La historia de las curtiembres y la industria del cuero en Villapinzón, Cundinamarca: origen, auge y transformación de una tradición que definió al municipio. Pocas cosas identifican tanto a Villapinzón como el olor inconfundible al cuero trabajado a mano. Desde mediados del siglo XX, las curtiembres y los talleres de marroquinería se convirtieron en el motor económico del municipio, proyectando su nombre más allá de las fronteras de Cundinamarca. Esta es la historia de una industria que nació de la necesidad, creció con el esfuerzo de familias enteras y se convirtió en símbolo del emprendimiento villapinzonense. Hablar de la lana en Villapinzón es hablar de memoria viva. No es una industria que llegó de afuera ni una moda pasajera, sino algo que está en el ADN de este municipio del altiplano cundiboyacense desde hace siglos. Cuando caminas por las calles del pueblo y ves a alguien con una ruana de franjas negras y rojas, estás viendo cinco siglos de historia condensados en una prenda. Estás viendo las manos de generaciones enteras que aprendieron a torcer hilos antes de aprender a escribir, que sobrevivieron al frío de estas montañas gracias al calor de la lana que ellos mismos tejían.
Los muiscas ya vivían aquí cuando llegaron los españoles en el 1500 y pico. Ellos usaban fibras vegetales para hacer mantas, pero cuando los colonizadores trajeron las ovejas merinas de Europa, todo cambió. Las mujeres indígenas y mestizas captaron rápido la técnica del hilado y tejido. Adoptaron el telar de cintura que ya conocían y también aprendieron a usar el telar de pedales que traían los europeos. A casi 3,000 metros de altura, donde el frío pela de enero a diciembre, tejer lana no era un lujo sino una necesidad. Las familias empezaron a criar ovejas en las veredas altas y a procesar la lana en casa. Eso fue más o menos entre 1600 y 1700, aunque no hay registros exactos porque en ese tiempo nadie escribía mucho sobre lo que pasaba en un pueblito perdido entre montañas.
Ya para mediados del 1800 el hilado de lana era cosa de todos los días. Prácticamente en cada casa campesina de Villapinzón había alguien hilando. Las mujeres caminaban al mercado con el huso en la mano, hilando mientras conversaban o vigilaban a los niños. Los críos aprendían desde chiquitos a "torcer" los hilos en unos ganchos grandes para que quedaran más resistentes. Los hombres se iban para las veredas de San Pablo, Soatama y Bosavita a esquilar las ovejas una vez al año. Todo era un trabajo en equipo. Se tejían ruanas, esas que parecen ponchos pero se llaman ruanas acá; cobijas bien gruesas para aguantar las heladas; monteras y gorros; costales para cargar papa; alforjas para las mulas. Los colores venían de la naturaleza: negro sacaban del añil, café de la corteza de nogal, amarillo de la chilca, rojo de la cochinilla. Todo natural. Nada de químicos.
Entre 1900 y 1940 empezaron a aparecer nombres propios en esta historia. Antes todo era más anónimo, pero en esas décadas surgieron los primeros maestros reconocidos. Alejandro Moreno fue uno de los pioneros. Luis Riaño fue otro grande: él había aprendido el oficio allá en Madrid, Cundinamarca, y cuando se vino para Villapinzón trajo esas técnicas y montó uno de los primeros talleres formales. Ya no era solo tejer en la casa para la familia, sino producir en cantidad para vender. Las familias Pinzón, Otálora, Quevedo, González, Parra y Contreras también se destacaron en esa época. Esos apellidos se volvieron sinónimo de lana de calidad.
Pero hubo más familias que dejaron huella. La familia Barriga, especialmente Pastor Barriga y su hermano, llegaron de Ubaté y montaron uno de los primeros talleres con telares "modernos" en el pueblo, por ahí en los años veinte. Ese taller quedaba donde hoy vive la familia Farpón, justo frente al puesto de salud. Ángel Celis trabajaba con ellos. Esos telares nuevos tejían la ruana completa de una sola pasada, sin necesidad de hacer dos telas angostas y luego coserlas en el medio. Eso revolucionó la producción porque se ahorraba tiempo y las ruanas quedaban más bonitas, sin esa costura que antes se veía en el centro.
La familia Chávez fue clave. Don Carlos Chávez tuvo un taller importante y enseñó el oficio a muchísima gente joven del pueblo. Su hijo Lucho siguió la tradición. Leopoldo Chávez, al que le decían "el de la cebolla" porque vendía cebollas en la plaza, también comerciaba lana. Manuel Chávez, el papá de don Valentín, era otro tejedor respetado. Los García fueron otros grandes comerciantes: Luis García, Próspero García y Agapito García tenían locales donde compraban lana hilada y la vendían en Bogotá. Agapito tenía su negocio en toda la esquina, frente a donde vivía don Zamora.
En las veredas también había maestros tejedores. Pedro Bolívar, al que todos conocían como "tío Pedrito", era uno. Gregorio Campos allá en Chasquez era otro. Don Celso, el papá de don Valentín, también tejía. Había telares repartidos por todo el municipio. Un dato: en 1970 había 36 telares registrados oficialmente. La mayoría eran familiares, ahí en las casas de las veredas, pero producían bastante. No eran fábricas, pero entre todos movían una economía que mantenía a cientos de familias.
Los lisos son las hebras que se ven en el telar.
Hilo de lana.
Ruana de lana.
Telar de lana.
Las Cardas
Maquina para hilar la lana
Cardadora
Rueda De Hilar
El negocio de la lana funcionaba como un triángulo perfecto entre tres pueblos. Chocontá era el matadero principal de la región. Ahí sacrificaban ovejas todos los días en la plaza de mercado. Los comerciantes de Villapinzón iban cada semana y compraban los "cueros lanados", que eran las pieles recién sacadas del animal con toda la lana pegada. También compraban "pergaminos", que eran cueros secos que ya estaban listos para quitarles la lana. Se reunían veinte, treinta cueros por viaje.
Las familias intermediarias, como los Monroy y los García, compraban esos cueros, les quitaban la lana sucia y se la vendían a las hilanderas del campo. Estas señoras del campo lavaban la lana con agua fría, la cardaban con unas tablas llenas de púas, la hilaban con huso y rueca. Después volvían y se la vendían ya lista a los mismos comerciantes que se las habían dado. Y los comerciantes finalmente la vendían a los tejedores locales o se la llevaban a Bogotá.
En Bogotá había talleres grandes que hacían tapetes. La mayoría de la lana villapinzonense terminaba convertida en alfombras en fábricas de Chapinero y otros barrios. "La Colombiana de Cultivos" era una empresa importante que compraba mucha lana acá. También había talleres que hacían ruanas y cobijas, pero eran menos. Un habitante del municipio que aprendió el oficio de niño recuerda: "Mi mamá compraba los cueros en Chocontá, les quitaba la lana y la vendía a las señoras del campo. Ellas hilaban y volvían y se la vendían a mi mamá. Ella les compraba la lana y la vendía en Bogotá, donde hacían tapetes, ruanas, todo eso."
Entre 1940 y 1970 esto fue oro puro. La lana villapinzonense tenía fama en todo el país. Una "pesa" de lana hilada —eso era como doce libras— se vendía a cincuenta pesos de esa época, que era plata buena. Nemesio Castiblanco era un comprador grande que venía cada ocho días y se llevaba bultos enteros para Bogotá. La Cooperativa de Ahorro y Crédito de Villapinzón absorbía la mayor parte de lo que se producía y lo distribuía a nivel nacional. Se tejían miles de ruanas al año. Miles. Con esas franjas negras y rojas que todavía hoy identifican la ruana típica de acá.
Las hilanderas trabajaban en sus casas mientras hacían oficio o cuidaban niños. Era normal ver a una señora caminando al mercado con el huso dando vueltas, torciendo lana. Los niños ayudaban después de la escuela. Los hombres esquilaban en enero o febrero, cuando pasaban las lluvias y la lana ya estaba larga. Todo el mundo tenía algo que ver con la lana. Era la economía del pueblo.
Teñir la lana era todo un arte. Hasta los años cuarenta, cincuenta, todo era con colorantes naturales. El negro salía del añil. El café de la corteza de nogal. El amarillo de la chilca. El rojo de la cochinilla o la uvilla. Pero el truco no estaba solo en el colorante sino en el "mordiente", que es lo que hace que el color se fije y no se suelte cuando laves la prenda.
El mordiente más usado acá era algo que nadie se imagina: los conchos de cerveza. Sí, lo que quedaba en el fondo de las botellas después de que la gente tomaba. En Villapinzón siempre ha habido afición por la cerveza, entonces los lunes en la mañana las señoras madrugaban a las tiendas a escurrir las botellas que quedaban del fin de semana. Con esa mezcla de cerveza y sedimento se fijaban los colores. También usaban orines humanos porque tienen ácido úrico que funciona como mordiente. Suena raro ahora pero en ese tiempo era lo normal.
Ya después, como en los años cuarenta, apareció un señor llamado Teófilo Rubiano que era ingeniero químico. Trabajaba en "Col Químicos" allá en Bogotá y en unas tintorerías de Cajicá. Ese señor venía seguido a Villapinzón a enseñarles a los tejedores cómo usar colorantes industriales. Les explicaba las proporciones, los tiempos de cocción, todo. Él fue el que introdujo formalmente los tintes químicos modernos. Con sulfato de hierro sacaban gris. Con sulfato de cobre sacaban verde. Con alumbre o sulfato de aluminio sacaban amarillo brillante. Las hojas de eucalipto también se usaban mucho: dependiendo del mordiente que le echaras, podían dar amarillo, gris o verde. Tres colores diferentes de una misma hoja.
La transición de natural a químico tomó como veinte, treinta años. No fue de un día para otro. Algunos maestros se pasaron rápido a lo industrial porque era más fácil y más barato. Otros siguieron con lo natural hasta los setentas, ochentas. Y ahora en el siglo veintiuno algunos han vuelto a lo natural por el tema del turismo cultural y la artesanía ecológica.
El conocimiento del tejido pasaba de abuelos a nietos, de tíos a sobrinos. No había escuelas ni cursos. Era pura práctica. Los niños empezaban a ayudar como a los diez, doce años. Primero con las cosas básicas: separar lanas por color, torcer hilos, preparar los conchos de cerveza para teñir. Después aprendían a cardar y a hilar. Y finalmente, si tenían paciencia y habilidad, llegaban al telar.
Un habitante del municipio que hoy tiene más de sesenta años cuenta que él aprendió a los catorce con una señora que se llamaba Zoila Cárdenas. Ella vivía por donde ahora es el barrio 20 de Julio y hacía unos tapetes chiquitos que la gente usaba para arrodillarse en la iglesia. Se llamaban "tapetes de rodillero". Zoila teñía la lana con colorantes y la fijaba con conchos de cerveza. "Ella fue la que me enseñó todo," dice este habitante. "Trabajé con ella como seis meses hasta que agarré bien el hilo. Después don Carlos Chávez me dio trabajo en su taller y ahí terminé de aprender las cobijas y las ruanas."
Don Carlos Chávez, el papá de Lucho, era de los maestros más respetados del pueblo. Su taller quedaba en el centro y ahí pasaron decenas de muchachos a aprender. Algunos duraban años, otros solo meses. Pero todos los que salían de ahí salían sabiendo. Esa red de maestros y aprendices era también una red de amistades y parentescos. El muchacho que aprendía con don Carlos se hacía amigo del hijo de don Carlos. Después tal vez uno de ellos se casaba con una prima del otro. Así se tejían no solo ruanas sino familias enteras conectadas por el oficio.
Había una distinción que ahora ya nadie usa pero que antes importaba: las "mantas" eran las cobijas de colores, con diseños, con franjas. Las "cobijas" eran las blancas o del color natural de la lana, sin teñir. Los tapetes podían ser pequeños como los de Zoila o enormes de dos por tres metros, de tres por tres incluso. Esos grandes tomaban días enteros de trabajo sin parar.
Las ruanas se tejían antes en telares viejitos que hacían dos telas angostas que después tocaba coser en el centro. Esas ruanas antiguas tienen una costura que las atraviesa de arriba a abajo. Todavía se ven algunas por ahí porque duran muchísimo. Los telares modernos que llegaron en los años veinte, treinta, tejían la ruana completa de una, sin costura. Eso cambió todo porque era más rápido y quedaba mejor acabado.
En los ochenta todo se vino abajo. Empezaron a llegar textiles baratos de China, de otros países asiáticos. Ruanas industriales hechas con fibras sintéticas que valían la mitad o menos de lo que valía una ruana de lana pura. La gente prefería lo barato. Los jóvenes ya no querían aprender porque veían que tejer una ruana tomaba días y pagaba poco. Mejor irse a Bogotá a trabajar en construcción o en una empresa, ganando un salario fijo. Muchos telares se guardaron en bodegas y ahí se quedaron comiendo polvo. Familias enteras dejaron el oficio.
Algunos maestros aguantaron. Siguieron tejiendo aunque ya no vendieran tanto. Lo hacían más por orgullo, por no dejar morir la tradición, que por plata. La Cooperativa de Ahorro y Crédito cerró esa línea de comercialización. Nemesio Castiblanco ya no venía. Los talleres de Bogotá empezaron a comprar lana industrial procesada en máquinas. Fue una época dura.
Pero la historia no terminó ahí. Desde finales de los noventa y sobre todo en los dos mil para acá ha habido un regreso. La gente empezó a valorar lo artesanal otra vez. Los turistas buscan productos auténticos, hechos a mano, con historia. Artesanos como Milciades Castro y Lina Fernández agarraron esa onda y empezaron a fusionar las técnicas viejas con diseños nuevos, modernos. Crearon marcas que combinan lana con cuero —que es otra tradición fuerte de acá— y las venden en ferias de Bogotá, en tiendas de aeropuerto, en exposiciones internacionales.
La Alcaldía de Villapinzón y la Gobernación de Cundinamarca metieron la lana del municipio en la "Ruta del Dorado", que es un circuito turístico artesanal. En las ferias de ExpoCundinamarca y AgroVillapinzón se venden miles de piezas cada año. No son las cantidades de antes, pero la industria vive. En 2015 se calculaba que se producían como 4,944 ruanas, 1,352 cobijas, 208 mantas y 108 tapetes al año. Es apenas una fracción de lo que se tejía en los sesentas, pero significa que la tradición aguantó el golpe y sigue en pie.
Los maestros viejos, los que aprendieron de niños allá por los años cincuenta, sesenta, son ahora los guardianes del conocimiento. Enseñan a quien quiera aprender. Algunos prometen hacer tapetes al estilo antiguo, esos de rodillero que hacía Zoila Cárdenas, solo para que quede registro fotográfico antes de que se olvide cómo se hacían. Están conscientes de que lo que ellos saben puede morir con ellos si no lo transmiten.
Caminar por Villapinzón hoy y ver a alguien tejiendo en un telar es como ver un puente entre siglos. Esas manos que mueven la lanzadera de lado a lado repiten el mismo gesto que hicieron sus bisabuelos, sus tatarabuelos, generación tras generación desde que los españoles trajeron las primeras ovejas hace quinientos años. No es nostalgia romántica. Es algo más profundo. Es memoria hecha fibra. Es identidad que se teje hilo por hilo.
La industria de la lana no es grande ni mueve millones como en los cuarenta o cincuenta. Pero sigue siendo el orgullo del pueblo. Cada ruana que sale de un telar villapinzonense lleva consigo una historia que no se puede contar en una etiqueta ni medir en pesos. Lleva la paciencia de quien hilaba caminando al mercado. Lleva los lunes escurriendo botellas de cerveza. Lleva las manos de Zoila Cárdenas enseñando a un muchacho de catorce años. Lleva las conversaciones en el taller de don Carlos Chávez. Lleva las ovejas de las veredas altas. Lleva el frío de estas montañas y el calor de la gente que supo hacerle frente.
Hay un dicho viejo que se escucha poco ahora pero que antes todo el mundo repetía: "Quien sabe tejer lana, nunca pasa frío... ni en el cuerpo ni en el corazón." Suena cursi tal vez, pero tiene su verdad. La lana de Villapinzón no es solo un producto. Es un pedazo del alma de este pueblo tejido con paciencia, con memoria, con las manos de familias que decidieron que algunas tradiciones no se dejan morir así nomás, aunque el mundo cambie y lleguen telas baratas de lejos. Esta es una tradición que resiste. Y mientras haya un telar funcionando en algún taller del pueblo, mientras haya alguien dispuesto a enseñar y alguien dispuesto a aprender, esta historia va a seguir escribiéndose hilo por hilo.
Lanzadera de tejido.
Telar Tradicional
Telar Tradicional
Carretes de madera
Se realiza una vez al año (tradicionalmente en enero-febrero después de lluvias).
Veredas altas (San Pablo, Soatama, Bosavita) eran las principales productoras. Es la fecha cuando se motilan las ovejas para extraer la lana.
Lana sucia se lava con agua fría para quitar tierra y grasa
Se expone al sol para secar
Se peina la lana con cardas (tablas con púas metálicas)
Separa las fibras y alinea para hilar.
Con huso y rueca (método tradicional femenino)
Las mujeres hilaban mientras hacían otras tareas (cuidar niños, caminar al mercado)
Los niños "torcían" los hilos para darles mayor resistencia
Lana hilada se tiñe con colorantes naturales o químicos
Se fija el color con mordientes
Se seca al sol
Se preparan los hilos que irán verticalmente en el telar
Se calculan las cantidades según el tamaño de la prenda
En el telar, el tejedor va entrelazando hilos horizontales (trama) con verticales (urdimbre)
Tiempo: Una ruana puede tomar 2-4 días de trabajo continuo.
Se corta del telar.
Se cosen bordes si es necesario.
Se lava para suavizar y emparejar.
La industria de la lana, aunque más pequeña que en su época dorada, sigue viva y representa el orgullo artesanal de Villapinzón: un municipio frío en temperatura, pero con el calor humano de quienes mantienen la tradición de transformar el vellón de oveja en una de las prendas más emblemáticas de la cultura campesina colombiana.
Patrimonio cultural inmaterial: Es conocimiento centenario que se transmite oralmente y mediante práctica.
Identidad territorial: La ruana villapinzonense con franjas negras y rojas es símbolo reconocible del municipio.
Sostenibilidad: Producto natural, biodegradable, de economía local
Conexión generacional: Une abuelos, padres e hijos en una práctica compartida.
Turismo cultural: Atrae visitantes interesados en artesanías auténticas.
Esta historia es un homenaje a todos los villapinzonenses que, con sus manos expertas y su paciencia infinita, han transformado el vellón de oveja en abrigo, belleza e identidad durante más de cuatro siglos. Cada ruana tejida en Villapinzón lleva consigo el alma de un pueblo que se resiste a olvidar sus raíces.
Como dice el dicho popular:
"Quien sabe tejer lana, nunca pasa frío... ni en el cuerpo ni en el corazón."
Cardar: Peinar la lana con cardas para alinear las fibras antes de hilar
Huso: Varilla con un peso en un extremo que sirve para hilar lana a mano
Rueca: Herramienta tradicional para hilar que sostiene la lana sin hilar
Mordiente: Sustancia que fija el colorante en la fibra textil
Pergamino: Cuero de oveja con lana, seco, listo para quitar la lana
Pesa: Unidad de medida tradicional, aproximadamente 12 libras de lana hilada
Telar de dos paños: Telar antiguo que hace dos telas angostas que se cosen al centro
Telar de un solo paño: Telar moderno que hace la prenda completa sin costura
Tapete de rodillero: Alfombra pequeña para arrodillarse en la iglesia
Torcer: Acción de girar dos o más hilos juntos para hacerlos más resistentes
Urdimbre: Hilos verticales del telar
Trama: Hilos horizontales que el tejedor pasa entre la urdimbre
Como explica Pablino:
"Mantas": Cuando eran de colores (franjas, diseños)
"Cobijas": Cuando eran blancas o color natural de la lana
Ruanas (poncho tradicional con abertura para la cabeza)
Cobijas/mantas (para camas)
Tapetes (alfombras pequeñas, especialmente de rodillero para iglesia)
Alfombras grandes (2x3 metros, 3x3 metros - especialidad de algunos maestros)
Monteras y gorros (para protección del frío)
Costales y alforjas (para transporte en mulas)
Escobar, L. (ca. 1985). Historia de Villapinzón. Documento inédito de investigación patrimonial.
Molina Prieto, L. F. (2015). Caracterización del sector artesanal de Villapinzón, Cundinamarca. Universidad Distrital Francisco José de Caldas.
Monroy, P. (2024). Entrevista sobre la historia y técnica de la lana en Villapinzón. Archivo de audio "Chiguala 3". Proyecto TecnoCultura.
Gobernación de Cundinamarca. (2024). Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial: Sector Textil Tradicional.