Gastronomía tradicional de Villapinzón · Testimonios recopilados en marzo de 2026
Antes de que llegara la papa, antes de los supermercados, antes del domicilio, la gente de Villapinzón comía lo que la tierra daba. Punto. Sin importaciones, sin cadenas de frío, sin marca. Lo que había era lo que se cocinaba, y lo que se cocinaba era, según todos los que lo vivieron, buenísimo.
Esto no es nostalgia vacía. Los testimonios que recopilamos en marzo de 2026 con los mayores del municipio son concretos, específicos, llenos de nombres de ingredientes y técnicas que hoy la mayoría de villapinzonenses no reconocería. Eso ya es, de por sí, una pérdida.
Cuando los mayores de Villapinzón hablan de la comida de su infancia, lo primero que nombran no es la papa. Eso sorprende. La papa es hoy tan central en la cocina de la región que parece imposible que haya habido una época sin ella. Pero Ana Gómez, de la vereda Chinquira, lo dice sin rodeos:
"Antes casi dicen que no se veía la papa. Ellos no conocieron la papa. Ellos eran nabos, ibias, rubas. Y la mazamorra..."
— Ana Gómez, vereda Chinquira
Rúas, ibias, cubios, nabos, habas, alverja, maíz, trigo. Esa era la base. Todo venía de la finca, todo se sembraba cerca. La papa llegó después, y las primeras que se conocieron en la zona se llamaban las Londres: papitas rojitas, chatas, sembradas solo con abono de ganado. Los platos típicos de Villapinzón descritos en esta sección forman parte de la tradición gastronómica de la región y fueron documentados mediante entrevistas con habitantes, familias campesinas y comerciantes del municipio (Fernandez Monroy, 2026, trabajo de campo).
Hay cosas que no se aprenden en un recetario. El punto exacto de la arepa sobre la laja de piedra, la temperatura del agua donde se entierra el jute, el tiempo que necesita el cocido para que los cubios queden blandos sin deshacerse: eso se aprende mirando, probando, preguntándole a quien sabe. En Villapinzón, la cocina es eso: un conocimiento que pasa de mano en mano, de generación en generación, sin escribirse mucho pero sin perderse tampoco.
Los platos que aparecen en estas paginas no son propuestas de cocina nueva ni adaptaciones modernas. Son preparaciones que llevan décadas, muchas de ellas siglos, en las cocinas del municipio y de la región cundiboyacense. Algunos son platos de ocasión especial; otros aparecen todos los días en la olla. Todos tienen una historia detrás que merece contarse. La plaza de mercado los domingos es el mejor lugar para encontrarlos. Ahí, entre canastas de papa y puestos de verdura, la cocina mas autentica del municipio llega concentrada en un mismo espacio. No tiene letrero de restaurante ni carta con fotos, pero quien la conoce no cambia esa experiencia por ninguna otra.
La arepa soatamera no es cualquier arepa. Tiene nombre propio y origen preciso: viene de la vereda Soatama, a una hora aproximadamente del casco urbano, y lleva ese nombre porque ahi se hizo siempre y ahi se sigue haciendo como debe ser: sobre una laja de piedra puesta directo sobre la estufa de lena. Eso le da un sabor que no tiene nada que ver con lo que sale de una sarten a gas, por mas que uno lo intente. Lo que la distingue de otras arepas no es solo el tamano, que es generoso, ni el grosor, que tambien lo es. Es esa corteza ligeramente ahumada de afuera y ese interior blando con queso o cuajada que se derrite con el calor. La mantequilla al final no es opcional: es parte del plato. Es un desayuno que sostiene varias horas de trabajo en el campo, y tambien es la mejor excusa para madrugar.
Los ingredientes y la preparación de la arepa soatamera son similares a los de otras arepas, pero se caracteriza por ser más grande y más gruesa que las arepas tradicionales, además de ser cocinada sobre una laja en piedra bajo la estufa de leña.
Ingredientes:
Harina de maiz precocida
Agua
Sal al gusto
Queso fresco o cuajada
Mantequilla
El cocido boyacense es un plato que no se improvisa y que no tiene version rapida. Requiere tiempo, requiere varios tipos de carne, y requiere sobre todo los tuberculos que en otras partes del país son desconocidos pero que en la region cundiboyacense llevan siglos en la olla: los cubios, las chuguas, la ruba. Raices de origen andino precolombino que sobrevivieron la conquista, la colonia y la modernización, y que hoy siguen siendo parte indispensable de este plato (Rodriguez, 2021).
En Villapinzon es plato de domingo, de reunión familiar, de dia de mercado. Se sirve en porciones que no enganan: el cocido boyacense es abundante por definicion. Hay quien lo sirve con el caldo por un lado y los solidos por el otro; hay quien lo trae todo junto. Cada familia tiene su proporcion de ingredientes y esa proporcion no se escribe: se sabe.
Ingredientes principales:
Tallos de cebolla larga y tomate
Costilla de cerdo cortada
Carne de res
Mazorca tierna
Habas y arvejas
Cubios, chuguas y ruba
Papa sabanera y papa criolla
La fritanga es el plato de la celebración informal, el de la tarde sin protocolo, el que se come de pie junto al puesto de la plaza con una gaseosa en la mano. No hay cubiertos que valgan: la fritanga se agarra con los dedos, se comparte, y entre bocado y bocado se habla. Es uno de esos platos que funcionan precisamente porque no tienen pretensiones.
En Villapinzón, la fritanga tiene su carácter propio: el cerdo manda. Chicharron crocante, chorizo con el punto justo de grasa, morcilla, queso de cabeza. La papa criolla frita es inseparable del plato, y en algunos puestos del municipio llega acompañada de plátano maduro y arepa. Los mejores puestos los conocen los que viven acá: no siempre tienen letrero, pero la cola que se forma los delata.
Ingredientes principales:
Carne de cerdo
Chorizo de cerdo
Morcilla
Papas criollas fritas
Queso de cabeza
Plátano maduro frito (según el puesto)
Arepa de acompañamiento
Villapinzón · Plato tradicional de vereda · Festividades y mercado
El envuelto de Villapinzón no es el mismo que se vende en las cafeterías de Bogotá. Eso hay que decirlo de entrada. La versión original se hacía con maíz pelado a mano, no con arepa harina, no con mazorca rallada de cualquier tienda y se rellenaba con chicharrón de cerdo partido en trozos, no molido ni desmenuzado. El resultado era más firme, más denso, con un sabor que los mayores describen como «completamente distinto» al de las versiones actuales.
El proceso de pelar el maíz a mano era parte del trabajo doméstico de las mujeres, y exigía tiempo y conocimiento: había que remojarlo, descascararlo, molerlo de manera que quedara con la textura exacta para envolver bien. Las hojas de mazorca se usaban frescas, no secas, para que el vapor las ablandara sin que se quebraran. Se cocinaban al vapor en una olla grande, apilados en capas.
Hoy la tradición sigue, pero transformada. Varias mujeres en el municipio continúan haciéndolos, aunque con mazorca o arepa harina en lugar del maíz pelado original. La forma es la misma. El sabor no es exactamente el mismo. Quienes conocieron los dos lo notan.
Formas de preparación:
Envuelto dulce con panela y canela
Envuelto salado con chicharrón de cerdo
Envuelto con cuajada fresca
Villapinzón · Plato de diario · Cocina de altiplano
El cuchuco es trigo partido grueso, sin moler del todo, que al cocinarse larga almidón y espesa el caldo de manera natural. No necesita de maicena ni espesantes: se espesa solo, despacio, en el tiempo que le toma a cada grano abrirse. Eso lo hace un plato que exige paciencia —no se puede apurar— y que premia con una sopa densa, nutritiva, que abriga de una manera que los caldos ligeros no logran.
En Villapinzón se hacía con lo que hubiera disponible: papa, cubios, ibias, habas. A veces carne de res, a veces espinazo de cerdo, a veces simplemente con un hueso que diera sabor. Las mujeres que lo preparaban podían calcular a ojo la proporción de trigo y agua: demasiado trigo y quedaba pastoso; muy poco y no espesaba. Ese juicio era conocimiento, no intuición.
Graciela Mondragón y otras narradoras lo mencionan entre los platos que más recuerdan de la infancia. «Unas sopas tan ricas», dijo una. Sin más detalles, porque no hacían falta: quien lo comió sabe de qué están hablando.
Formas de preparación:
Cuchuco de trigo con papa y espinazo.
Cuchuco de trigo con habas y costilla.
Cuchuco de trigo solo, con un hueso para dar sabor.
Villapinzón · Plato de cosecha · Cocina campesina
La sopa de maíz de Villapinzón se hacía con maíz trillado —separado de la mazorca a mano— y cocinado entero o partido, según lo que se quisiera lograr. Cuando se dejaba entero, el caldo quedaba más liviano y el grano más firme al morder. Cuando se majaba un poco antes de echarlo al agua, espesaba de manera similar al cuchuco: más densa, más contundente.
Era un plato de cosecha, estacional, que se hacía cuando el maíz estaba disponible. No todo el año. Esa estacionalidad hoy suena extraña porque el maíz se consigue en cualquier tienda a cualquier hora, pero en las veredas de antes la cocina seguía el ritmo de lo que daba la tierra. Cuando había maíz, se hacía sopa de maíz. Cuando había cebada, cuchuco. El menú lo ponía la temporada.
Formas de preparación:
Sopa de maíz con papa y alverja
Sopa de maíz con carne de cerdo
Mazamorra de maíz, versión dulce con panela
La pelanga era uno de los platos que se conseguían en la antigua plaza de mercado de Villapinzón, en la sancochería que funcionaba en el sector del búfalo, junto a la fritanga y el chivo. Jorge Elías Castro Molina la nombra directamente entre los platos que definían ese espacio: «La fritanga, la pelanga, el chivo, la cabeza del chivo». Que aparezca en esa lista dice que era un plato establecido, con clientela fija, no algo ocasional.
La pelanga es, en su forma más básica, un guiso de menudencias de res o cerdo cocidas en un caldo sazonado con hierbas y especias de la región: cebolla larga, cilantro cimarrón, ajo, comino. Se diferencia de la fritanga en que no se fríe: se cocina en olla, en su propio líquido, hasta que las piezas quedan tiernas y el caldo concentrado. Era comida de plaza, de domingo, de mercado. El tipo de plato que uno pedía después de caminar horas entre puestos.
Formas de preparación:
Pelanga de res con papa y cubios
Pelanga de cerdo con alverja
Pelanga mixta de plaza de mercado
Villapinzón · Pan de diario · Molino local
El molino de Villapinzón producía dos tipos de harina de trigo. La primera salía blanca y fina; la segunda, de segunda molienda, salía más oscura. Por sí solas, cada una tenía sus limitaciones. Mezcladas en proporciones iguales —media libra de blanca, media de negra— producían una arepa de color intermedio, más oscura que la de harina blanca pura, con una textura y un sabor que los testimonios describen, sin excepción, como deliciosos.
Las arepas negritas o morenitas no necesitaban de ingredientes elaborados. Se hacían con la harina mezclada, agua, sal, y a veces un poco de mantequilla dentro de la masa. Lo que las elevaba era lo que se les ponía encima: queso campesino rallado grueso y mantequilla que se derretía con el calor de la arepa recién salida del budare. Amparo Abril lo recuerda con una precisión que habla de experiencia directa: «échales harto queso, mantequilla, y eso quedaban deliciosas».
Con la llegada de la areparina industrializada y la posibilidad de comprar harina blanca refinada en cualquier tienda, las morenitas desaparecieron casi por completo. El molino local que las hacía posibles también dejó de funcionar. Hoy nadie las produce de manera regular.
Formas de consumo:
Con queso campesino y mantequilla (la versión clásica)
Solas, como acompañante del guarapo o el café negro
Con cuajada fresca y panela raspada
Villapinzón · Desayuno de vereda · Comida y bebida al mismo tiempo
El guarapo que acompañaba el maíz tostado no era guarapo fermentado. Eso hay que aclararlo porque hoy la palabra guarapo evoca inmediatamente una bebida alcohólica de caña. El guarapo dulce de las veredas era otra cosa: jugo de caña sin fermentar o apenas iniciando la fermentación, todavía dulce, que se calentaba levemente y se servía tibio. No se intoxicaba. Alimentaba.
El maíz se tostaba en un tiesto de barro o en una paila de hierro, sin aceite, removiéndolo constantemente hasta que cada grano reventaba o se tostaba parejo. Se servía caliente, a veces todavía humeando, y se combinaba con el guarapo tibio en una tutuma. No era plato y bebida por separado: era todo junto, en el mismo recipiente, y se comía con la mano o con cuchara según la casa.
Blanca María Arandia Pinzón lo recuerda como «un dato interesante: era de alimento». La frase suena cómica fuera de contexto, pero tiene sentido técnico: el maíz tostado aporta carbohidratos de digestión lenta y el guarapo dulce aporta azúcares de absorción rápida. Para quien iba a trabajar en el campo toda la mañana, esa combinación era más funcional que cualquier desayuno moderno.
Formas de consumo:
Maíz tostado entero con guarapo tibio en tutuma
Maíz reventado (como palomitas rústicas) con guarapo frío
Maíz tostado molido grueso, mezclado directamente en el guarapo
Villapinzón · Plaza de mercado · Herencia cundiboyacense
El mute es una sopa de maíz pelado —sin cáscara, cocido hasta que abre— con pata de res, garbanzos, papa y verduras de la región. No es un plato de autor ni una elaboración reciente: es una preparación que tiene siglos en el altiplano cundiboyacense y que en Villapinzón se vendía en la sancochería de la plaza de mercado como uno de los platos de mayor demanda los días de mercado.
La pata de res es el ingrediente que define al mute frente a otras sopas de maíz. Cocinada durante horas, suelta colágeno al caldo y lo vuelve denso, casi gelatinoso cuando enfría. Ese caldo es la base: el maíz y las demás verduras se cocinan en él, no en agua corriente. Jorge Elías Castro Molina lo nombra junto al mute con pata como uno de los platos que se conseguían en la antigua plaza: «En la plaza se conseguía el mute, mute con pata, alverja con jeta». Que haya dos versiones —con pata y sin pata— indica que era un plato de uso corriente, con variaciones según lo que hubiera.
Formas de preparación:
Mute con pata de res y garbanzos (la versión clásica de plaza)
Mute con espinazo de cerdo y papa criolla
Mute de maíz solo, sin carne, en tiempos de escasez.
Villapinzón · Plaza de mercado · Cocina de fiesta
El chivo —la carne de cabra— era uno de los platos especiales de la plaza de mercado de Villapinzón. No era comida de todos los días: era comida de domingo, de mercado, de ocasión. Se vendía en la sancochería junto a la alverja con jeta, la pelanga y la fritanga. La cabeza del chivo en particular era un plato apreciado por quienes sabían comerla, que son los que saben que la mejor carne está pegada al hueso.
El chivo de altiplano tiene un sabor más intenso que la carne de res o de cerdo, con un nivel de grasa diferente que exige un manejo específico: hay que cocerlo largo, con hierbas que equilibren el sabor fuerte del animal, y servirse caliente porque la grasa del chivo solidifica rápido. La sopa de chivo —el caldo donde se cocinó— era tan apreciada como la carne misma. Fabiola Cortés lo menciona junto al cuchuco con cabeza de chivo como uno de los platos que definían la cocina de su madre.
Con la reducción del ganado caprino en la región y el cambio en los hábitos del mercado, el chivo fue perdiendo presencia. Hoy se consigue en algunos municipios del altiplano en fechas especiales, pero en Villapinzón ya no tiene la centralidad que tuvo.
Formas de preparación:
Cuchuco con cabeza de chivo
Sopa de chivo con papa, arracacha y alverja
Chivo guisado con cebolla y especias de la región
Cabeza de chivo al horno para ocasiones especiales
El jute es, probablemente, el plato mas singular de la gastronomia cundiboyacense y uno de los menos conocidos fuera de la region. No es una receta que se lee y se ejecuta: es un proceso que requiere conocimiento previo, paciencia, y el lugar adecuado. Y empieza mucho antes de llegar a la cocina.
Se parte de la papa riche, que es la mas pequena de la cosecha, la que normalmente nadie compraria. Esa papa se lava bien, se mete en sacos y los sacos se entierran en un hoyo de aproximadamente un metro de profundidad y sesenta centimetros de diametro, cavado cerca de un arroyo o donde fluya agua fresca de manera natural. El hoyo se cubre con un tejido de paja, junco o helecho, y se ponen piedras encima para que los sacos no floten (Morales & Vallejo, 2016).
Ahí quedan fermentando en agua corriente durante días. El resultado es una papa con un olor y un sabor muy particulares, que quien no esta acostumbrado puede encontrar intensos, pero que para quien creció comiéndola es parte de la identidad gustativa de la región. Es un saber que los adultos mayores de las veredas del municipio guardan en la practica diaria, y que merece preservarse.
Formas de preparación:
Jute guisado
Sopa de jute
Jute con queso fresco
La plaza de mercado los domingos es el lugar perfecto para encontrar una amplia variedad de platos típicos y comidas preparadas. Además de los platos propios del municipio, ahí conviven preparaciones de la región cundiboyacense y de Colombia que los villapinzonenses han hecho suyas con el tiempo.
El cuchuco es la sopa del frio, la que se toma cuando afuera hay niebla y la temperatura bajo de madrugada. Se hace con trigo partido y cocido lentamente junto con espinazo de cerdo, papa, habas, arvejas y hierbas. El caldo queda espeso con el almidon del trigo y la carne del espinazo se va desprendiendo sola con la coccion larga. Es una sopa que ocupa y calienta. En Villapinzon este plato tiene una carga historica adicional: el municipio fue productor de trigo durante decadas, con varios molinos activos —el de Ufracio Moreno en Chasquez, el de Nicolas Fernandez, el de Silvino Fernandez, el de Paco Forero— que procesaban el grano de las veredas. Esa era paso, pero el cuchuco sigue siendo parte viva de la cocina del municipio.
La arepa boyacense se distingue del resto desde el primer bocado: tiene un toque dulce caracteristico que la diferencia inmediatamente de la arepa delgada del interior o la de choclo del Valle. A veces lleva cuajada en la masa, y su version mas tradicional se cocina sobre estufas de piedra o fogones de leña, lo que le da ese sabor ligeramente ahumado que ninguna estufa moderna puede replicar.
Hoy se puede preparar en sartén o en horno en casa, y la masa puede ser de harina de maíz o de trigo según la tradición familiar. Es desayuno, es media mañana, es acompañamiento de cualquier comida. En las casas del municipio donde todavía se hace de manera artesanal, el proceso empieza la noche anterior.
La gallina criolla es otro mundo comparada con el pollo de granja. Es mas pequena, mas firme, con mas sabor en la carne, y tarda mucho mas en cocinarse. Esa lentitud es parte de lo que la hace especial: mientras se cocina a fuego lento, el caldo que suelta tiene una profundidad que no se consigue de ninguna otra manera.
En Villapinzón se sirve acompañada de papa criolla, papa salada, yuca, plátano maduro y arepa boyacense. Es plato de domingo, de visita, de ocasión especial. Quien la haya comido en una finca del municipio preparada por la dueña de casa sabe exactamente a que nos referimos.
El mute es maíz transformado de una manera que pocas personas fuera de la región conocen. El grano se cuece primero en agua con cenizas de madera quemada —un proceso llamado nixtamalización, aunque en la cocina campesina nadie lo llame así— y eso hace que adquiera esa forma abierta, como palomita blanca y tierna, con un sabor completamente distinto al maíz crudo (Patiño, 1965).
La sopa se completa con pata de res o vísceras de cerdo, res u oveja, papa, habas, arvejas, cilantro, ajo y sal. Es una sopa larga, de esas que se dejan desde temprano y están listas para el mediodía. También existe una versión dulce con panela, relacionada con la mazamorra, aunque con diferencias propias de la región.
El caldo de pescado aparece en la plaza de mercado y en algunos restaurantes del municipio como una opción diferente dentro de la oferta gastronómica local. Aunque no es una preparación originaria del territorio —Villapinzón no es zona costera ni de grandes ríos pescables— si hace parte del repertorio de la cocina colombiana que los habitantes del municipio consumen y preparan. Se prepara con filete o trozos de pescado cocidos en un caldo con verduras, especias y hierbas. Es ligero, digestivo, y en los días de mercado representa una alternativa para quien prefiere no comer carne roja.
El caldo de raíz, que en algunas veredas del municipio también llaman caldo parado, es uno de esos platos que tienen mas historia que receta. Se prepara con las raíces del toro, que deben limpiarse y desengrasarse antes de lavarlas con limón y sal, y frotarse con cascara de plátano guineo. El plátano produce una sustancia viscosa al contacto con la sal que ayuda en la limpieza previa a la cocción.
Después de una cocción larga en olla a presión o en leña, el caldo se separa de la carne, se deja enfriar, se pica en trozos y se mezcla con aliños. Al caldo final se agregan papas, zanahorias, papas criollas y arvejas, y se cocina a fuego lento hasta servir. La fama que tiene como afrodisiaco hace parte de su historia oral en el municipio, y es lo que convierte este plato en anécdota además de en comida.
La sopa de mondongo divide opiniones desde antes de que llegue a la mesa: hay quienes la adoran y quienes no pueden con el olor durante la preparacion. El ingrediente principal es el estomago de res, conocido como callos o panza, que requiere una limpieza muy cuidadosa y una coccion muy larga para quedar tierno.
El termino mondongo viene de las palabras mondejo y bandujo, usadas en lenguas bantúes de África para referirse a las tripas y vientres de los animales. Esa etimología habla de las múltiples culturas que se entrelazan en la cocina colombiana: lo que hoy se sirve en la plaza de mercado de Villapinzón tiene raíces que cruzan el Atlántico (Castro, 2012).
La chanfaina es uno de esos platos que hoy muy poca gente joven conoce, pero que los adultos mayores del municipio mencionan con una mezcla de nostalgia y respeto. Se distingue por su combinacion de picadillo de visceras y tripas con una preparacion de sangre que requiere un manejo cuidadoso desde el momento mismo de conseguirla.
Para que la sangre conserve sus propiedades, debe tratarse con un ramillete de hierbas, principalmente poleo, que ayuda a mantener su textura. Las abuelas que todavía la preparan cuentan que había que ir al matadero de buen humor para conseguirla: el mal humor, decían, podía cortarla. Suena a creencia popular, pero en la lógica de la cocina campesina tiene sentido: la sangre fresca requiere tranquilidad y rapidez en el manejo, cosas difíciles de lograr de mal genio.
En un municipio con tradición ovina como Villapinzón, la carne de cordero tiene su lugar propio en la gastronomía local. Las costillas se sazonan con romero, tomillo, ajo y pimienta, y se llevan a la parrilla o al horno hasta que la carne queda dorada por fuera y jugosa por dentro. Se suelen usar costillas con algo de grasa, que es lo que mantiene la jugosidad durante la cocción.
La carne de cordero criado en pastos de paramo tiene un sabor particular que los conocedores distinguen claramente. Se consigue principalmente en los restaurantes del municipio que trabajan con producción local, y en las fincas ganaderas de la zona aparece en las celebraciones de familia.
El lomo de cerdo es uno de los cortes mas apreciados de la cocina campesina del municipio. Se puede preparar asado, en salsa o estofado, y en Villapinzón tiene la ventaja de que la cría de cerdo es actividad familiar en muchas fincas, lo que garantiza un producto fresco y de buena calidad. Como todos los platos de cerdo de la región, suele acompañarse de papa criolla, arroz y plátano.
El tamal es uno de los platos mas antiguos de América. Su origen se remonta a las culturas prehispánicas del continente, que ya preparaban masa de maíz envuelta en hojas mucho antes de la llegada de los españoles (Sarmiento Suarez, 2016). En Colombia hay mas de siete variedades regionales reconocidas: del Tolima, del Valle del Cauca, de Santander, de Antioquia, del Cauca, de Bogotá. Cada uno tiene los suyos, y dentro de cada región cada familia tiene su versión.
En Villapinzón los tamales que se consumen son principalmente de influencia boyacense y bogotana: masa de maíz con carne de cerdo o de pollo, arvejas, zanahoria, papa, todo envuelto en hoja de plátano y cocido al vapor durante horas. Son plato de navidad, de fin de ano, de los días especiales. Pero también aparecen en la plaza de mercado los domingos, amarrados con pita, listos para llevar o comer en el puesto.
El bagre en salsa viene de lejos: es un plato típico de la región del Caribe colombiano, especialmente de las zonas costeras cercanas al rio Magdalena, donde el bagre se captura con frecuencia. Llego a los restaurantes de Villapinzón y se quedo, que es como muchos platos van encontrando su lugar en las cocinas de los municipios colombianos.
Se prepara dorando el filete en aceite caliente y cocinándolo después en una salsa de tomate, cebolla, ajo y especias a fuego lento, hasta que la salsa espesa y el pescado queda completamente cocinado. Es un plato que habla de como la gastronomía de los municipios no es estática: absorbe, incorpora, se transforma.
Lo que se come en Villapinzón no es un accidente. Cada plato es el resultado de siglos de adaptación: al clima, a los productos que da la tierra, a los recursos que tienen las familias campesinas, a los intercambios culturales que se fueron produciendo con otras regiones y otros pueblos. El cocido usa los tubérculos andinos que estaban acá antes de la Colonia. La sopa de mondongo lleva en su nombre rastros del África que llego a América con la esclavitud. El tamal viene de las culturas prehispánicas del continente.
Ese es el valor real de la gastronomía local: no es solo comida, es memoria. Y como toda memoria, necesita cuidado para no perderse. El Ministerio de Cultura de Colombia ha reconocido las cocinas tradicionales del país como patrimonio cultural inmaterial, lo que implica que preservarlas no es una tarea solo de los cocineros sino de toda la comunidad que las hereda (Ministerio de Cultura, 2012). En Villapinzón, esa preservación empieza en la plaza de mercado los domingos, en las cocinas de las fincas de las veredas, en las manos de las abuelas que todavía hacen chanfaina y jute y arepa soatamera como se ha hecho siempre. Conocer esos platos es una forma de conocer el municipio.
Para el desarrollo de la investigación sobre la seguridad alimentaria y la cocina tradicional de Villapinzón, se han consultado las siguientes fuentes de autoridad académica e institucional:
1. Investigaciones sobre Tubérculos y Cultivos Andinos
Cadena Iñiguez, P., & Arellano Sánchez, B. (2018). Chagua, chuqua y cubio: Los tubérculos andinos olvidados y su rescate cultural. Agroalimentaria, 24(46), 13-26.
Morales, N., & Vallejo, R. (2016). El jute: Fermentación ancestral de papa en los Andes colombianos. Revista Colombia Amazónica, 9, 82-95.
Patiño, V. M. (1965). Plantas cultivadas y animales domésticos en América equinoccial (Vol. 1). Cali: Imprenta Departamental.
Rodríguez, J. P. (2021). Tubérculos andinos como patrimonio biocultural: Cubios, chuguas e ibias en la cocina de Boyacá y Cundinamarca. Patrimonio y Memoria, 5(1), 44-67.
2. Cocina Tradicional e Identidad Regional
Castro, N. (2012). Cocina tradicional colombiana. Bogotá: Ministerio de Cultura de Colombia. Enlace al documento.
Contreras Buitrago, O. (2009). La cocina cundiboyacense: Tradición, identidad y patrimonio. Revista de Antropología y Sociología Virajes, 11, 193-216.
Montes Castañeda, L. (2019). Gastronomía campesina de la Sabana de Bogotá: Patrimonio inmaterial en riesgo. Cuadernos de Desarrollo Rural, 16(83), 1-20. DOI.
Restrepo, J. (2010). El cocido boyacense: Patrimonio culinario del altiplano. Boletín de Antropología, 24(41), 305-321.
Torres de Carvajalino, Y. (2006). Sancocho y cocido boyacense: La identidad en el plato. Investigación & Desarrollo, 14(1), 100-121.
3. Manuales y Políticas de Salvaguardia
Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). (2013). Recetario de las cocinas regionales de Colombia: Región andina. Acceso al portal.
Ministerio de Cultura de Colombia. (2012). Política para el conocimiento, la salvaguardia y el fomento de la alimentación y las cocinas tradicionales de Colombia. Bogotá.
UARIV & Ministerio de Cultura. (2017). Cocinas tradicionales de Colombia: Saberes, prácticas y territorios. Bogotá.