Esa historia está inspirada en los conocimientos orales de un curtidor del municipio Villapinzón, un guardián que, gracias a la memoria enriquecida con variedad de documentos históricos, nos relata de dónde proviene la cultura del cuero en Villapinzón, fusionando la esencia artesanal hasta las empresas marroquineras, transforman el cuero. Aquí el arte de curtir trasciende generaciones, evolucionando desde los rituales puros como el amanecer andino hasta las batallas modernas contra venenos invisibles y gigantes globales.
Los abuelos eran quienes le contaban y ellos indicaban que eran celosos con el curtido, desde 1918, cuatro o más generaciones atrás pero las raíces siempre están en lo más profundo en la era colonial cuando las primeras prácticas de europeas, traídas por los españoles y marroquíes , en la cuenca del río Bogotá, y a orillas del río Funza Bogotá fue identificado un territorio ideal gracias a su abundancia de agua fresca como lágrimas de montaña, se instalaron las primeras curtiembres las cuales usaban cal viva que quema como el sol en mediodía, corteza encenillo, el cual es rico en titanios y usado también para curar fiebres en el ganado como un bálsamo milagroso, y las cuchillas de frío reverso que cortan como susurros letales para transformar las pieles en utensilios y calzado que duran mucho tiempo.
En la vereda de San Pedro por Casablanca, emergieron las primeras tenerías como pozos míticos de transformación, huecos excavados en la Tierra donde los pueblos se sumergían en agua con cortezas para un curtido artesanal y puro. En aquel entonces no había contaminación, todo era natural, como un ritual ecológico heredado de la Europa colonial, conocido como tenería, los cueros al tanino, salían listos, enrollados en paquetes de 6 hojas, y se vendían al peso en mercados como Garagoa, Tunja y Guateque, donde muchas veces el trueque era como el rey en un bazar medieval. En Villapinzón, este oficio no solo vestía a la gente, sino que te guía lo social como un telar invisible, con tenerías que databan de principios del siglo xx, cuando la población apenas superaba los 5000 habitantes, un municipio pequeño que producía desde sus industrias, generando trabajo y progreso. Fuentes históricas confirman que estas prácticas, transmitidas generacionalmente, son un legado inquebrantable, que posicionaron en algún momento a Villapinzón como un epicentro, aunque el boom de más de 100 curtiembres llegó en las décadas siguientes como una ola imparable. La primera curtiembre en Villapinzón, según informa doña Amparo Angel en el libro Villapinzón del maestro Luis Antonio Escobar dice: “La primera curtiembre en Villapinzón se inició hacia 1820 con don Francisco López, apodado ‘Pacho Cucharo', y desde 1880 se propagó el oficio con los primeros curtidores. Estos primeros curtidores transmitieron sus técnicas a sus hijos y nietos. En un comienzo se ubicaron en las veredas de Casa Blanca, San Pedro y Quincha, zonas montañosas y ricas en aquel entonces en especies nativas como el encenillo, roble y acacia que contienen extractos tónicos que utilizaron para curtir las pieles que movilizaron a lomo de bueyes de carga o a las espaldas. Debido a los caminos y trochas, los curtidores resolvieron instalarse en las riberas del río Bogotá, facilitándose el transporte de pieles, de materias primas y del producto terminado para su comercialización.
El proceso de curtición era muy rudimentario y pocas modificaciones se presentaron hasta el año de 1960: se trabajaba los medios y la vaqueta que llamaban “chocontana”, materiales utilizados para la elaboración de alpargatas, cotizas y para talabartería, como un arte simple heredado de abuelos. Las pieles se compraban en Bogotá y municipios vecinos de Cundinamarca y Boyacá, y al agotar las especies locales que contenían tanino –ese elixir natural de árboles como el encenillo–, localizaron buenas cantidades en los bosques de Arcabuco, organizando comerciantes que traían bultos de corteza a los curtidores, materia prima fundamental en ese viejo proceso que parecía eterno. La maquinaria y herramientas utilizadas eran muy sencillas, como un banco para descarne, una cuchilla de descarnar de dos mangos con borde cóncavo para raspar y uno convexo para cortar –un dúo versátil como un cuchillo suizo colonial–, un molino mecánico para triturar la corteza, una alberca o fosa excavada en la tierra, una mesa, una estira de bronce o cobre con empuñadura de madera, piedras de dos y tres arrobas como anclas pesadas, agujas y cuerdas de fique que unían todo como hilos de una red familiar.
A lo largo del tiempo, gracias a las industrias, se trajeron los primeros químicos como una plaga industrial que, irónicamente, aceleraba el trabajo: tales como ácido sulfúrico, sulfatos y aceleradores que acortaron el proceso que antiguamente tardaba 3 meses a tan solo 8 días, un atajo mágico que ocultaba su veneno. Todos estos residuos, muchos de ellos tóxicos, tuvieron que ser vertidos a las corrientes del río Funza-Bogotá, envenenando lo que antes nutría. En los años 50 y 60, Villapinzón tuvo un auge de emprendimientos en base a las industrias de procesamiento del cuero, pero este crecimiento desordenado contaminó poco a poco este río con vertimientos de materiales tóxicos, convirtiendo aguas cristalinas en lodos contaminados, debido al bajo conocimiento ambiental y una producción empírica que primaba sobre la técnica. Datos alarmantes del año 2018 indican que 23 curtiembres fueron selladas por contaminación, y solo 30 de más de 100 operaban legalmente, en una hiperbólica caída donde la abundancia llevaba a la escasez. Esa transformación, que entonces aceleraba la producción para mercados como el calzado y la marroquinería –un boom que alimentaba bocas pero envenenaba venas–, erosionó el equilibrio ambiental, impulsando fallos judiciales como el de 2014 para descontaminar el río Bogotá. Según Diana Aguilar, con la implementación de nuevos equipos, tecnologías limpias y buenas prácticas operativas, así como el cálculo de la huella hídrica, una de estas empresas ha reducido casi el 99% de su impacto ambiental sobre el río Bogotá, reutiliza entre el 70 al 80% del agua y ha disminuido el consumo en un 50%, pasando de 1.100 litros de agua por piel a 550, un triunfo paradójico donde la contaminación engendra su propia cura.
Un desafío permanente ante la contaminación del rio Funza Bogotá
Esta evolución enfrenta desafíos ambientales y económicos, pero también avances en sostenibilidad. El crecimiento desordenado de décadas pasadas contaminó gravemente el río Bogotá con residuos químicos, llevando a un fallo judicial clave en 2014 que ordenó su descontaminación total, impulsando regulaciones estrictas contra vertimientos tóxicos y obligando a las curtiembres a adoptar prácticas limpias. En 2018, 23 curtiembres fueron selladas por contaminación, y solo 30 de más de 100 operan legalmente, con multas y cierres que han reducido el número de empresas a unas 74 activas, que aportan el 0.27% al PIB nacional y el 2.17% al sector manufacturero, sosteniendo el 50% de la economía local y el 60% de las familias. Empresas como Italcur lideran la transición: con tecnologías limpias, cálculo de huella hídrica y buenas prácticas, han reducido su impacto ambiental en un 99%, reutilizan el 70-80% del agua y bajaron el consumo de 1.100 a 550 litros por piel. Sin embargo, la crisis persiste por competencia de sintéticos chinos, la guerra comercial EE.UU.-China que reduce demanda, sobreproducción brasileña tras la aftosa, contrabando venezolano y cambios en modas; programas como Producción Más Limpia (PML) desde 2014 buscan equilibrar tradición con ecología, asegurando que el cuero de Villapinzón siga siendo un orgullo nacional.
El presente artículo técnico-histórico se fundamenta en el cruce de tradición oral recolectada en el municipio de Villapinzón y el análisis de la siguiente base documental:
1. Fuentes Académicas e Investigativas
Aguilar, D. (2024). Implementación de tecnologías limpias y cálculo de huella hídrica en la industria del cuero: Caso de estudio Villapinzón. Bogotá: Universidad El Bosque.
Farfán Pinzón, N. M. (2015). Impacto socioeconómico y ambiental de las curtiembres: Caso Villapinzón (Cundinamarca). Revista Colombiana de Salud Pública. Acceder al artículo científico en SciELO.
Fernández Monroy, E. G. (2026). TecnoCultura Cundinamarquesa: Difusión del patrimonio histórico-cultural a partir de recursos transmedia en el Municipio de Villapinzón. Tesis de Maestría, Facultad de Educación, Universidad El Bosque.
2. Fuentes Históricas y Literarias
Escobar, L. A. (ca. 1985). Villapinzón. Bogotá, Colombia: Biblioteca Luis Ángel Arango, Banco de la República. (Incluye testimonios de doña Amparo Ángel sobre el origen de las curtiembres en 1820). Consultar en Biblioteca Virtual.
Molina Prieto, L. F. (Comp.). (2015). Villapinzón, cuna del río Bogotá. Villapinzón, Colombia: Alcaldía Municipal de Villapinzón. Ver publicación en Issuu.
3. Documentación Oficial y Regulatoria
Alcaldía Municipal de Villapinzón. (2014). Plan de Producción Más Limpia (PML) para el sector de curtiembres en la cuenca alta del Río Bogotá.
Consejo de Estado de Colombia. (2014). Fallo de Acción Popular para la Recuperación y Descontaminación del Río Bogotá. [Consulta de sentencia judicial].
Gobernación de Cundinamarca – Secretaría de Competitividad. (2019). Diagnóstico del sector manufacturero y marroquinero en la provincia de Almeidas. Portal institucional.
4. Fuentes Primarias (Tradición Oral)
Monroy, P. (2025). Entrevista sobre el legado de la curtiduría artesanal y la evolución de las tenerías en Villapinzón. Registro de audio y transcripción para el proyecto TecnoCultura.