La industria de la harina en Villapinzón, municipio del departamento de Cundinamarca, Colombia, se centraba en la molienda de trigo y otros granos, combinando prácticas tradicionales con procesos industriales. Esta actividad forma parte de la economía agropecuaria local, apoyada en la producción de cereales como trigo, maíz y cebada. Aunque Villapinzón es reconocido por su producción de papa y curtido de pieles, la molienda ha sido una tradición desde la época colonial, evolucionando hacia molinos hidráulicos e industriales en el siglo XX.
Hay que agregar que salían dos tipos de harina: la harina de primera era la de consumo humano y se utilizaba mucho en el municipio para las panaderías; la harina de segunda es la que se utilizaba para alimentar a los animales.
Las raíces de la industria molinera en Villapinzón se remontan a prácticas indígenas muiscas, quienes molían granos como maíz y cebada en piedras manuales para obtener harina. En el año 1880 se construye el primer molino de trigo, maíz, entre otros, ubicado en la vereda Chasquez, sector El Triunfo, creado por el señor Ufracio Moreno, el grano era traído desde diferentes lugares y municipios. Testimonios orales recopilados en obras como Villapinzón, cuna del río Bogotá (2015), describen cómo, en las décadas de 1920 y 1930, familias rurales molían harina de maíz tostado o de "siete granos" (cebada, arveja, haba, trigo, maíz, centeno y lenteja) usando piedras picadas a mano. Por ejemplo, Lucio de Jesús Barrero Segura (nacido en 1925) relata moler maíz tostado para harina, consumida en caldos o como alimento básico. Ana Celia Martínez de Camelo (nacida en 1933) menciona molinos locales como el de Silvino y Pacífico Forero, donde se separaba el tamo de la harina en artesas grandes.
En 1937, la principal industria es la producción de harina de trigo, que constituye una de las fuentes de riqueza para la economía municipal; funcionaron tres magníficos molinos de buena capacidad y rendimiento denominados “San Ignacio”, del señor Pacífico Forero, “San Antonio”, del señor Nicolás Fernández, y el molino “La Villa”, del señor Miguel González.
La producción era de 12000 arrobas mensuales. En la actualidad, estos molinos ya no funcionan, pero existen otros modernos de industria casera, los cuales procesan harinas y cuchucos, como son: Harinas Montenegro. Harinas ONEL, harina de maíz molida en piedra. Estas harinas surten el municipio y algunos pueblos vecinos.
El Molino San Antonio tambien conocido como Molino del señor Nicolás Fernández se encuentra ubicado dentro del perímetro urbano de Villapinzón. Es uno de los tres principales molinos de trigo del municipio, equipado con maquinaria europea y operado mediante fuerza hidráulica y motores diésel. Su proceso de molienda incluye la trituración del grano en cilindros de rotura para separar el salvado del endospermo, seguido de cernido en zarandas oscilantes y refinación final para producir harinas de diferentes calidades. Prefiere trigo importado del IDEMA debido al bajo rendimiento del trigo local. Además de su función industrial, el molino tiene un rol cultural: sirve como una de las estaciones o "ermititas" en la procesión de la Virgen del Carmen el 16 de julio, donde se realizan plegarias y salves durante la fiesta religiosa. El fue considerado el principal molino en la época de los años 1920-1940, según relatos orales. Ubicado en áreas rurales de Villapinzón, se especializaba en la molienda de trigo y maíz, utilizando corrientes de agua para impulsar la maquinaria. Testimonios describen cómo se llevaban "arrobitas" (cargas pequeñas) de granos para moler, produciendo harina para el consumo local. Nicolás Fernández, como propietario, era una figura clave en la comunidad Villapinzonense, y el molino simboliza la transición de métodos manuales a mecánicos en la producción de alimentos básicos.
Situado en la parte baja de la vereda de La Merced, el Molino La Merced es otro de los molinos clave para la producción de harina en Villapinzón. Al igual que sus pares, utiliza maquinaria europea y se impulsa con energía hidráulica y diésel. El proceso molinero implica pasar el trigo por cilindros que trituran el grano, separando la cutícula exterior (salvado) del endospermo para obtener harina de primera rotura, que luego se criba y refina. Fotografías de la época muestran su estructura rústica con techos de teja y maquinaria interna, como turbinas y sacos de harina marcados con "Molino La Merced - Villapinzón Colombia Superior Calidad". Representa la tradición molinera que ha sostenido la economía local durante décadas. Hoy en día queda ubicado el campo de tejo inversiones Cárdenas ubicado en la vía a la vereda Quincha.
El Molino Soatama, ubicado en la vereda Soatama, es un ejemplo de la molienda tradicional en Villapinzón. Aunque menos detallado en su operación actual, fotografías de 2015 revelan una estructura antigua con techos de zinc, maquinaria oxidada como ruedas dentadas y poleas, y un entorno de madera y metal que sugiere uso hidráulico. Históricamente, molinos como este procesaban maíz y trigo local para el consumo veredal, movidos por corrientes de agua. En testimonios orales, se relaciona con la molienda para arepas y otros alimentos básicos, representando la herencia campesina de la región.
El Molino San Ignacio o El Molino Pacífico Forero se encontraba en la zona conocida como El Triángulo, arriba en las veredas de Villapinzón. Operativo en las décadas de 1920-1940, era un molino secundario que complementaba al de Nicolás Fernández. Movido por corrientes de agua, procesaba maíz y trigo traídos por los campesinos en pequeñas cargas para moler harina destinada a arepas y otros usos domésticos. Representa la red de molinos dispersos en el campo, esenciales para la autosuficiencia alimentaria en épocas pasadas, antes de la modernización industrial. , situado en el sector Villa Olímpica o áreas cercanas, aparece en descripciones y fotografías de 2015 como una instalación rústica con vigas de madera marcadas con fechas como "1893", indicando una antigüedad significativa. Su estructura incluye techos altos y elementos de molienda manual o hidráulica, como ejes y engranajes. Aunque no se detalla su producción específica, forma parte de la red de molinos que han apoyado la economía local, posiblemente enfocado en trigo o maíz. Su presencia resalta la importancia histórica de la molienda en el desarrollo de Villapinzón.
En 1880 se construyó el primer molino mecánico de trigo y maíz documentado en Villapinzón, ubicado en la vereda Chasquez, sector conocido como El Triunfo. Fue fundado por el señor Ufracio Moreno, quien trajo la maquinaria desde Bogotá. El grano (principalmente trigo y maíz) era transportado desde diferentes municipios y veredas del altiplano cundiboyacense, llegando en mulas y bestias. Este molino marcó el inicio de la molienda industrial en el municipio, reemplazando progresivamente las piedras manuales y los molinos de sangre (movidos por animales). Su ubicación estratégica junto a una corriente de agua permitió aprovechar la fuerza hidráulica, y durante décadas fue un punto clave de abastecimiento de harina para Villapinzón y poblaciones cercanas (Escobar, ca. 1985).
Se encuentran en nuestro municipio otras industrias como la producción de harina de maíz, que surtieron a nuestro municipio y la provincia; la de los tejidos, donde se elaboran mantas, ruanas, cobijas y variados artículos en lana; en telar de madera; en la marroquinería, que aprovecha la producción de los curtiembres; la industria panificadora para el consumo interno, taller de carrocerías para camiones; se encuentran empresas familiares más por tradición que por economía, como la cestería.
Harina de Maíz Porva Don Siervo sigue en funcionamiento, su propietario Siervo Contreras.
Si uno pregunta hoy qué caracteriza a Villapinzón, la mayoría habla de la papa, del ganado, quizás del cuero. Pero hay una historia más antigua, una que quedó sepultada bajo las capas del presente, y es la historia de los molinos. Villapinzón fue, durante siglos, un pueblo harinero. Y tener seis molinos en un solo municipio no era algo que ocurriera en cualquier parte.
Seis. Ese era el número. El molino El Triunfo, que quedaba al lado de la bomba de gasolina. El de la Villa Olímpica. El de La Merced, en el sector donde hoy quedan las canchas de tejo. El de Soatama. El de Chasquez en el sector El Club. Y el del finado Lino, ese señor al que le faltaban las piernas y que manejaba su negocio con una tenacidad que dejaba sin argumentos a cualquiera que se quejara de sus circunstancias. El agua para ese molino la traía desde la toma de don Paco Forero, atravesando todo el pueblo en una acequia que era parte del paisaje cotidiano.
La razón de que hubiera tantos molinos es simple: el cultivo principal de Villapinzón no era la papa. Era el trigo. Y la cebada. Antes de que la papa se adueñara de estos campos, aquí se sembraba trigo por todas partes. Ibia, rubas, nabos, habas, avena, habichuela que llamaban moradina: la diversidad de cultivos era mucho mayor que la de hoy. El trigo y la cebada necesitaban ser procesados, y para eso estaban los molinos.
El proceso era sencillo, pero requería conocimiento. La gente traía sus arrobas de trigo o de maíz al molino, y el molinero hacía el trabajo: molía el grano, separaba las harinas por calidad, y entregaba el resultado. De primera, de segunda y de tercera: así clasificaban. La de primera era la más fina, la que iba a las panaderías. La de segunda, más basta. La de tercera —llamada sema— era la que usaban los campesinos para las arepas del desayuno.
La sema era el alma de la cocina de este pueblo. Se mojaba con aguamiel o con suero de leche, se amasaba, se ponía en el tiesto, y salía una arepa que quienes la comieron describen como incomparable. "Deliciosas, deliciosas esas arepas", dijo una señora. El sabor de la harina de molino de piedra es diferente al de los molinos industriales de hoy. No lo dicen por nostalgia vacía: lo dicen porque de verdad es distinto. La piedra moler de una manera que el acero industrial no puede replicar.
La Gina de Elisa —o la Gina de Niza, según quién la nombra— era una de las vendedoras de harina más recordadas. Vendía por arrobas, atendía a la gente con un criterio claro sobre qué le servía a quién. 'Yo le compraba harina de primera y de segunda', recuerda alguien. 'Ella le vendía a uno por arroba'. Era una relación de confianza que se construía visita tras visita.
Uno de los molinos más antiguos de los que hay memoria era el de Catán, el molino de los Fernández. Ese era de piedra de machaque, la tecnología más primitiva y también la que producía la harina con más carácter. Algunas familias conservan todavía esas piedras en la casa, como piezas de museo que a veces aún se usan.
La panadería más importante del pueblo —la de don Isaleón Arévalo y la señora Rosa Fernández— dependía directamente de los molinos. Hacían mantecadas, mogollitas de dos centavos, buñuelos, chocarranes. Salían a comprar al Rosario de Aurora y tomaban sus colaciones ahí mismo, al pie del atrio. Era una cadena perfecta: la harina del molino, el pan de la panadería, la misa de las cuatro de la madrugada. Todo conectado.
Los molinos se movían con agua. Eso explica por qué estaban distribuidos por todo el municipio: cada uno junto a una fuente hídrica, aprovechando la fuerza del caudal para mover las piedras. Cuando escaseaba el agua, escaseaba la harina. La economía del pueblo dependía del nivel de los ríos y de las quebradas de una manera que hoy ya no podemos imaginar.
Los molinos de Villapinzón ya no existen como negocio. Algunos quedaron como infraestructura vacía. Otros desaparecieron sin dejar rastro físico. Pero el lugar que ocuparon en la identidad de este municipio no ha desaparecido: está en las memorias de quienes los usaron, en el sabor que ya no existe de la arepa de sema, en las piedras que algunas familias guardaron en el patio. Los molinos son la historia que antecede a todo lo demás. Son la base que nadie ve, pero que sostiene todo.
Escobar, L. A. (ca. 1985). Historia de Villapinzón: El auge de la molienda. Documento de archivo local.
Molina Prieto, L. F. (2015). Villapinzón, cuna del río Bogotá. Alcaldía Municipal de Villapinzón. (Testimonios de Lucio de Jesús Barrero y Ana Celia Martínez).
Focus Group Centro Día Añoranzas. (2025). Relatos orales sobre la industria de la harina y los antiguos molinos hidráulicos. Proyecto TecnoCultura Cundinamarquesa.