poblados como Sora, Cucaita, Samacá, Turmequé, Úmbita, Gachetá, Lenguazaque, Ventaquemada y otros (Andez et al., 1971, citado en Garzón et al., 2010, p. 52).
En las veredas de Casa Blanca, San Pedro y Quincha, un hombre llamado Francisco López —a quien todos conocían como “Pacho Cucharo”— inauguró la primera curtiembre del municipio (Garzón et al., 2010, p. 72). Utilizaba cortezas de encenillo, roble y acacia para curtir los cueros, un proceso artesanal que requería conocimiento y paciencia.
Lo que Pacho Cucharo no podía imaginar era que estaba iniciando lo que se convertiría en la base de una importante industria local. Las curtiembres generarían empleo y prosperidad durante más de un siglo, aunque décadas después también traerían el problema de la contaminación del río. Pero en 1820, eso aún estaba muy lejos.
El 30 de abril de 1839 fue un día importante para la organización territorial de la Nueva Granada. Ese día, el Congreso emitió un decreto que cambiaría el mapa administrativo de la región: se creaba el Cantón de Ramiriquí. Para los habitantes de Hatoviejo, este cambio significaba que ahora pertenecerían a una nueva jurisdicción dentro de la provincia de Tunja (Ángel Suárez, 1986, p. 93, citado en Garzón et al., 2010, p. 85).
El decreto era claro: el Cantón de Ramiriquí estaría compuesto por nueve distritos parroquiales: Ramiriquí, Viracachá, Ciénega, Jenesano, Tibaná, Turmequé, Chiriví, Hatoviejo y Ventaquemada. La cabecera —es decir, el centro administrativo— se estableció en Ramiriquí, ese pueblo boyacense que hoy conocemos como cabecera de la provincia de Márquez (Correa, 1927, p. 52).
Para los campesinos y vecinos de Hatoviejo, estos cambios administrativos quizás parecían algo distante, asuntos de papeles y decretos que se decidían en lugares lejanos. Pero en realidad, estas reorganizaciones territoriales afectaban su vida cotidiana: determinaban dónde debían ir a resolver trámites legales, a qué autoridades debían acudir, con qué pueblos vecinos compartirían recursos y responsabilidades.
Cuatro años después, en 1843, llegó una reforma legislativa que reorganizó completamente la estructura administrativa del país. La Constitución de la Nueva Granada estableció un sistema de provincias divididas en cantones, y estos a su vez se subdividían en distritos parroquiales. Era como una muñeca rusa administrativa: cada nivel contenía al siguiente (Fernández et al., 1971, p. 6, citado en Garzón et al., 2010, p. 86).
Esta reforma reemplazó la antigua estructura de departamentos que había existido antes. Para Hatoviejo, el cambio fue significativo: dejó de formar parte del departamento de Occidente de Tunja para convertirse oficialmente en un distrito parroquial dentro del cantón de Ramiriquí, que a su vez estaba en la provincia de Tunja. El artículo 8º de la reforma legislativa de 1843 lo establecía formalmente (Correa, 1927, p. 53).
Puede parecer un simple cambio de nombre en los documentos oficiales, pero estas reorganizaciones reflejaban los intentos de la joven república por consolidar un sistema administrativo estable después de las turbulentas guerras de independencia.
En la sección de Instrucción Pública de la Gaceta de la Nueva Granada número 768, el Gobernador de Tunja publicó un anuncio que seguramente llenó de esperanza a muchas familias: se abrirían escuelas primarias para niños en varios distritos parroquiales, entre ellos Hatoviejo (Caicedo et al., 1845, p. 1, citado en Garzón et al., 2010, p. 88).
Junto con Hatoviejo, también se beneficiarían Turmequé, Ventaquemada, Tibaná, Ramiriquí, Chiribí, Guateque y Boabita. El anuncio del gobernador mencionaba que estas escuelas ya contaban con “un número considerable de alumnos”. Imagínense: niños caminando kilómetros desde sus veredas, cruzando quebradas, subiendo cuchillas, todo por llegar a esa escuela donde aprenderían a leer, escribir y contar.
En aquella época, la educación no era algo que se diera por sentado. Cada escuela que se abría representaba una victoria contra la ignorancia, una ventana al mundo para niños que de otra manera quizás nunca habrían aprendido a leer.
Ese mismo año es importante mencionar a Manuel María Franco, nacido en Guateque, Boyacá, en 1801. Aunque no era específicamente de Hatoviejo, su historia está entrelazada con la región. Era hijo de Pedro Ignacio Franco, quien había sido alcalde de Guateque, y de María Trinidad Martínez de Toro. Franco se destacó como militar y patriota durante la Independencia, sirviendo bajo las órdenes del mismísimo Simón Bolívar (Garzón et al., 2010, p. 89).
El año 1846 reveló algo curioso sobre Hatoviejo: sus habitantes no siempre estaban de acuerdo entre ellos. Ese año, enviaron dos solicitudes completamente contradictorias a la Cámara de Representantes. Una petición solicitaba que el distrito de Hatoviejo fuera agregado al cantón de Chocontá; la otra se oponía firmemente a esta medida (Caicedo et al., 1846, p. 1, citado en Correa, 1927, p. 55).
La respuesta del gobierno fue diplomática y salomónica: el 16 de agosto de 1846, la Gaceta de la Nueva Granada número 818 publicó que la Comisión de Legislación Administrativa había decidido archivar ambas representaciones. Era como decir: “Si no se ponen de acuerdo entre ustedes, nosotros no vamos a decidir por ustedes” (Garzón et al., 2010, p. 90).
¿Qué generaba esta división? Probablemente razones prácticas. Algunos vecinos pensaban que les convenía más pertenecer a Chocontá —quizás estaba más cerca, o tenían más vínculos comerciales con ese cantón. Otros preferían mantener el statu quo con Ramiriquí. Eran las tensiones normales de una comunidad tratando de decidir su destino.
Lo que estos habitantes de Hatoviejo no sabían era que, pocos años después, el asunto se resolvería definitivamente.
El 20 de abril de 1850, el Congreso Nacional tomó una decisión que cambiaría para siempre la identidad administrativa de Hatoviejo. Mediante una ley, se separó el distrito de Hatoviejo del Cantón Ramiriquí para agregarlo al Cantón Chocontá (Ibáñez, 1911, p. 579, citado en Garzón et al., 2010, p. 92). Con esta medida, Hatoviejo dejó de pertenecer a Boyacá y se incorporó definitivamente a Cundinamarca.
Era un cambio trascendental. De pronto, las referencias cambiaban: ya no miraban hacia Tunja sino hacia Bogotá. Sus vínculos administrativos, comerciales y culturales empezaron a reorientarse. Hatoviejo se volvía cundinamarqués.
Pero 1850 también marcó el inicio de uno de los episodios más oscuros y fascinantes de la historia del municipio. Ese año llegó a la alcaldía un hombre llamado Gregorio Castañeda, quien gobernaría el municipio hasta 1862. Y según el testimonio del cura párroco José Pascual Afanador —quien sirvió en Hatoviejo entre 1851 y 1865—, Castañeda era “una persona tramposa y deshonesta” (Correa, 1927, p. 60).
En 1850, la Plaza de la Constitución, ubicada en Bogotá, Colombia, se caracterizaba por la Casa de la Aduana (actualmente conocida como Palacio Cardenalicio) a la izquierda y el Colegio Nacional San Bartolomé (hoy Colegio Mayor de San Bartolomé) en la parte posterior.
Originalmente, esta plaza fue llamada Plaza Mayor, pero después de la Independencia en 1810, pasó a llamarse Plaza de la Constitución. Sin embargo, fue en 1846 cuando adquirió el nombre por el cual es conocida actualmente, la Plaza de Bolívar.
Afanador, cansado de presenciar los abusos del alcalde, tomó una decisión poco común para un sacerdote de aquella época: en 1860 publicó una “Manifestación Pública de cargos contra el alcalde de Hatoviejo”, que mandó imprimir en Bogotá. El documento, que se conserva en microfilm en el Fondo Pineda 758 de la Biblioteca Nacional de Colombia, es extraordinario: lee más como una novela de intriga que como un documento legal formal (Afanador, 1860, p. 7, citado en Garzón et al., 2010, p. 93).
La historia central del escándalo involucra a un hombre llamado Francisco Acosta, quien murió repentinamente en 1853 en un lugar llamado Sanabria. Acosta era un hombre de recursos: dejó tierras, un molino de trigo, ganado, casas y cultivos. En su casa, al momento de su muerte, se encontraba su sirvienta doméstica, una mujer llamada Tránsito López.
Y aquí es donde la historia se vuelve digna de una telenovela. Después del fallecimiento de Acosta, el alcalde Gregorio Castañeda apareció instalado en la casa del difunto junto a Tránsito López, “como si pretendiera sucederlo en todo y sin tener justificación legal para ello” (Correa, 1927, p. 61).
Castañeda, según la denuncia del cura Afanador, elaboró un documento falso —un papel sellado con fecha anterior— en el que supuestamente Francisco Acosta cedía todas sus propiedades a Tránsito López. Con este documento fraudulento, convenció a la mujer de que le otorgara una escritura de cesión de los bienes. Era un fraude elaborado, planificado.
Cuando Castañeda presentó la escritura al juez letrado de Chocontá para obtener la posesión legal de las propiedades, se encontró con un obstáculo: el juez era “una persona ilustrada y perspicaz” que olió la trampa y negó la solicitud (Garzón et al., 2010, p. 94). Pero Castañeda no se dio por vencido. Se dirigió al segundo juez parroquial de Hatoviejo —probablemente alguien más manipulable o menos preparado— y logró persuadirlo de que la escritura era válida.
La esposa legítima de Francisco Acosta intentó reclamar los bienes de su difunto esposo, pero no pudo evitar que Castañeda “consumiera los bienes muebles, semovientes y fungibles de la hacienda” (Correa, 1927, p. 62). Eventualmente, el señor Agustín Luque y su apoderado, el doctor Valentín Gálvez, representando a los herederos legítimos, llevaron adelante un largo pleito legal.
Este caso nos revela los oscuros rincones de la vida en un pueblo del siglo XIX: corrupción, documentos falsificados, jueces que podían ser persuadidos, viudas indefensas, alcaldes sin escrúpulos. Y nos muestra también la valentía del cura Afanador, quien se atrevió a denunciar públicamente estos abusos en una época donde desafiar a la autoridad civil podía ser peligroso.
El escándalo de Castañeda no terminó con el fraude de las propiedades de Acosta. En 1858 ocurrió algo aún más grave que reveló la verdadera dimensión de su negligencia e incompetencia.
Ese año, el 23 de mayo, se promulgó la Constitución Política para la Confederación Granadina, y el 16 de octubre se estableció el Código Político y Municipal del Estado de Cundinamarca. Administrativamente, Hatoviejo quedó confirmado como uno de los dieciséis distritos que componían el tercer circuito de Chocontá, dentro del departamento de Bogotá (Estado de Cundinamarca, 1858, p. 28, citado en Garzón et al., 2010, p. 96).
Pero lo que marcó profundamente ese año fue una epidemia de viruela que azotó a la población de Hatoviejo. La viruela, esa enfermedad terrible que desfiguraba a quienes sobrevivían y mataba a muchos otros, era el terror de aquella época. El arzobispo, consciente del peligro, encomendó específicamente al cura José Pascual Afanador la tarea de trabajar con sus feligreses para tomar precauciones y mitigar los estragos de la enfermedad.
El cura cumplió su deber con diligencia. Predicó desde el púlpito, visitó casa por casa, exhortó al pueblo a tomar medidas preventivas: la vacunación cuando estaba disponible, la separación de las personas infectadas en lugares apropiados para evitar contagios. Era sentido común, era responsabilidad de salud pública, era lo mínimo que se podía hacer (Afanador, 1860, p. 7, citado en Correa, 1927, p. 64).
Pero el alcalde Gregorio Castañeda “no tomó ninguna providencia en beneficio del pueblo” (Garzón et al., 2010, p. 97). Nada. Cero medidas. Los enfermos de viruela deambulaban libremente por la plaza y las calles, sus cuerpos cubiertos de las pústulas características de la enfermedad. Entraban a la iglesia para asistir a misa, confesarse, participar en las funciones de Semana Santa. El cura, con el corazón partido pero cumpliendo su deber pastoral, administraba públicamente el Viático a los enfermos —ese sacramento final que se daba a quienes estaban por morir.
Y lo más indignante: en ocasiones, el mismo alcalde Castañeda asistía a estas ceremonias, viendo con sus propios ojos el sufrimiento de su pueblo, y aun así no hacía nada. “A medida que la enfermedad se propagaba, nadie prestaba atención a las exhortaciones del cura” (Afanador, 1860, p. 7, citado en Garzón et al., 2010, p. 97).
¿Cuántas personas murieron por esta negligencia? ¿Cuántas vidas se habrían salvado con medidas básicas de salud pública? El documento del cura Afanador no lo especifica, pero entre líneas se lee la frustración, la impotencia, la rabia contenida de un pastor viendo morir innecesariamente a sus ovejas.
Un año después, en 1859, el país seguía reorganizándose. El Congreso de la Confederación Granadina publicó la ley del 8 de abril de ese año, estableciendo la división territorial para las elecciones. La ley apareció tanto en el libro oficial “Leyes y decretos expedidos por el Congreso Constitucional de la Nueva Granada” como en la Gaceta Oficial de la Confederación Granadina número 2.385 del sábado 16 de abril de 1859 (República de la Nueva Granada, 1859, p. 27, citado en Garzón et al., 2010, p. 98).
Según esta división, el Estado de Cundinamarca se dividía en diez círculos electorales. Hatoviejo pertenecía al tercer círculo, el de Chocontá, junto con otros quince distritos: Carupa, Cucunubá, Chocontá, Fúquene, Guachetá, Lenguazaque, Machetá, Manta, Paime, Sesquilé, Simijaca, Suesca, Susa, Tibirita y Ubaté (Correa, 1927, p. 66). Para los habitantes del pueblo, esto significaba saber a dónde ir a votar, qué autoridades los representarían, con qué otros pueblos compartirían circunscripción electoral. Eran los mecanismos mediante los cuales la naciente democracia colombiana intentaba funcionar.
Las décadas siguientes no fueron tranquilas para Colombia. Entre 1863 y 1877, el país vivió una guerra civil conocida como la “Guerra de las Escuelas” o “Guerra de los Curas” —nombres que reflejaban el conflicto fundamental entre liberales que querían una educación laica y conservadores que defendían la influencia de la Iglesia Católica en las escuelas.
Para 1876, según el historiador Ortiz Mesa, el Estado de Cundinamarca estaba dividido en siete departamentos, uno de ellos Ubaté. Hatoviejo formaba parte del departamento de Ubaté, que se componía de 17 distritos. En ese momento, Hatoviejo contaba con 5,109 habitantes —un crecimiento significativo desde los 2,259 que había registrado el censo de 1811 (Ortiz Mesa, 2004, p. 77, citado en Garzón et al., 2010, p. 102).
Ortiz Mesa describe el departamento de Ubaté, al cual Hatoviejo pertenecía, como un lugar donde “predominaron los sistemas campesinos e indígenas tradicionales, la propiedad campesina casi colonial; allí el conservatismo y la Iglesia católica arraigaron con fuerza” (Ortiz Mesa, 2004, p. 77). Era territorio conservador, católico, tradicional —exactamente el tipo de lugar donde las reformas educativas liberales encontrarían resistencia.
Y esa resistencia se manifestó en forma de guerrillas. Entre 1876 y 1877, una guerra de guerrillas se libró en Cundinamarca, Boyacá y Santander. Hatoviejo no se salvó de la violencia. Ortiz Mesa dedica un capítulo completo a la “Confederación de guerrillas conservadoras”, y menciona específicamente que la guerrilla de los Molina fue sometida en Hatoviejo. Se capturó a 14 prisioneros, incluyendo al famoso Agustín Molina, quien fue encarcelado en Zipaquirá (Ortiz Mesa, 2004, p. 155-157, citado en Correa, 1927, p. 68).
Pero la violencia continuó. El 26 de febrero de 1877, desde Chocontá se envió una expedición militar a Hatoviejo. Allí aprehendieron a “los cuatro famosos bandidos” —aunque para algunos eran bandidos y para otros eran héroes de la causa conservadora—: Vicente López, dos hombres de apellido Guacaneme y uno apellidado Rojas. Eran líderes de la guerrilla. Les confiscaron armas, caballos y monturas (Garzón et al., 2010, p. 103).
Imaginemos esas escenas: soldados llegando al pueblo, tiroteos quizás, familias escondidas en sus casas, el miedo en las calles. La guerra civil no era algo abstracto; llegaba directamente a la plaza, a la iglesia, a las casas de Hatoviejo.
Las guerras de 1885 trajeron más cambios administrativos. La Constitución fue modificada y Cundinamarca pasó de ser un estado independiente a convertirse en uno de los distritos federales de los Estados Unidos de Colombia —ese experimento federal que existió entre 1863 y 1886. El cambio se estableció por el Decreto 769 del 7 de noviembre de 1885 (Diario Oficial, 11 de noviembre de 1885, citado en Malagón, 2007, p. 282).
Poco después, el Decreto 53 del 16 de enero de 1886 dividió el Distrito Federal de Cundinamarca en 11 departamentos. Hatoviejo quedó dentro del “Departamento de Chocontá, con capital en Chocontá, compuesto por los Distritos de Cucunubá, Chocontá, Hatoviejo, Machetá, Manta, Suesca y Tibirita” (Garzón et al., 2010, p. 106).
Los Estados Unidos de Colombia fue un estado federal que existió en América del Sur entre 1863 y 1886, después de la disolución de la Gran Colombia. El país estaba compuesto por nueve estados soberanos y dos territorios federales.
Pero 1889 trajo algo mucho más emocionante que reorganizaciones administrativas: el descubrimiento de una mina de esmeraldas. El 1 de julio de ese año, tres señores —Pedro Antonio Sánchez, Lisímaco Galán y José Rivas Groot, vecinos de Hatoviejo y Bogotá— se presentaron ante el alcalde municipal Camilo Sánchez con una noticia asombrosa: habían descubierto una mina de esmeraldas en el sitio de Chinquira, específicamente en un punto conocido como “Agua Caliente” (Archivo personal del Dr. Édgar Sánchez Molina, citado en Garzón et al., 2010, p. 107).
El documento formal describía con precisión los límites de la mina: al este, el límite de la vereda de Chinquira con Bosavita; luego hacia el sur y sudoeste, lindando en parte con Bosavita y con la vereda de Joya de Chinquira; hasta encontrar el río que proviene de Albarracín, siguiendo su corriente hasta la quebrada de Tibatoque, y por esta hasta los límites con el departamento de Boyacá. ¿Hubo fiebre de esmeraldas en Hatoviejo? ¿Llegaron aventureros soñando con hacerse ricos? ¿Se explotó efectivamente la mina? Los documentos históricos no nos dan todos los detalles, pero podemos imaginar la emoción, las esperanzas, quizás las desilusiones que siguieron a este anuncio.
Ese mismo año de 1889 también marcó el inicio de algo que definiría la identidad espiritual del pueblo para siempre. Bajo la orientación del padre Manuel Anzola, quien servía como párroco en ese momento, se inició formalmente la construcción del templo parroquial actual (Garzón et al., 2010, p. 108).
La obra comenzó con la edificación del bautisterio —ese espacio fundamental para la vida sacramental del pueblo, donde se celebraba el primer sacramento de los recién nacidos. A partir de este proceso constructivo, la parroquia adoptó el nombre de San Juan Bautista, en honor al santo que más adelante sería reconocido como el patrono principal de Villapinzón (Correa, 1927, p. 70). Era un proyecto ambicioso. La construcción de una iglesia en aquellos tiempos era un esfuerzo comunitario que podía tomar décadas. Cada piedra, cada ladrillo, cada viga de madera representaba el trabajo, las donaciones, el sudor de toda una comunidad que quería dejarles a sus hijos un templo digno.
Después de la guerra de 1885, Hatoviejo comenzó a organizarse de manera más formal como municipio. Y una de las prioridades fue la educación. La Gobernación de Cundinamarca llevó a cabo la creación de varias escuelas en la zona —un esfuerzo sistemático por llevar la educación incluso a las veredas más alejadas (Fernández et al., 1971, p. 7, citado en Garzón et al., 2010, p. 110).
En 1890, según el artículo 6º del Decreto Nº 353, se creó la Escuela ‘La Joya’. En 1897 se establecieron dos escuelas más mediante el Decreto Nº 146: las de ‘Chinquira’ y ‘Moravita’ (esta última posteriormente conocida como Bosavita). Ese mismo año, el Decreto Nº 192 creó la Escuela de ‘Guangüita’. Y en 1898, el Decreto Nº 64 estableció escuelas urbanas para niños y varones (Correa, 1927, p. 72).
Estos nombres nos hablan de las veredas que componían el municipio: La Joya, Chinquira, Bosavita, Guangüita. Cada escuela significaba que los niños de esas veredas ya no tenían que caminar horas hasta el casco urbano para estudiar. Podían aprender en su propia comunidad. Estas iniciativas reflejaban un cambio de mentalidad: la educación se veía como “elemento clave para el desarrollo y progreso de la comunidad” (Garzón et al., 2010, p. 111). Ya no era un lujo para los hijos de las familias pudientes del pueblo; era un derecho que debía llegar a todos, incluso a los campesinos más humildes de las veredas.
Y llegamos a 1900, un año que quedaría grabado para siempre en la memoria colectiva de Hatoviejo. Del 11 al 26 de mayo de ese año tuvo lugar la Batalla de Palonegro, uno de los enfrentamientos más sangrientos de la Guerra de los Mil Días —esa terrible guerra civil que enfrentó a liberales contra conservadores y que dejó al país devastado.
Al frente de las fuerzas conservadoras estaba un hombre nacido en Hatoviejo el 1 de enero de 1856: el general Próspero Pinzón. Y contra todos los pronósticos, logró la victoria (Velandia, 1982, p. 2583-2584, citado en Garzón et al., 2010, p. 115).
Fotografía del general Próspero Pinzón.
Ubicado en el centro de el cementerio municipal del municipio de Villapinzón.
La historia sucede del viernes 11 al viernes 25, en mayo de 1900. Ahí sucedió la Batalla de Palonegro, una ofensiva entre el ejército liberal y el conservador. Durante la Guerra de los Mil Días, esta batalla aseguró el gobierno conservador.
En 1903, un hijo de Hatoviejo, el general Pedro Antonio Sánchez O. —quien también había hecho carrera en el ejército nacional—, presentó una petición a la Asamblea de Cundinamarca. Pedía algo sencillo pero profundamente significativo: cambiar el nombre del pueblo en honor al general Próspero Pinzón (Correa, 1927, p. 78).
La Asamblea aprobó la petición. Mediante la Ordenanza 10 de 1903, el municipio dejó de llamarse Hatoviejo —ese nombre colonial que evocaba los antiguos hatos ganaderos— y adoptó el nombre de ‘Pinzón’, en memoria del general Próspero Pinzón, hijo ilustre y vencedor en la Batalla de Palonegro (Garzón et al., 2010, p. 118).
Pero al año siguiente, en 1904, se hizo un ajuste. A través de la Ordenanza 18 de ese año, se agregó la palabra ‘Villa’ al nombre legal, quedando finalmente como ‘Villapinzón’ (Correa, 1927, p. 79). Era una forma de honrar la historia del pueblo —la ‘villa’ evocaba cierta antigüedad y distinción— mientras se rendía tributo al héroe local.
El arzobispo primado de Bogotá, Monseñor Bernardo Herrera Restrepo, decidió que las denominaciones eclesiásticas debían ser acordes con las civiles. Así que en 1904 cambió oficialmente el nombre de la parroquia de ‘Hatoviejo’ por el de ‘Villapinzón’ (Garzón et al., 2010, p. 119).
Ese mismo año de 1904 llegó a la parroquia un sacerdote que marcaría la diferencia: el padre Ismael Tellez. Este párroco “impulsó de manera decisiva el desarrollo arquitectónico del templo” (Garzón et al., 2010, p. 119). Bajo su liderazgo se proyectó una transformación profunda que buscaba consolidar una iglesia sólida, amplia y acorde con la importancia espiritual del municipio dentro de la diócesis. Lo primero en realizarse fue el bautisterio y donde hasta la fecha se encuentra.
El proyecto iniciado por el padre Manuel Anzola en 1889 cobraba ahora nuevo impulso. El padre Tellez soñaba con algo grande, algo que duraría generaciones. Y aunque la construcción tomaría décadas más, en 1904 ya se sentaban las bases de lo que sería el hermoso templo que hoy conocemos.
El historiador Pablo Sánchez tenía una misión: encontrar el documento original que probara cuándo exactamente Hatoviejo se convirtió en parroquia. A pesar de sus esfuerzos, ese documento parecía haberse perdido en el tiempo. Sin embargo, no se dio por vencido. Mantuvo correspondencia con personas que podían ayudarle, especialmente desde Tunja, y su persistencia dio frutos (Correa, 1927).
Un día recibió algo valioso: el archivero de la Curia le envió una “copia confrontada” —es decir, verificada contra el original— de un documento firmado por el presbítero Francisco A. Angulo, quien prestaba sus servicios en Villapinzón en aquella época. Este documento, aunque no era el que Sánchez buscaba originalmente, resultó ser una joya histórica porque describía con precisión los límites del municipio tal como se entendían en 1907 (Garzón et al., 2010).
Para nosotros hoy puede parecer extraño definir un territorio usando quebradas, cerros y ríos, pero en aquellos tiempos era la forma más práctica de establecer dónde terminaba un municipio y comenzaba otro. El presbítero Angulo describió los límites de Villapinzón de manera detallada, casi como si estuviera guiando a alguien por el territorio:
Fotografía de la construcción de la iglesia, en este caso la nave central.
Hacia el sur, el pueblo limitaba con las vecinas parroquias de Chocontá y Lenguazaque. El documento original explicaba que el límite partía desde donde se juntan las quebradas de Suatama y Peñasblancas —también conocida como quebrada de los Alcaparros—, y desde allí subía por la cordillera de Piedra-Ventana hasta alcanzar un lugar llamado “El Hueco”. Luego descendía hacia el occidente siguiendo una cuchilla hasta encontrarse con las aguas de la quebrada de Casablanca o Las Motuas, seguía aguas abajo hasta desembocar en el río Funza (hoy conocido como río Bogotá), y continuaba por ese río hasta el punto donde desagua la quebrada de Guangüita, sitio que llamaban “punto de Fidia” (Correa, 1927, p. 45).
Al occidente, Villapinzón compartía fronteras con Lenguazaque y Guachetá. Esta línea imaginaria comenzaba en el punto conocido como Lomagorda y seguía el río Funza aguas arriba —es decir, en sentido contrario al flujo del agua— hasta llegar al mismísimo nacimiento del río en el páramo de Guachaneque, allá arriba en la sierra donde el agua brota de la tierra (Garzón et al., 2010, p. 78).
Al norte, los vecinos eran las parroquias de Padua (que hoy conocemos como Ventaquemada), Turmequé y Úmbita. El límite descendía desde el punto de La Sierra hacia Piedra-Caliente, seguía una rastra —un sendero marcado— hasta la cima del alto de El Chochal, luego bajaba hacia el oriente pasando por el Zarzal y siguiendo una cañada aguas abajo hasta juntarse con el río Albarracín. De allí, el río mismo servía de frontera hasta encontrar la quebrada de Cruz-Colorada en el sitio de Chinquira. Luego el límite subía por esa quebrada hasta su nacimiento en el cerro de El Valle, pasando por lugares con nombres evocadores como Los Bancos, Las Arenas, Lomagorda y El Quitasol, hasta finalmente llegar al cerro de Los Cristales. Curiosamente, estos mismos límites también marcaban la frontera entre los departamentos de Boyacá y Quesada (Correa, 1927, p. 46).
Al oriente, Villapinzón lindaba con La Capilla de Tenza y Tibirita. Esta línea fronteriza partía desde el cerro de Los Cristales, descendía hacia el sur buscando el nacimiento de la quebrada del Convenio, seguía esa quebrada aguas abajo hasta que se encuentra con la quebrada de Juatama, y continuaba hasta juntarse con la quebrada de Peñasblancas, cerrando así el círculo y regresando al punto de partida (Garzón et al., 2010, p. 79).
Esta descripción tan minuciosa que nos dejó el presbítero Francisco A. Angulo es más que un simple documento administrativo. Es un testimonio de cómo nuestros antepasados entendían y sentían su territorio, usando los elementos naturales del paisaje como referencias vivas de su mundo (Correa, 1927).
Por esos mismos años, la comunidad de Villapinzón estaba trabajando en algo que marcaría para siempre la identidad del pueblo: la construcción de su iglesia parroquial. Las fotografías antiguas que se conservan en archivos familiares y que hoy podemos ver digitalizadas en grupos de Facebook dedicados a la historia del municipio, muestran la construcción de la nave central. Son imágenes conmovedoras: hombres con sus herramientas rudimentarias, mujeres llevando agua, todos trabajando juntos para levantar ese templo que sería el corazón espiritual del pueblo (Fotografías Históricas Villapinzón, s.f.).
El sitio escogido para la nueva iglesia tenía un significado especial: allí mismo había estado la primera capilla de Hatoviejo, aquella modesta construcción que Francisco de Vargas Figueroa había mandado edificar décadas atrás. Era como si el pueblo quisiera honrar sus orígenes mientras construía su futuro (Garzón et al., 2010).
Sitio donde se construyó la primera capilla de Hatoviejo.
El año 1908 marcó un hito fundamental en la historia del municipio. Hasta ese momento, aunque la gente ya llamaba al pueblo Villapinzón en honor al general Próspero Pinzón —héroe de la Batalla de Palonegro—, el nombre oficial seguía siendo Hatoviejo, ese nombre colonial que recordaba los antiguos hatos ganaderos de la región.
Todo cambió cuando el gobierno nacional puso en marcha la Ley 1ª de 1908, que trataba sobre la división territorial del país, y el Decreto 916 del 31 de agosto del mismo año. Estas disposiciones legales le dieron validez plena a las ordenanzas departamentales de 1903 y 1904 que ya habían propuesto el cambio de nombre. Así, mediante un acto oficial, Hatoviejo dejó de existir en los registros y nació legalmente Villapinzón (Correa, 1927, p. 58).
No fue solo un cambio de letras en un papel. Fue el reconocimiento formal de una nueva identidad, de una comunidad que quería honrar a sus héroes y mirar hacia adelante. Desde ese día, Villapinzón se convirtió en la denominación legal y oficial del municipio, el nombre que aparecería en todos los documentos, mapas y registros (Garzón et al., 2010, p. 95).
Ese mismo año de 1908 también se completó un proyecto de infraestructura que transformaría la vida del municipio: la primera vía pavimentada que conectaba Bogotá con Tunja. Este camino —una hazaña de ingeniería para su época— cruzaba directamente por lo que hoy conocemos como la carrera 5, siguiendo la antigua vía a Peña Sanabria (Garzón et al., 2010, p. 96).
Para los habitantes de Villapinzón, esta carretera significaba mucho más que piedras y cemento. Era la conexión con el mundo exterior, la posibilidad de llevar sus productos agrícolas a los mercados de la capital, de traer mercancías desde Tunja, de que sus hijos pudieran estudiar en las ciudades grandes sin que el viaje fuera una odisea. Era, en pocas palabras, el puente entre el aislamiento y la modernidad.
Hoy en día, más de un siglo después, todavía se pueden ver tramos de esa antigua carretera pavimentada. Son testigos silenciosos de una época en que cada kilómetro de camino representaba días de trabajo, sueños de progreso y la esperanza de un futuro mejor para el pueblo (Correa, 1927).
Los años 1907 y 1908, aunque puedan parecer solo dos años más en el calendario, fueron fundamentales para consolidar la identidad de Villapinzón. La documentación precisa de sus límites territoriales, el cambio oficial de nombre, la construcción de su iglesia y la llegada de la carretera pavimentada marcaron el cierre de una época colonial y el inicio de una nueva era.
Estos acontecimientos, cuidadosamente documentados por historiadores como Ramón C. Correa en 1927 y más tarde por Garzón y su equipo en 2010, nos permiten hoy entender cómo un pequeño pueblo cundiboyacense fue tejiendo su historia, paso a paso, generación tras generación, hasta convertirse en el municipio que conocemos hoy: cuna del río Bogotá, tierra de trabajadores, guardián de la memoria del páramo de Guachaneque.
El contenido histórico y heráldico de este portal se sustenta en las siguientes fuentes documentales y académicas, las cuales garantizan la veracidad de la información patrimonial del municipio de Villapinzón, Cundinamarca:
Sánchez Molina, E. E. (2021). Hato Viejo “Villapinzón”: Una historia más allá de los recuerdos. Villapinzón, Colombia: Editorial Ave Viajera S.A.S.
Acceder al documento de investigación en formato PDF
Escobar, L. A. (ca. 1985). Villapinzón. Bogotá, Colombia: Biblioteca Luis Ángel Arango, Banco de la República.
Consultar registro en la Biblioteca Virtual del Banco de la República
Molina Prieto, L. F. (Comp.). (2015). Villapinzón, cuna del río Bogotá. Villapinzón, Colombia: Alcaldía Municipal de Villapinzón.
Ver publicación oficial en el repositorio digital Issuu
Correa, R. C. (1927). Historia de la Provincia de Tunja desde su fundación hasta 1817. Bogotá: Academia Colombiana de Historia.
Garzon, [nombre completo a verificar], et al. (2010). Monografia de Villapinzón. Cundinamarca: Gobernación de Cundinamarca / Alcaldía de Villapinzón.
Velandia, R. (1982). Enciclopedia histórica de Cundinamarca. Bogotá: Contraloría de Cundinamarca.
Ortiz Mesa, L. J. (2004). Obispos, clérigos y fieles en pie de guerra. Medellín: Universidad Nacional de Colombia.
Sanchez Molina, E. E. (2021). Hato Viejo 'Villapinzón': Una historia más allá de los recuerdos. Villapinzón: Editorial Ave Viajera S.A.S.
Escobar, L. A. (ca. 1985). Villapinzón. Bogotá: Biblioteca Luis Ángel Arango, Banco de la República.
Molina Prieto, L. F. (Comp.). (2015). Villapinzón, cuna del río Bogotá. Villapinzón: Alcaldía Municipal.