Anteriormente existió una bandera de color verde y azul, un escudo que tenía un águila; pero exactamente el significado de ambas cosas no se conoció ni tampoco quién lo hizo, nunca tuvo reconocimiento ni aprobación del consejo. En la actualidad, según acuerdo No. 031 de 1981, artículo Iro., se adoptan oficialmente los emblemas del municipio.
Mediante " ACUERDO No.031 de 1981. Art. Primero: "LA BANDERA": El emblema de nuestro Municipio se compondrá de un rectángulo de tono verde esmeralda, representativo de la agricultura y las aspiraciones prometedoras de la región. Este rectángulo será atravesado de izquierda a derecha por una franja dorada de veinte centímetros de ancho, simbolizando la prosperidad y el prestigio de Cundinamarca. "
"Art. Segundo: "ESCUDO", Dentro de un círculo rojo se conformará el símbolo del Municipio de Villapinzón, representando las energías y fuerzas tanto físicas como espirituales. En su interior, se incluirá la inscripción "MUNICIPIO DE VILLAPINZON". El emblema estará dividido en tres secciones, destacando una piel curtida que alberga una pica y un uso, símbolos de la industria característica de la región. Además, se incluirá una cornucopia adornada con flores y frutas, simbolizando la abundancia y riqueza de nuestros suelos. Para representar las veredas del Municipio, se incluirán 17 estrellas en el diseño. Una cinta azul celeste con la leyenda DIOS, PATRIA Y HONOR corona el escudo." (Apartes del Acuerdo No.031 de 1981)
Himno actual de Villapinzón - con la composición del Maestro Luis Antonio Escobar .
Acordes Musicales del Himno de Villapinzón. Tomado de: Escobar. L, . (1993). VILLAPINZÓN. Colombia: Litográficas Mundial Ltda.
Himno de Villapinzón Original - Actualizado con Subtítulos.
Primer Himno de Villapinzón - con la composición del Maestro Luis Antonio Escobar (1982)
Coro
La patria canta al labriego
Que en Villapinzón se va
Por valles y por colinas
A sembrar la libertad.
I
El requinto canta al cielo
La bandola al corazón
Y la guitarra y el tiple
Acompañan la canción. (Bis)
II
A la mujer campesina
Corona del labrador
A la armonía, al progreso
Y al trabajo redentor. (Bis)
III
Entre el cofre de sus lomas
El gallo madrugador
Mientras deslumbra la luna
Está cantando el amor.
IV
El agua canta en la Quincha
En el monte la torcaz,
En el trigal, la amapola
En la justicia, la paz.
V
Villapinzón tiene lámparas.
Y visos de manantial
En sus radiantes estrellas
Y en sus ríos de cristal.
VI
Por estas tierras
Pasaron Bolívar y Santander,
Con sus tropas, con sus lanzas,
Después del amanecer.
Autor: PEDRO MEDINA AVENDAÑO
Música: LUIS ANTONIO ESCOBAR SEGURA
Durante siglos —tantos que ninguna memoria humana alcanza a recordar el principio— el venado de cola blanca reinó pacíficamente en las laderas de los Andes que rodean Villapinzón. No era un reino de poder o dominación, sino de armonía perfecta con la naturaleza.
Imagina el amanecer en aquellos tiempos remotos: la niebla apenas comienza a levantarse del valle, el primer rayo de sol toca las cumbres del Guacheneque, y allí, entre los pajonales dorados por la luz, aparece la silueta grácil de un venado. Pasta serenamente, sin prisa, masticando hierbas frescas cubiertas de rocío. Sus orejas grandes y alertas giran captando cada sonido: el murmullo del viento, el canto lejano de un pájaro, el burbujeo de una quebrada (Escobar, 1993, p. 47).
Cuando la sed lo llama, el venado desciende con pasos elegantes hacia las primeras corrientes cristalinas del río Funza Bogotá, allá arriba donde el agua brota pura y fría de entre las rocas del páramo. Bebe con calma, levantando la cabeza cada tanto para vigilar, sus ojos oscuros y profundos reflejando el cielo de Cundinamarca.
Las cimas de las altas montañas que rodean la Laguna del Valle —esa joya acuática escondida entre los cerros— eran su territorio natural, su hogar ancestral. Conocía cada sendero, cada rincón donde esconderse de los pumas, cada pradera donde la hierba crecía más tierna. El venado de Villapinzón no era un visitante; era parte del paisaje mismo, tan esencial como las piedras y el agua (Escobar, 1993, p. 47).
Pero entonces llegaron los humanos con sus escopetas y su hambre de carne. Primero fueron los cazadores muiscas, que al menos cazaban con respeto, tomando solo lo necesario, agradeciendo al espíritu del animal. Luego vinieron los españoles con sus armas de fuego, y después los colonos con sus perros y sus trampas.
Uno por uno, los venados fueron desapareciendo. Los disparos resonaban en las montañas, asustando a los que quedaban, empujándolos cada vez más arriba, cada vez más lejos. Las crías quedaban huérfanas, muriendo de hambre o cayendo presa de otros depredadores. Los machos con sus astas orgullosas eran los trofeos más buscados, colgados en paredes como símbolos de un valor equivocado.
Y un día, el último venado de Villapinzón miró por última vez su valle, bebió por última vez del río que nacía en su páramo, y se fue para no volver. O quizás cayó bajo una bala, dejando su sangre en la tierra que tanto había amado. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que se fueron, y las montañas quedaron más vacías, más silenciosas, más tristes (Escobar, 1993, p. 48).
Si el venado representa lo que perdimos, el frailejón representa lo que aún conservamos —aunque cada vez más amenazado. Esta planta extraordinaria, endémica de los páramos andinos, es quizás el ser vivo que mejor define la identidad de Villapinzón.
El frailejón (Espeletia) no es un árbol, aunque a veces lo parezca. Es una planta gigante de la familia de las margaritas, algo difícil de creer cuando ves sus troncos gruesos cubiertos de hojas lanudas. Crece tan lento que cada centímetro de altura representa años de paciencia. Un frailejón de dos metros puede tener cien años o más. Son los ancianos sabios del páramo, testigos vivientes de la historia.
Escobar lo describe con una poesía que roza lo místico: "Es como si el oro se derramara en la mañana y en la tarde, una luz que se cuela entre la niebla" (Escobar, 1993, p. 52). Y es exactamente eso lo que ves cuando caminas por el páramo al amanecer.
La niebla es espesa, tan espesa que apenas ves a dos metros de distancia. El frío te cala los huesos. Todo es gris, blanco, verde apagado. Pero entonces el sol comienza a salir detrás de las montañas, y sus primeros rayos tocan las flores doradas de los frailejones. De repente, todo el páramo se ilumina. Es "una flor que florece desde su nacimiento", una planta que trae color y luz donde solo había monotonía (Escobar, 1993, p. 52).
Las flores del frailejón son verdaderas obras de arte natural: decenas de pequeñas flores amarillas agrupadas en una inflorescencia que puede medir treinta centímetros de diámetro. Son "flores en relieve y un corazón lleno de vida" porque de esas flores dependen docenas de especies de insectos, pájaros, murciélagos (Escobar, 1993, p. 52). El frailejón es un ecosistema en sí mismo.
Hay una leyenda hermosa, contada de generación en generación en Villapinzón, que explica el origen del nombre de una de sus quebradas más conocidas. Es una historia donde se mezclan la magia, la naturaleza y la poesía.
Escobar la cuenta así, con la sencillez de los cuentos antiguos:
"A un indiecito niño lo embrujó el colibrí y lo volvió poeta. El niño le hizo versos callados mientras escuchaba los rumores de sus alas y los del agua en la quebrada. Lo siguió por entre los alisos hasta perderlo con su mirada." (Escobar, 1993, p. 55)
Imagina la escena: un niño muisca, quizás de ocho o nueve años, caminando por la orilla de una quebrada. Es temprano en la mañana, el rocío aún brilla en las hojas. De pronto, entre las flores silvestres, aparece un colibrí. No uno cualquiera, sino uno extraordinario, de colores tan brillantes que parecen imposibles: verde esmeralda, azul eléctrico, garganta roja como una brasa.
El niño se queda hipnotizado. El colibrí zumba alrededor de las flores, sus alas batiéndose tan rápido que son solo un borrón transparente. Hace ese sonido característico: zzzzz-zzzzz, como un violín muy agudo. Y el niño, sin saber por qué, siente que las palabras brotan en su mente. No palabras comunes, sino versos, imágenes poéticas, comparaciones hermosas. El colibrí lo ha embrujado, lo ha convertido en poeta (Escobar, 1993, p. 55).
"Lo siguió por entre los alisos" —esos árboles nativos de corteza blanca que crecen junto al agua— intentando no perderlo de vista, fascinado por cada movimiento del pájaro mágico. Pero el colibrí es rápido, esquivo, y eventualmente desaparece en el follaje (Escobar, 1993, p. 55).
Al día siguiente, el niño regresa a la quebrada. Y el colibrí también. Esta vez, "el colibrí le mostró su nido que colgaba de un chusque verde cercano de las aguas" (Escobar, 1993, p. 56).
Los nidos de colibrí son obras maestras de la arquitectura natural: diminutos, hechos de musgo, telarañas y líquenes, perfectamente camuflados. Este colgaba de una rama de chusque —esa bambú nativo del que hablaremos después— balanceándose suavemente con la brisa.
Y entonces sucedió algo mágico: "La quebrada se pobló de quinchas y de niños que jugaron como amigos" (Escobar, 1993, p. 56). "Quincha" es el nombre que le daban en la región a cierta especie de colibrí. De repente, la quebrada se llenó de colibríes y de niños muiscas, todos jugando juntos en una armonía perfecta entre humanos y naturaleza.
"Desde entonces existe La Quebrada de La Quincha" (Escobar, 1993, p. 56). El nombre quedó para siempre, un recordatorio de ese día en que un colibrí embrujó a un niño y lo volvió poeta.
El último símbolo ecológico de Villapinzón es quizás el menos vistoso pero el más fundamental: el chusque. Esta planta, que parece un bambú pequeño (y de hecho pertenece a la familia de los bambúes), es uno de los pilares invisibles del ecosistema de páramo.
El chusque (Chusquea) forma densas agrupaciones llamadas "chuscales" que cubren extensas áreas en los páramos de Villapinzón, especialmente cerca del nacimiento del río Bogotá. No tiene la belleza dorada del frailejón, ni la elegancia del venado, ni la magia del colibrí. Pero tiene algo igual de valioso: utilidad práctica y función ecológica esencial.
"Durante la época precolombina, cuando no se disponía de ladrillos ni cemento para la construcción de viviendas, la guadua, el bambú y el chusque eran los materiales fundamentales utilizados" (Escobar, 1993, p. 60).
Los muiscas que habitaban estas tierras antes de la llegada de los españoles construían sus casas con chusque. No eran construcciones primitivas o débiles; eran ingeniosas, adaptadas perfectamente al clima frío y húmedo del altiplano.
"Nuestros antepasados habitaban en casas construidas con chusque, que servía como soporte para los techos y las paredes" (Escobar, 1993, p. 60). Los tallos de chusque, aunque delgados, son sorprendentemente resistentes. Se amarraban juntos formando estructuras, se entretejían para crear paredes que bloqueaban el viento pero permitían que el aire circulara, se cubrían con paja para techos impermeables.
"En los páramos de Villapinzón, y especialmente en el nacimiento del río Bogotá, existen extensas áreas cubiertas de chuscales que han embellecido la naturaleza durante siglos y han sido fuente de alimento para numerosos animales herbívoros, como el oso de anteojos" (Escobar, 1993, p. 62).
El oso de anteojos (Tremarctos ornatus), el único oso nativo de Sudamérica, es vegetariano. Y uno de sus alimentos favoritos son los brotes tiernos del chusque. Cuando florece —algo que ocurre raramente, a veces solo una vez cada 20 o 30 años— los osos se dan un festín.
Aunque hoy es raro ver osos en Villapinzón (están críticamente amenazados), los chuscales siguen ahí, esperando, listos para alimentar a los osos si algún día pueden regresar en mayor número.
Las siguientes obras constituyen el sustento histórico y documental de la identidad municipal de Villapinzón, Cundinamarca:
Sánchez Molina, E. E. (2021). Hato Viejo “Villapinzón”: Una historia más allá de los recuerdos. Villapinzón, Colombia: Editorial Ave Viajera S.A.S. Acceder al documento técnico en formato PDF.
Escobar, L. A. (ca. 1985). Villapinzón. Bogotá, Colombia: Biblioteca Luis Ángel Arango, Banco de la República. Consultar registro en la Biblioteca Virtual del Banco de la República.
Molina Prieto, L. F. (Comp.). (2015). Villapinzón, cuna del río Bogotá. Villapinzón, Colombia: Alcaldía Municipal de Villapinzón. Ver publicación oficial en el repositorio Issuu.